MADRID 1 Mar. (OTR/PRESS) -
Nadie da un duro en estos momentos por Mariano Rajoy y tengo oído a personas sensatas de la derecha que el mismo domingo 9 tendrá que dimitir de todo tras su derrota electoral, que por todas partes se considera ineluctable. Confieso que me ha sorprendido un poco esta percepción que la gente tiene a raíz del pasado debate del lunes. Todas las encuestas fiables oscilan entre cinco y siete puntos de diferencia a favor de Zapatero, mejor dicho, del PSOE. Yo he sostenido en una tertulia televisiva que el debate del próximo lunes puede ser un choque de trenes entre los dos candidatos, a la vista del severo repaso sufrido por Zapatero de parte de casi todos sus asesores, que le han exigido que el día 3 se deje de blandenguerías y no permita que las posibles barbaridades de Rajoy se vayan de rositas, como sucedió en el primer encuentro. Es previsible que el debate del día 3 dispare las previsiones de voto del actual presidente y su partido, si se atiene a las indicaciones de su sanedrín y no se resiste demasiado en nombre del famoso talante, eso que los demás no tienen.
Las cosas en los últimos días se han puesto demasiado fuertes desde el PP, tras la increíble acusación de Rajoy a Zapatero de agredir a las víctimas del terrorismo y su alegato de fondo xenófobo sobre la inmigración. Eso explica la procaz y bárbara acusación del líder derechista canario, Soria, al presidente Zapatero, al que ha culpado de la desaparición de niños y sus presuntas violaciones en el archipiélago. Es un ejemplo, pero no único.
El que Felipe González calificara a Rajoy de imbécil es un error que el ex presidente debió evitar, pero eso no es ni de lejos comparable con las barbaridades de los otros, incluido el ex presidente Aznar, que acaba de asegurar sin pruebas que Zapatero está negociando con ETA en estos momentos. Particularmente, yo pienso que los dirigentes del PP están jugando a la desesperada, es decir, que están desesperados ante la que se avecina y quieren poner una frontera de deseos imposibles entre el día que corre y la noche del 9 de marzo.
Pedro Calvo Hernando