Publicado 27/03/2026 08:01

Charo Zarzalejos.- Silencio conmovido

MADRID 27 Mar. (OTR/PRESS) -

Prisionera de mi adicción a la actualidad, antes incluso de empezar a tomar el primer café de la jornada, me pongo con fruición a mirar los periódicos para ver qué ocurre en el mundo. Ayer por la mañana y delante de una taza de café me encontré de bruces con Noelia. Hasta ese momento no le ponía ni cara ni ojos pese a que ya era conocida. No la había visto. Sabía de su deseo de acabar con su vida y de los avatares jurídicos que se han ido produciendo a lo largo de demasiado tiempo, pero no conocía su cara.

El café se me quedo frío. Un pellizco en el estómago, una auténtica invasión de asombro, de conmoción se adueñó de mí hasta el punto de ser incapaz de ponerme al tanto de la actualidad política. Quedaban horas para que Noelia dejara de estar entre nosotros y un silencio helador me ganó la batalla. No encontraba palabras para hilar mi pensamiento y el café ahí se quedó, muerto de risa o de pena, hasta que me recompuse un poco y la cafetera volvió a funcionar.

Escribo en presente porque cuando se escriben estas líneas Noelia continúa con vida. Una vida jalonada por el desamor, por el trauma de una familia rota, por la agresion sexual, por la soledad, por la sensación de un abandono cierto, no inventado, intento de suicidio que le provocó serias e irreversibles secuelas. Una mochila muy pesada de cargar. Tan pesada que creo que no es que Noelia quiera morir, es que no quiere vivir y ve en su muerte la solución a tanto dolor.

Este caso nos demuestra hasta qué punto la familia puede ser ese puerto seguro en el que siempre puedes arribar o un auténtico infierno que te marca de por vida. No podemos ni debemos juzgar. Siempre hay que ponerse en los zapatos del otro pero eso no significa que no nos conmocionemos, que no nos hagamos preguntas.

No conozco los dictámenes es médicos pero eso ya es irrelevante porque aunque los leyera una y mil veces, no evitaría ese silencio dolorido que hoy me persigue. Me pregunto, quizás desde la ingenuidad, desde el voluntarismo, incluso lo que para muchos puede resultar cursi, si a Noelia no le hubiera ayudado a no tomar la decisión que ha tomado si en su vida hubiera encontrado afecto, compañía, comprensión, una mano amiga... Cuando se experimenta en primera persona el valor sanador de un abrazo, la certeza de que no estás sola, que nadie que te quiere te va a juzgar, que tu familia es un puerto seguro y acogedor, la vida y el dolor físico se lleva de otra manera.

Soy de las que reivindico el valor de la ternura, el cariño de los hermanos, el café con una amiga y el abrazo de un hijo. Nada de esto te quita el dolor físico pero si suaviza el sufrimiento. Para el dolor físico está todo inventado y es manejable por los profesionales médicos, pero el sufrimiento es una categoría distinta que se aminora con tratamientos y terapias pero cuando lo que sufre es el alma... Creo que a Noelia, mientras escribo estas líneas, le duele el alma y a mi también por no tener fuerzas ni medios para pedirle que no se vaya que yo voy a estar con ella. Silencio.

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