Poppe revive los atentados de Utoya desde un plano secuencia subjetivo de 92 minutos

Una imagen de la película 'Utoya, 22 de julio'
SEMINCI
Publicado 24/10/2018 16:17:34CET

   VALLADOLID, 24 Oct. (EUROPA PRESS) -

   El director Erik Poppe propone un viaje en el espacio, hasta la isla noruega de Utoya, y en el tiempo, hasta el 22 de julio 2011. Luga y fecha en los que el terrorista de extrema derecha Anders Breivik --quien ha cambiado su nombre a Fjoltolf Hansen), perpetró la matanza de 77 jóvenes que participaban en un campamento organizado por las Juventudes del Partido Laborista noruego. Ese mismo día, con anterioridad, había colocado una bomba en un edificio gubernamental de Oslo para, después, desplazarse hasta la isla de Utoya.

   'Utoya, 22 de julio', proyectada este miércoles en la 63 edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci), relata en un único plano secuencia de 92 minutos los atentados a través de la mirada de Kaja, de 18 años, y sus amigos. La película comienza con los jóvenes, impresionados por la bomba en Oslo, tratando de calmar a sus familias y asegurándoles que están suficientemente lejos del incidente. De repente, esa sensación de seguridad se quebranta con el sonido de unos disparos.

   De esa tensa y nerviosa hora y media de cámara al hombro, 72 minutos de metraje, los que duró el atentado, siguen a Kaja en su carrera por salvarse y tratar de encontrar a su hermana en medio del horror y del caos. Incertidumbre, muerte y gritos pero, en ocasiones, también silencio y calma conforman el ritmo de esta obra de ficción sobre el peor atentado terrorista que conoce la historia de Noruega.

   El punto de vista subjetivo obliga al espectador a compartir el punto de vista de la protagonista, un personaje de ficción cuya historia, sin embargo, se ha conformado a partir de los testimonios de varios supervivientes del campamento, que han colaborado con el equipo del filme.

   Interesado por el cine político, el cineasta noruego considera que su condición de fotógrafo de guerra lo convierte en un narrador privilegiado, algo que traslada en 'Utoya, 22 de julio', un pasado periodístico que autoriza al realizador a imprimir una particular mirada en la película.