BARCELONA 14 Jun. (EUROPA PRESS) -
El escritor esloveno Boris Pahor explica de forma autobiográfica cómo eran los campos de concentración en 'Necrópolis' (Anagrama), libro cargado a partes iguales de horror y humanidad y de sentimiento de culpa por los que no sobrevivieron, algo que le hermana con los también escritores Primo Levi e Imre Kertész.
"En los colegios se tendría que explicar todo el factor humano de la guerra, las tragedias, no sólo qué bandos había y quien ganó", estimó hoy en rueda de prensa Pahor, quien consideró además que es "muy injusto" que no se hable de los millones de prisioneros políticos que hubo, y más aún cuando en Europa hoy en día "hay brotes" de simpatizantes del nazismo.
Pahor escribió 'Necrópolis' en 1966, pero muchas de las cosas que explica son "del todo" actuales, "incluso ahora son peores", aseguró. "Parece que no hemos aprendido nada", añadió, convencido de que todo depende del hombre, quien aún no está "en el momento de sabiduría como se esperaba".
"Con esta especie de vacuna que ha sido el siglo XX, se esperaba que reaccionase", explicó Pahor, quien criticó que los antiglobalización de hoy en día sólo se dediquen a quemar coches y romper cristales, porque eso "no conduce a nada".
En Italia, nadie habla del fascismo, y "se debería hacer" porque fue muy diferente en Roma, Milán o Trieste, ciudad de la que es Pahor y que cuando Italia se la anexionó, la minoría eslovena a la que pertenecía Pahor, siendo niño, vio como el dictador Benito Mussolini les prohibía su lengua en las escuelas, entre muchas otras presiones.
Hoy en día aún hay mucha gente que simpatiza con el fascismo, avisó Pahor, y de hecho el alcalde de Trieste quiso condecorar al escritor, pero como se negó a escribir algo contra en fascismo en su discurso de entrega, Pahor rechazó el premio: "He perdido diez años de mi vida por obligarme a ser italiano, no quiero la condecoración si no condena el fascismo", le espetó el escritor.
ESCONDER LOS MUERTOS
Para Pahor, no es imposible contar lo que eran los campos de concentración, pero lo difícil es revivir la experiencia cuando se lee sobre ella en casa, con la comodidad, el calor y la tranquilidad de la vida moderna.
Explicó que la vida en los campos consistía en esperar la comida, que sólo llegaba a mediodía en forma de una sopa rala y a las 16 horas con una rebanada de pan tan fina como una postal. En los campos fascistas, que existieron de 1943 a 1945, a los moribundos los compañeros les robaban las raciones y, cuando morían, los escondían bajo la paja para seguir teniendo su ración de comida.
También había presos privilegiados: "Si tenías suerte de tener estudios, podías trabajar dentro, sin el frío horroroso. Si no, tenías que picar piedra o trabajar en una mina. Muchos no han querido hablar nunca más de lo que les pasó", sentenció Pahor.