Crítica de Joker: El último baile

Publicado 04/10/2019 9:07:49CET
Joaquin Phoenix es Joker
Joaquin Phoenix es Joker - WARNER BROS.

   MADRID, 4 Oct. (EUROPA PRESS - Israel Arias) -

   "Lo peor de tener una enfermedad mental es que la gente espera que actúes como si no la padecieras" escribe en su caótico cuaderno de notas y presuntos chistes Arthur Fleck. Estirando un poco la reflexión de este cómico fracasado de risa incontinente, es fácil aventurar que lo peor que le puede pasar a una película como Joker no son esas ridículas acusaciones sobre presunta apología de la violencia, es que la gente, llamada por el sello DC, espere encontrar en ella el maniqueísmo propio del cine de superhéroes.

   Así, desde un lugar más cercano al Taxi Driver de Scorsese, y también su Rey de la Comedia, que a El Caballero Oscuro de Nolan, es desde donde decide partir Joker para ocupar un espacio inédito en el género más saturado del momento. Algo que logra con un filme crudo, extremadamente violento a nivel psicológico y, sobre todo, valiente. Lo es, en primer lugar, por el propio objeto de su trama: trazar en pantalla el origen del villano más misterioso e icónico de las grapas, un espacio obscuro en el que la ausencia de canon es la nota dominante.

   Pero la auténtica bizarría del filme escrito y dirigido por Todd Phillips es el camino que elige, esquivando cualquier referente impreso y huyendo del manido juego de héroes y villanos, para dibujar el germen de la némesis de Batman. Camino que transita en una Gotham más sucia y enfadada que nunca y en la que las brechas entre clases se han vuelto no solo insalvables, sino intolerables. Una ciudad menos gótica y 'comiquera' -bien pudiera ser Nueva York, Londres o Coslada- pero más certera como reflejo de la cara más decadente de las metrópolis occidentales, con lúgubres calles que parecen ratoneras y en las que ahora, tras la (pen)última crisis, los ricos son inmensamente más ricos y los pobres no solo son más, sino que también lo son más.

   Es la condescendencia que ante los medios exhiben las élites acomoadadas y su invisibilidad a efectos prácticos -junto a un trastorno psicótico grave avivado por una situación familiar insostenible- lo que convierte a un paria, a otro don nadie que solo intenta malvivir anestesiado por sus pastillas y por sus placeres de mínimos -esas metas viles y volantes, planes de usar y tirar que sirven para justificar un día a día vacío y patético y adormecer la rabia-, en un criminal carente de toda empatía. Un sociópata capaz de mutar en símbolo de lucha, en la desquiciada chispa que prenda la incendiaria revuelta y violenta contra el sistema y contra el cinismo de sus altas esferas y estómagos agradecidos.

   Y que Joaquin Phoenix esté soberbio en su retorcida e hipnótica encarnación de Arthur Fleck, el involuntario paladín de esta atroz revolución de las sonrisas, no es ninguna sorpresa. Sí lo es, en cambio, la enorme libertad con la que Joker esta concebida y ejecutada. La deliberada amoralidad que desprende esta génesis del caos alumbrada por Todd Phillips, director de la trilogía de Resacón en Las Vegas (sí, Resacón en Las Vegas), va más allá del nivel expositivo e invita al respetable a comprender, que no justificar, el figurado origen de uno de los villanos más legendarios.

   En estos tiempos en los que la palabra equidistante es prácticamente el peor de los insultos, Phillips y el coguionista Scott Silver se asoman, sin moralinas ni paños calientes, al extremo proceso de degradación de la psique humana para atrapar el baile final hacia la locura de un hombre roto que acabará convertido en infame encarnación del mal. Para señalar con el dedo y repartir culpas hay otras muchas películas, algunas, quizá demasiadas, también salidas de los cómics.

Contador