28 de marzo de 2020
 
Actualizado 25/08/2008 21:12:43 CET

La insumergibilidad del Titanic

A raíz del brutal accidente del MD-82 de Spanair, vemos que a la menor incidencia en un avión, una señal que se enciende, un ruido que suena, un pestillo que no encaja, las tripulaciones o los técnicos lo inmovilizan, esto es, que si la disfunción se percibe en el aire, el aparato aterriza en el primer aeropuerto que le viene a mano, o si en tierra, ahí se queda sometido a una revisión exhaustiva.

Es natural que así sea, pues las compañías, los trabajadores de la aviación comercial y los pasajeros están hipersensibilizados tras la conmoción de la catástrofe de Barajas, pero más natural habría sido, si cabe, que ese régimen de alerta absoluta se hubiera mantenido antes y se mantuviera siempre.

Y es que con la matraca de que el avión es el medio de transporte más seguro, matraca que roza a veces el delirio de soberbia y autocomplacencia que calificó de insumergible al Titanic, no digo que se hubiera relajado la atención minuciosa que requieren esas gigantescas y pesadas naves voladoras que sirven a un tráfico cada vez más incesante y masivo, sino que tal vez esa atención había caído en los marasmos de la rutina, del mismo modo que decae la atención de los automovilistas en las carreteras conocidas, familiares, que podrían recorren, al decir de muchos, "con los ojos cerrados".

Para que un avión no se estrelle, se desplome o se haga trizas al despegar o al tomar tierra es absolutamente indispensable que cada uno de los elementos de su complejo sistema funcione perfectamente, pero como quiera que la perfección no se corresponde con la condición humana, y mucho menos con la condición de las máquinas que crea el hombre, es esencial un control de mantenimiento obsesivo, lo cual, por su parte, no se compagina con la tralla a que se somete a esas naves, obligadas a volar, para ser rentables, casi con la frecuencia con que rinden sus viajes los autobuses urbanos.

La diferencia con éstos, no hace falta señalarlo, radica no sólo en la muy superior complejidad técnica del avión, sino en las muy distintas consecuencias de sus averías y sus siniestros. Quizá sea necesario, por todo ello, repensar la aviación comercial, así como lo fue repensar la navegación marítima tras descubrir que la insumergibilidad del Titanic era, como tantas y tantas otras cosas, una filfa.

Rafael Torres.

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