Fuimos invencibles mientras duró el vino de reserva. Nosotros que veníamos de la literatura del Lazarillo, del garbanzo huérfano del Licenciado Cabra y las penurias de postguerra, apuramos tanto la botella, que acabamos aceptando como cierta aquella quimera de que España era la nueva tierra prometida. "España es el mejor país del mundo para que nazca un niño", se dijo entonces como si fuera un pensamiento serio, pasando por alto que los efluvios del caldo conducen siempre a la verborrea y al delirio.
Fue un tiempo fecundo en sueños de grandeza. Nos dijeron que éramos ricos, que Europa admiraba nuestras gestas. No teníamos premios Nóbel, ni universidades de prestigio. Ninguna entre las cien primeras del mundo. Tampoco una economía muy competitiva, "mayormente" ladrillo, especulación y a unos millares de listos, pero Occidente codiciaba nuestras glorias. Italia estaba sobrecogida y asustada Francia, ante el empuje de los reverdecidos Tercios de Flandes, que ahora con "multilateralismo" y "buen rollito", volvían a provocar asombro y aprensión en todas las plazas fuertes de Europa.
Todo fue euforia y exceso en aquellos prodigiosos años en los que se canonizó al consumo y las gentes, alentadas por un clímax de arrojo y optimismo, se hicieron adictas al préstamo y a la tarjeta de crédito. Había mucho nuevo rico, pero también mucha apariencia, mucho hedonismo y sofisticación a plazos. Se rifaban los pareados, había colas en los concesionarios de alta gama y se viajaba a Cancún o al desierto del Gobi abusando de la hipoteca y los créditos al consumo.
Los hijos y los nietos de la cartilla de racionamiento aprendieron también a manejarse con la carta de los vinos. Y con una copa de Ribera de Duero en la mano y un buen plato de jabugo, éramos invencibles, los amos, la conciencia cívica y progresista del Universo.
España exportaba todos los días al mundo lecciones magistrales. Nosotros que habíamos llegado tarde a casi todo, estábamos ya en disposición de enseñar al resto, democracia, economía o derechos humanos. A veces llegaban avisos, señales inquietantes, previsiones pesimistas que anunciaban la explosión de la burbuja y el final de la abundancia. Pero como las penas con vino son menos, volvíamos a llenar la copa y seguíamos discutiendo hasta la embriaguez, de las pequeñas e irrelevantes cosas.
En otras ocasiones se superaron todos los límites de la inconsciencia. Se convirtió en urgente decidir si la nación española era una o "trina", o si aquella imprudente "oportunidad de paz" con los terroristas, debía acabar sin vencedores y vencidos. Las ideas marginales, las recetas fracasadas y los traumas del pasado, resucitaban revestidas de prestigio y pobre del que osara transgredir las reglas de lo políticamente correcto, porque inmediatamente era arrojado del Paraíso ¿Qué necesidad había de planificar los retos del futuro si éramos tan felices y ya vivíamos en el mejor de los mundos conocidos?
Cuando un día se divisó humo, se dijo: -"No nos afecta. El incendio esta muy lejos". Y cuando el fuego ya fue evidente, se aseveró con autosuficiencia: -"Tranquilos, somos los mejor preparados ". Pero ahora la publicitada octava economía del mundo está en llamas, sufre un incendio de dimensiones históricas, con cientos de empresas calcinadas y miles de empleos que diariamente crepitan con la furia de la leña seca.
Los periódicos ya sólo publican necrológicas. Los titulares son esquelas, cruces en el camposanto de la crisis: "Aquí yace el imperio de Martín-Fadesa". Allí los "ERE" de la automoción. Más allá, los índices del IBEX. Y a su lado, otro mausoleo preparado para dar tierra al cadáver de la españolidad de Repsol. Y luego están los muertos sin lápida, las fosas comunes donde yacen las pymes quebradas, los pequeños negocios cerrados y los miles de autónomos que perdieron el oficio.
Comienza un tiempo nuevo de pesimismo y decadencia. Los adulados tigres de la construcción, aquellas caras del éxito y el pelotazo, son ya gatitos asustados por el volumen de la deuda. Como el resto del país, también ellos compraron a crédito. El ladrillo que los encumbró es el mismo que ahora los arrastra hasta el barranco.
Aquella España de telebasura y gastronomía ha agotado su ciclo. Ahí sigue el periodismo de sartén y cazuela, con el audaz reportero metiendo el morro en todos los pucheros. Pero la nueva realidad, la noticia está ahora en los bancos de alimentos, en la cocina social de los comedores de Cáritas.
Las bodegas están exhaustas y la gente se agarra ya a un clavo ardiendo. Hace unas semanas el milagro era en Fuenlabrada. Y hasta allí peregrinaron miles de devotos para asistir a la aparición de "San José (Moreno)", también conocido por el alias del "Pocero Bueno". No está el público para arengas ideológicas. Quiere resultados. Y como no los hay, se encomienda a la suerte, al premio Gordo de la Lotería Nacional. Cuando también falle, sólo nos quedará el villancico amargo de la crisis: "Navidad, triste navidad".