"Una idea para Europa. Crisis Económica y Democracia Europea". Por Javier de la Puerta y Francisco Egea

Europa Press Sociedad
Actualizado: lunes, 12 enero 2009 13:28

Keynes dijo una vez que lo inevitable nunca pasa, siempre ocurre lo inesperado. Ahora lo inesperado se ha hecho inevitable: una crisis financiera que amenaza recesión o depresión en la economía mundial. Las consecuencias para la estabilidad del mundo son impredecibles. Para el proyecto europeo pueden ser también ominosas. Sin embargo, hay una sorprendente falta de ambición intelectual y política en las respuestas. No hay ideas fuertes para reformar el sistema a medio y largo plazo, equiparables a la magnitud del desafío. Ni para colocar a Europa a la altura del momento. Modestamente, he aquí una.

Primero, algunas consideraciones conceptuales sobre el diagnóstico. Lo que se ha hundido es la pretensión de que la economía puede y debe independizarse de la sociedad, escapar a su soberanía política y al contrato social que organiza la convivencia. Que es más eficiente económicamente, y hasta un signo de modernidad, la desvinculación del capital del contexto socio-cultural y de los espacios locales y nacionales; en otras palabras, su abstracción de toda realidad humana. A esto es a lo que propiamente llamaríamos capitalismo global: el predominio del capital desvinculado.

La llamada globalización ha sido, sobre todo, globalización del capital financiero. Se ha entronizado un capitalismo gaseoso, etéreo, con la hipertrofia de un sistema financiero que, de ser intermediario y catalizador de la actividad productiva, se ha constituido en dominio global autónomo, por encima de la actividad real, de las sociedades y los Estados, emancipado de todo compromiso moral que no sea el beneficio máximo.

Si todo depende de "los mercados", si la participación política no puede darnos seguridad, y el destino colectivo está en manos de millones de decisiones individuales anónimas y descoordinadas, ¿qué sentido tiene votar?. Por esta razón, el gran dilema de Europa, hoy, ya no es el abstracto y distante de la Constitución y el Tratado de Lisboa. Ahora el bloqueo institucional de la Europa política está vinculado a su capacidad de respuesta ante la amenaza social que plantea la crisis económica. Los Gobiernos europeos han logrado una cierta coordinación de los planes nacionales de rescate de los bancos en peligro. Pero no hay una respuesta común europea: ni ante la crisis financiera ni ante la de la economía real que ya está aquí.

Sin embargo, Europa es ya un mercado único en buena parte de los sectores relevantes, con un sistema financiero altamente integrado. ¿Qué sentido tienen, entonces, planes de rescate nacionales con fondos nacionales, o seguros nacionales para el mercado de dinero?. No estamos en 1999 (antes del euro) sino en 2008. Las medidas adoptadas pueden evitar el colapso financiero, pero ya no el impacto en la economía real. La primera crisis del euro, nos sorprende cojos, cuando deberíamos estar en forma con un plan fiscal anti-cíclico europeo. Tenemos moneda única, pero no política económica común. Carecemos del instrumento capaz de reequilibrar un espacio tan diverso en niveles de desarrollo, estructura y ciclo, y sin apenas movilidad laboral.

Necesitamos un Gobierno económico europeo, con capacidad fiscal y de inversión pública estabilizadora de la demanda a nivel continental. Los estímulos comunes tendrían un efecto multiplicador sobre la actividad muy superior a los nacionales; y permitirían inversiones vertebradoras de Europa, y más eficientes en áreas estratégicas para la competitividad global. Necesitaremos, además, un incremento sustancial de las políticas de solidaridad y un compromiso renovado con las normativas sociales comunes, junto una política europea de empleo.

Sin un Gobierno económico, el proyecto europeo no aguantará la recesión/depresión y las fuerzas centrífugas que desatará, ni podrá competir en la globalidad. Afrontamos dos peligros simultáneos: la erosión de nuestro modelo social para poder competir; y el regreso a las pulsiones nacionalistas. Ante el impacto de la crisis en las sociedades nacionales, en ausencia de una respuesta común, el riesgo es que los países mas castigados (Irlanda, Italia, Grecia, algunos del Este) opten por salirse del euro, e incluso de la Unión. Si el presupuesto común de la Unión no llega, en los próximos años, al 5% del PIB europeo, Europa no será creíble. Tendremos una Unión birriática sin significado real para sus ciudadanos. Si no puede protegernos de la crisis, ¿para qué sirve?.

Ya no servirán los acuerdos y las iniciativas en las alturas. La construcción de Europa desde las élites ha fracasado. Necesitamos una revolución política forjada en la base, una movilización democrática que entrañe un salto cualitativo: el equivalente europeo a la elección de Obama. Hay que cortar el nudo gordiano de Europa, la brecha entre las instituciones de la Unión y los sistemas políticos nacionales. ¿Cómo? Logrando que la construcción europea sirva para afrontar la crisis. Esto requiere dos cosas: primero, empezar a construir el demos europeo, planteando, por primera vez, una campaña política, una plataforma electoral y un debate únicos, a nivel continental, en las próximas elecciones al Parlamento Europeo (Junio 2009); segundo, centrar esa campaña en la alternativa europea común a la crisis, y en desbloquear la reforma institucional (Tratado de Lisboa) con el objetivo de dotar a las instituciones europeas de los instrumentos para esa respuesta común.

Esto significa conferir (de facto, ya que no de iure) al próximo Parlamento Europeo un carácter constituyente, por la vía de los hechos políticos. El Partido Socialista Europeo, y todos aquellos europeístas -Gobiernos, partidos, sindicatos y organizaciones sociales- que quieran sumarse irían a esas elecciones con una plataforma única: otorgar al Parlamento el mandato político (la legitimidad) para resolver la reforma institucional, incluyendo en el texto reformulado del Tratado un nuevo pilar (el cuarto) de la Unión: la política fiscal y económica. Vincular la reforma institucional -sacando al Tratado del limbo del actual proceso de ratificación- con la respuesta económica y social común a la crisis, galvanizaría a la opinión pública europea. Un proceso electoral que lograra la mayoría múltiple, tanto a nivel nacional (en la mayoría de países) como continental, traducida en escaños del Parlamento, crearía un hecho político de primera magnitud, imposible de ignorar por los Gobiernos nacionales y el Consejo Europeo. La ratificación formal vendría después. Pero ya todo habría cambiado.

Europa no puede seguir en plan 'business as usual', con la misma dinámica institucional y política, mientras el cielo económico se desploma sobre nuestras cabezas. Necesitamos una revolución democrática, un golpe de audacia política capaz de emular, a nivel europeo, lo ocurrido en EEUU. Si la Europa política y el modelo social europeos no salen reforzados de esta crisis -y las elecciones europeas son el momento democrático para lograrlo- el proyecto europeo no sobrevivirá. Languidecerá como espacio de coordinación inter-gubernamental, y se deslizará a la irrelevancia. Necesitamos realismo para enfrentar lo que viene. Pero también imaginación y atrevimiento para anticipar lo inesperado, antes de que se torne inevitable. Y eso requiere iniciativas políticas de calado, no retoques técnicos al funcionamiento del sistema. Pues estamos ante una crisis de confianza, y tiene por tanto una dimensión política. Si los Gobiernos europeos son incapaces de desatascar el Tratado de Lisboa o de acordar una plan común anti-crisis, hay que llevar ambas cuestiones conjuntamente a la ciudadanía europea. Es la hora del demos de Europa.

Javier de la Puerta es profesor de economía y política internacional en ISA, centro afiliado a la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

Francisco Egea es empresario y ex Consejero de Economía del Gobierno Vasco.

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