Negociar con las manos atadas

El primer ministro británico, David Cameron, durante una cumbre en Bruselas
Foto: CHRISTIAN HARTMANN / REUTERS
 
Actualizado 02/05/2015 11:16:58 CET

MADRID, 2 May. (por Carla Hobbs, ayudante de investigación en el European Council on Foreign Relations (ECFR) - , y José Piquer, Program Development Officer en IE School of International Relations. Ambos son miembros del grupo CC/Europa @CCEuropa)

   El próximo 7 de mayo los británicos votarán para elegir un nuevo Parlamento, pero su voto también podría acabar definiendo el futuro de Europa tal como la conocemos. Las últimas encuestas indican que ni los Conservadores ni los Laboristas obtendrán una clara mayoría, por lo que serán necesarios pactos postelectorales para formar gobierno. Pero con independencia de quién gane estas elecciones, la cuestión europea será una patata caliente en manos del próximo líder británico.

   Presionado por el ala más euroescéptica de su partido y por el auge del Partido para la Independencia de Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés), el actual primer ministro, David Cameron, se ha comprometido a convocar en 2017 un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea si el Partido Conservador gana estas elecciones.

   En la actualidad la sociedad británica está dividida respecto a su futuro en Europa. Según una reciente encuesta de Populus, un 39% de británicos se muestra a favor de salir de la UE frente a un 40% que desearía quedarse. Si Cameron revalida su mandato deberá convencer a sus socios europeos de que sus ambiciosos planes de reforma para la Unión Europea están justificados. Y con independencia de si logra convencerlos, tendrá que explicar al pueblo británico que este largo y tortuoso proceso valió la pena. Después de todo, ¿tenía sentido prometer un referéndum?

UN CAPRICHO DEMOCRÁTICO

   Hoy sabemos que el camino hasta la consulta polarizará la opinión pública, enfrentará a los partidos, enfadará a algunos socios europeos y alentará a los populistas antieuropeos en otros países. Si el próximo primer ministro decide finalmente preguntar a los británicos es mejor que tenga una buena razón para hacerlo porque al día siguiente deberá afrontar las consecuencias de la respuesta.

   Los Estados miembros son conscientes de que con la salida del Reino Unido la UE perdería más de un 10% de su población, casi un 15% de su economía, cerca del 20% de sus exportaciones y un líder indiscutible en el ámbito de la seguridad y defensa, pero deshacer la integración europea es la peor de todas las opciones. Para la isla británica la alternativa a Europa es una larga e incierta travesía hacia la irrelevancia que podría costarle al país 56.000 millones de euros al año. En estas circunstancias, obligar a los británicos a tomar una decisión casi irreversible es un capricho democrático prescindible.

Banderas de Reino Unido y la Unión Europea

   Muchas de las quejas británicas hacia Europa son legítimas y podrían ser apoyadas por otros socios europeos, pero Cameron se ha equivocado en la forma y ha elegido la táctica equivocada. En lugar de pedir a gritos la repatriación de poderes y competencias sería mejor demandar una aplicación más efectiva del principio de subsidiariedad, recogido en el artículo 5.3 del Tratado de la Unión Europea (TUE). La idea de que las decisiones deben tomarse en el nivel más próximo posible a los ciudadanos continúa siendo un principio razonable para mejorar Europa que encontraría apoyo en muchas capitales europeas. Pero usar la amenaza de la salida es una mala estrategia para encarar una negociación que requiere el consenso de otros 27 estados con prioridades y necesidades muy diferentes.

DEL TWEED AL MONO AZUL

   Con la excepción de algunos efímeros momentos de entusiasmo, la actitud británica hacia la UE se ha caracterizado desde el principio por un crítico escepticismo. Éste se ha asociado históricamente con una élite conservadora, chovinista y provinciana. Pero a los eurófobos vestidos de tweed se han unido en los últimos años un nuevo grupo de euroescépticos embutidos en uniformes muy diferentes. Tal como han estudiado los académicos británicos Matthew Goodwin y Robert Ford, la retórica contra los inmigrantes abanderada por el UKIP y su crítica a Europa ha sido bien acogida entre los trabajadores de cuello azul del Reino Unido. El votante medio de UKIP pertenece hoy a una clase blanca trabajadora que ha sido excluida de los beneficios de la globalización, se siente socialmente alienada y es partidaria de la salida de la UE.

   La tarea --es cierto-- no es sencilla: "Estamos intentando resolver uno de los grandes problemas mundiales: cómo construir una democracia pluriétnica y multirreligiosa que ofrezca suficientes oportunidades para una mayoría de la población", ha reconocido David Cameron durante la campaña. Ante este desafío los eurófobos han optado por la salida fácil de culpar a Europa y a los inmigrantes y de afrontar problemas complejos con soluciones simplistas como cerrar las fronteras.

   En este sentido, el debate británico ha servido al mismo tiempo de revulsivo y de amargo recordatorio para los europeístas. Si los ciudadanos de la tercera economía europea y una de las democracias más longevas del mundo no han logrado ponerse de acuerdo sobre si un inmigrante europeo debe tener los mismos derechos que un ciudadano británico, una unión política entre 28 estados es todavía una quimera, a pesar de todo y de tanto.

   Así pues, el nuevo primer ministro británico se enfrenta a un dilema difícil de resolver: debe convencer a sus socios europeos de que su plan para deshacer una parte sustancial de la integración europea tiene sentido y, al mismo tiempo, habrá de persuadir a los británicos de que un Reino Unido dentro de una Europa reformada será más próspero y relevante en el mundo que fuera de ella.

   El problema es que ambos objetivos requieren estrategias opuestas. Cualquier señal de debilidad en Europa le hará perder credibilidad en casa y los europeos saben que las consecuencias de Brexit son demasiado costosas como para llevar la amenaza hasta sus últimas consecuencias. Por lo que el próximo 'premier' negociará la decisión más importante de la historia reciente del Reino Unido con sus dos manos atadas. ¿Quién será más ingenuo: Angela Merkel o el electorado británico?