¿Quién fue Melchor Rodríguez García, el Ángel Rojo en la guerra civil española?

Actualizado 28/01/2016 10:58:07 CET
Melchor Rodríguez García, el Ángel Rojo
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MADRID, 27 Ene. (EDIZIONES) -

La iniciativa emprendida por el Ayuntamiento de Madrid de renombrar las calles con vínculos franquistas está resultando controvertida por la falta de consenso entre todas las fuerzas políticas y sociales. Sin embargo, un nombre propio se ha convertido en noticia al conseguir el apoyo favorable de todos los partidos sin excepción: se trata de Melchor Rodríguez García, el Ángel Rojo.

¿Qué hizo este hombre para que PP, Ahora Madrid, PSOE y Ciudadanos voten por unanimidad dedicarle una calle? La respuesta es que salvó a miles de personas de la muerte, principalmente a adversarios políticos o simpatizantes del bando nacional, con su actuación durante la guerra civil española, sobre todo en los primeros meses de contienda, cuando las matanzas en Madrid eran habituales.

DE TORERO A SINDICALISTA

Melchor Rodríguez nació en 1893 en el barrio de Triana (Sevilla) y quedó pronto huérfano de padre, al morir este en un accidente en los muelles del Guadalquivir. Su madre era costurera y cigarrera, y Melchor sólo pudo estudiar hasta los 13 años debido a la pobreza familiar; a esa edad empezó a trabajar como calderero en un taller de Sevilla. Desde adolescente trató de labrarse una carrera como torero, pero se retiró de los ruedos en 1920 tras sufrir una grave cogida en agosto de 1918.

Rodríguez marchó entonces a Madrid, donde empezó a trabajar de chapista en 1921, mismo año en que se afilió a la Unión General de Trabajadores (UGT), el sindicato vinculado al PSOE. Atraído por los movimientos de lucha obrera, se unió también organizaciones de ideología anarquista, como la recién creada Agrupación Anarquista de la Región Centro; el Sindicato de Carroceros, del que fue nombrado presidente, y la Confederación Nacional del Trabajo, el sindicato vinculado al anarquismo.

LUCHA POR DETENER LAS 'SACAS' DE MADRID

Fue en la guerra civil cuando desempeñó el papel clave en su vida que le valdría la posteridad. Las organizaciones anarquistas cooperaron con el gobierno de la República desde el inicio de la contienda y, el 10 de noviembre, Melchor Rodríguez fue nombrado delegado especial de prisiones. Desde este puesto intentó detener las 'sacas' de presos de las cárceles de Madrid, los traslados tras los que miles de personas consideradas "enemigas del pueblo" eran por esas fechas fusiladas en Paracuellos del Jarama y otros lugares cercanos a la capital.

Por este motivo chocó con la Junta de Defensa de Madrid, organismo creado el 6 de noviembre por el gobierno republicano para la defensa "a toda costa" de la ciudad, presidido por el socialista Francisco Largo Caballero y cuyo delegado de Orden Público era Santiago Carrillo, entonces secretario general de Juventudes Socialistas Unificadas (fusión de las Juventudes socialistas y comunistas). Melchor Rodríguez dimitió de su cargo el 14 de noviembre a causa de las atrocidades que estaba conociendo y que no tenía poder suficiente para parar.

Conociendo su política humanitaria con los presos, el 4 de diciembre el ministro de Justicia anarquista Juan García Oliver le nombró Delegado General de Prisiones, tras las protestas del Cuerpo Diplomático y del presidente del Tribunal Supremo, Mariano Gómez, por los crímenes que se estaban cometiendo en Madrid. Esa fecha supuso el fin del intenso terror que durante los meses anteriores se había vivido en las prisiones madrileñas: el fin de los 'paseos' y las 'sacas' generalizados (ejecuciones indiscrimanadas).

Para conseguirlo adoptó medidas como prohibir sin su autorización personal la salida de presos de las cárceles entre las 7 de la tarde y las 7 de la mañana. También se encargó hasta finales de ese año 1936 de organizar y escoltar personalmente los convoyes de traslado de presos de Madrid hacia Alcalá de Henares, Alicante u otras ciudades, garantizando de esta forma que los prisioneros llegaban sanos y salvos a su destino y no eran asesinados por el camino, como había sucedido con frecuencia.

EVITA UN LINCHAMIENTO MASIVO EN LA CÁRCEL DE ALCALÁ

Precisamente una de las acciones más heroicas que se le recuerdan sucedió ante la cárcel de Alcalá de Henares. El 8 de diciembre de 1936, tras un bombardeo franquista a la ciudad, un grupo de milicianos armados entró en la prisión y exigió la apertura de las celdas para linchar a los presos, considerados simpatizantes del bando rebelde. Rodríguez se presentó en la prisión y, arriesgando su vida, se interpuso entre esta y la turba enfurecida, conminándoles durante horas a cejar en su propuesta.

Según un relato escrito por el propio Melchor Rodríguez, fueron más de siete horas de enfrentamiento dialéctico, insultos, amenazas y forcejeos contra una muchedumbre enfurecida que tras penetrar en la prisión pretendía rebasar el rastrillo de acceso a las galerías de los presos. El recién nombrado Delegado General de Prisiones fue capaz de pararles. Tan solo unos días antes, un asalto a la cárcel de Guadalajara había acabado con el linchamiento de la práctica totalidad de los presos que albergaba, que eran 320. En la cárcel de Alcalá eran 1.532 los recluidos aquel día.

Algunos nombres conocidos salvaron su vida gracias a la guardia del Ángel Rojo en esta u otras acciones: los militares Agustín Muñoz Grandes y Valentín Galarza, el político Ramón Serrano Súñer, los falangistas Rafael Sánchez Mazas y Raimundo Fernández-Cuesta, el doctor Mariano Gómez Ulla, cuatro hermanos Luca de Tena, el locutor Bobby Deglané o el portero de fútbol Ricardo Zamora, entre otros...

Aunque el 1 de marzo de 1937 fue destituido de su cargo por sus diferencias con los comunistas, lo que empeoró desde entonces la situación de los presos de Madrid, en sus nuevos cargos (como responsable de cementerios) siguió denunciando las acciones injustas y velando así por la seguridad de todos los presos. Esta actitud siempre le reportó algunos enemigos en política y el respeto mayoritario de la sociedad, independientemente de la afinidad política.

El último alcalde de Madrid durante la guerra civil murió el día de San Valentín de 1972. A su entierro en el cementerio de San Justo, multitudinario, asistieron desde franquistas convencidos hasta anarquistas. Sonó la canción anarcosindicalista 'A las barricadas' y las autoridades permitieron que se cubriera su féretro con una bandera anarquista. Así España despedía al que aún hoy, 80 años después de aquella guerra fraticida, se considera un símbolo de la reconciliación nacional.

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