Actualizado 01/02/2013 13:00

Charo Zarzalejos.- Huérfanos de referentes.

MADRID 1 Feb. (OTR/PRESS) -

Las malas, las pésimas noticias están haciendo mella en la ciudadanía. Ya no se trata de que los casos de presunta corrupción no contribuyan a la buena imagen de España. No se trata, tampoco, de que afecte a nuestra ya dañada economía. No se trata de que se ha instalado un estado de ánimo en el que se mezcla el escándalo, la perplejidad, la vergüenza y todo ello se concreta en un sentimiento compartido de orfandad. Ya no sabemos a donde mirar.

La justicia, por supuesto, debe actuar allá donde exista la más mínima sospecha de corrupción, de fraude. Pero antes y más allá de la Justicia está el buen hacer, el ejercicio digno y limpio de la responsabilidad que cada cual asume. Está el ser y parecer pero aquí esta ecuación incontestable ha mutado hasta el punto de que la creencia general es que todos parecen dignos pero luego resulta que no lo son. Es difícil, pero obligado, recordar una y mil veces que la inmensa mayoría de nuestros políticos no solo parecen dignos, sino que lo son. Pero el ambiente no está para otra cosa que no sea la brocha gorda. Y es entendible aunque no sea justo.

El día de ayer fue una jornada triste. La buena gente de España que es la inmensa mayoría, se sintió noqueada. ¿Cómo es posible tanto desastre? Pues lo es porque presumiblemente han fallado los controles, porque algunos para defenderse quieren morir matando, porque no van a parar en este intento, porque todo, en fin, parece una película de miedo, de desesperanza profunda. El sentimiento de devastación que ayer se adueñó del Partido Popular era y es compartido por el conjunto de la sociedad que, además, percibe como Urdangarin está cada día más cerca del banquillo y no acaba de entender que una persona como el socialista Mulas arriesga su honor y su dignidad por 50.000 euros al año sin que sus superiores se enteraran. Todo esto, aunque sean asuntos distintos en su cuantía y gravedad, forma una argamasa letal para una sociedad que ya muy herida por la crisis, se encuentra sin referentes morales y éticos en la vida pública.

Es seguro que el Gobierno se va a apresurar a elaborar normas de control, de financiación. Va a colaborar con la Justicia. Es seguro que no va a haber pacto final en el asunto de Urdangarin y es seguro que el PSOE va a revisar el funcionamiento de la Fundación Ideas. Es seguro que todos se van a llevar las manos a la cabeza. Pero no basta.

La situación ha llegado a un punto en el que se hace imprescindible una regeneración a fondo de la vida pública en la que además de eficiencia hay que exigir, para empezar a hablar, el ejercicio digno y ejemplar del poder. Los ciudadanos podemos entender que nuestros representantes políticos se equivoquen en sus decisiones, pero lo que no se puede admitir de ninguna de las maneras es la carencia de certezas, que las cosas no se entiendan a la primera, que la distancia entre lo que debe ser y el es sea abismal. No tengo soluciones. No sé como se puede evitar que los indecentes aparenten decencia. No lo sé. Lo de hoy es sólo un lamento por todos nosotros y por esos miles de políticos que honrada y tenazmente desempeñan su función. Así no podemos seguir.

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