MADRID 25 Sep. (OTR/PRESS) -
La muerte de dos soldados del ejército español en un ataque en Afganistán ha vuelto a activar esa polémica cíclica alimentada por argumentos recurrentes sobre la naturaleza de las misiones de nuestras tropas en el exterior, la seguridad de nuestros efectivos, el color de la distinción que se les otorgue a título póstumo, o la conveniencia de nuestra retirada o permanencia. A las familias de los fallecidos debe llenarles de desconsuelo que el debate público neutralice el duelo, que es lo único que en estos momentos deben querer para sí y para honrar a sus muertos los familiares de Germán Pérez y Stanley Mera. Ellos merecen que su sacrificio tenga el reconocimiento debido, y roza lo indigno que andemos ya enzarzados en estas cuestiones cuando ni siquiera sus cadáveres han podido salir de Afganistán.
Resulta también llamativo este ombliguismo occidental que nos hacer medir el impacto de los grandes conflictos internacionales por el número de víctimas que aportamos, olvidando el verdadero drama que encierran y que cada día devora a decenas de víctimas jóvenes como los nuestros. España podrá permanecer o no en Afganistán, mantener el número de soldados o incrementarlo, pero, tristemente, ninguna de esas decisiones parece que vaya a cambiar el dramático rumbo de aquel país.
El concierto internacional está sumido en el desconcierto. Desde hace mucho tiempo, pero especialmente desde el ataque terrorista del 11S. El atentado nos mostró la deslumbrante creatividad de los asesinos y la incapacidad de los agredidos para encontrar nuevas fórmulas de respuesta que no fueran la de la guerra. Primero, Afganistán; después Irak. No sabemos qué hubiera pasado si los recursos destinados a ambas acciones se hubieran consumido en Inteligencia y Diplomacia. Sí sabemos sin embargo que el camino elegido tiene al mundo empantanado en territorios convertidos en polvorines de los que, con frecuencia, también nos llegan muertos.
Isaías Lafuente