Se despide el cuento de la lechera. Dicen adiós los alegres y confiados años de la bonanza y la opulencia. Se acabó aquel tiempo del "ciclo virtuoso", cuando la economía iba sola y las cigarras gubernamentales amenizaban la siesta con arrobadoras baladas de hermandad y paz universal. Tendrá que esperar también el sueño de la "Champions". Tras Italia, el objetivo era alcanzar a Francia y sin embargo, en unos meses la economía española ha pasado a jugarse la promoción del descenso con Eslovaquia, el país de la Unión Europea con más desempleo después de España.
El día a día es ya un "antipatriótico" parte de guerra. Ahí están de nuevo el paro, la inflación, las cuotas de las hipotecas, el vértigo de los combustibles y las tarifas de los servicios. Protestan los pescadores, los transportistas, los agricultores. Hasta los sufridos y filantrópicos constructores se quejan. Lo suyo tendría que ser prioritario. No saben vivir fuera del Paraíso. Debe ser muy duro recuperarse de la resaca de aquella juerga, de los años de las 700.000 viviendas, cuando los pisos subían de cinco en cinco millones y sin poner un ladrillo, ya habían vendido urbanizaciones enteras. Un auténtico drama, aunque no haya noticias de que los puertos del Mediterráneo vayan a sufrir este verano un descenso en el tráfico de yates de lujo.
El admirado milagro económico español ha pasado a mejor vida. Pero al menos de momento, no es la ruina. Queda mucho para llegar a aquel 23 por ciento de paro de los años 90. Sólo que se ha acabado la juerga, aquella parranda continua del consumo masivo, la Visa Oro y los créditos al consumo. Ahora toca hacer economías. Prescindir del vino de reserva, de la escapada a la casa rural, del fin de semana en Londres, de las vacaciones exóticas, de esa sensación única de poder y virilidad que algunos experimentaban "manejando" el todoterreno.
Se despiden las vacas gordas y una mayoría de españoles tendrá que aprender a vivir de una manera más austera y contenida. ¡Pero cómo lo hemos pasao! ¡Que nos quiten lo bailao! Qué guateque el de aquellos maravillosos años cuando cantaban las cigarras y la hacienda pública nadaba en la abundancia. Los negocios iban solos y como señoritos andaluces de bota alta echábamos la tarde y la mañana, en el casino, arreglando el mundo. Fue aquel tiempo de los "papeles para todos", las ansias infinitas de paz, el derecho de los catalanes a contemplar el paisaje y la recuperación de la memoria histórica de una vieja y antigua guerra.
Pero ahora la verbena se ha acabado. Se despidieron los músicos y echó el cierre el chiringuito de la barra libre del whisky y la cerveza. Concluyó aquel infinito y ubérrimo verano cuando nos sentíamos campeones y creíamos los fantásticos, pero ilusorios cuentos de la lechera. El petroleo, el precio de los alimentos, pero sobre todo el desplome de la vivienda nos ha bajado los humos. Las cigarras siguen cantando su cháchara de optimismo y confianza. Pero ellas mejor que nadie saben que eso que llaman desaceleración es crisis y que por una temporada larga se han despedido los años de opulencia y de bonanza.