Actualizado 15/09/2016 19:07

Venezuela y el Día de la Democracia, el día del poder del pueblo

Antonio Sola-Fundido
CEDIDA

Por Antonio Sola, MADRID, 15 Sep. (OTR/PRESS) -

Libertad, participación, justicia, o legitimidad, son algunos de los valores que abandera la Democracia que, cada 15 de septiembre, celebra su Día Internacional, desde que, en 2007, la Asamblea General de Naciones Unidas lo instaurara.

Este tipo de conmemoraciones son necesarias para hacer un alto en el camino y reflexionar sobre los logros y los retos que esperan, porque, lejos de lo que podamos pensar y, aunque sí somos capaces de calificar como buenas o malas algunas praxis, la Democracia no es un "la tengo" y ya está. La Democracia hay que trabajarla día a día y su implantación no siempre es perfecta. Así, la edición de 2015 del Índice de Democracia de la Unidad de Inteligencia de The Economist pone el foco sobre la situación de 167 países del mundo, en la que destaca que casi la mitad puede ser considerado como democracias, pero que, de éstos, sólo 20 pueden calificarse como "democracias plenas".

Esto redunda en la idea de que la Democracia no es un fin en sí mismo.
Es un proceso en el que ciudadanos y gobernantes deben trabajar conjuntamente para hacer valer el significado etimológico de la palabra: "demos" y "kratos", el poder del pueblo; una palabra que, de tanto decirla, peca, en ocasiones, de alejarnos de la primera mitad de su esencia fundamental: "demos".

En verdad, creo que "la democracia es una forma superior de gobierno, porque se basa en el respeto del hombre como ser racional". No lo digo yo, lo dijo John Fitzgerald Kennedy, y, aunque queda patente que no es un sistema perfecto, sí es el perfecto sistema para el desarrollo de los ciudadanos y para lograr una óptima convivencia.

La Democracia tiene, por supuesto, amenazas, como el terrorismo, la guerra o los autoritarismos, que buscan herirla de gravedad en sus pilares más básicos como la libertad, inoculando miedo y coacción. Pero la moneda tiene dos caras y, así, afortunadamente, contamos con héroes, que son modelo a seguir, héroes como aquellos que, en países que están lejos de esas primeras posiciones del ranking democrático, se alzan como adalides de todo lo que ésta representa.

Voy a poner un ejemplo con nombres propios, nombres como los de Leopoldo, Lilian, Yon, María Corina, Henrique, Antonio, y tantos otros que se me quedan en el tintero. Hombres y mujeres comunes, pero fuera de lo común; personas que ponen en juego lo que más quieren y les importa, para darle jaque a un régimen que asfixia a todo un pueblo.

Sí, me refiero a Venezuela, ese espléndido país, que padece una triple crisis social, económica y política, y que no ocupa las posiciones que se merece en el panorama internacional. Sólo algunos ejemplos: posición 139 de 180 en el ranking de Libertad de Prensa 2016 (Reporteros Sin Fronteras); incremento, en los últimos cuatro meses, del número de presos políticos de 84 a 130; índice de inflación del 331,9 % en lo que va de año, e incremento de los precios de bienes y servicios (entre agosto de 2015 y 2016), del 675,1 %; obtuvo en 2015, según el Observatorio Venezolano de Violencia, la cifra récord de 27.875 muertes violentas, lo que supone una tasa de criminalidad de 90 por cada 100.000 habitantes, y, así, entre otros datos.

Como español y hombre de Democracia, me preocupa lo que pasa en Venezuela. Sufro al intentar imaginar lo difícil que es para los venezolanos vivir en tales circunstancias, con un ambiente crispado, inseguro y donde la amenaza flota en el ambiente.

Decía recientemente el ex presidente del Gobierno de España, Felipe González, que "en Venezuela, no hay una dictadura, hay una democracia traicionada, lo cual convierte al régimen en una tiranía arbitraria". Y no le falta razón, recientemente, hemos sido testigos del sentir de un pueblo, representado en el más de un millón de venezolanos asistentes a la conocida como Toma de Caracas, que tuvo réplicas por todo el mundo, y que reclamaba la pronta convocatoria del referéndum revocatorio, que está fundamentado en dos artículos de la Constitución de 1999 del país. Estas movilizaciones han puesto nervioso al Gobierno de Maduro, que no ha dudado en idear obstáculos como la realización de detenciones arbitrarias o la purga de funcionarios que apoyan el revocatorio.

No es para menos. Porque la oposición, en la bien llamada Mesa de la Unidad Democrática, está poniendo toda su inteligencia, todos sus talentos y todo su empeño, en devolverle esa asfixia con la que el Gobierno chavista agota a los venezolanos.
Y lo está consiguiendo.

Según varias encuestas, los ciudadanos apoyarían la salida de Nicolás Maduro por la vía del revocatorio, alcanzando porcentajes del 85 %, incluso. El Consejo Nacional Electoral, por su parte, está llegando al límite de los plazos para posponerlo lo máximo posible. Y ¿por qué echa Maduro este pulso en los plazos, además de lo obvio? El motivo fundamental es que si el referendo se celebra antes del 10 de enero de 2017, la reprobación supone la necesidad de convocar unas nuevas elecciones. Sin embargo, en caso de que la convocatoria sea posterior a esa fecha, Maduro sería relevado por su vicepresidente, habiendo de esperar a 2019 a la llamada de las urnas.

Por todo esto, la conmemoración de este Día Internacional de la Democracia me hace acordarme especialmente de Venezuela, un país, en el que la Democracia vive en sus calles y no en sus instituciones, vive en el ánimo de más de un millón de venezolanos manifestantes y de todos los que los secundan.

A ellos, a ese pueblo valiente, mi ánimo y coraje.

Antonio Sola, estratega y político español, especialista en temas latinoamericanos

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