Antonio Casado.- La fuga de Gabriel

Publicado 22/02/2018 8:01:11CET

MADRID, 22 Feb. (OTR/PRESS) -

A los ojos del juez, la fuga real de Puigdemont y Anna Gabriel refuerza la sospecha de fuga posible en los otros veintitantos dirigentes independentistas investigados por los mismos delitos. Rebelión y sedición, entre otros, que son conductas concertadas por naturaleza. También las de desobediencia, prevaricación o malversación de fondos. Quiero decir que el supuesto delictivo de fondo tiene un carácter coral, pues requiere la participación de muchas personas que se organizan para obtener un fin político común y, por supuesto, predeterminado.

Por lo tanto, es evidente que el riesgo de fuga, como uno de los condicionantes para conceder o denegar la excarcelación, o para decretar o no la prisión provisional de un imputado, aumenta a los ojos del juez si uno de los dirigentes concertados escapa a la acción de la justicia. Es lo que ha sucedido con la ex diputada de la CUP, Anna Gabriel. Su reciente escapada a Suiza, unida al precedente belga de Puigdemont, oscurece el horizonte judicial de sus socios en la causa independentista.

Unos huyen y otros no. Pero algo aún les iguala: todos se encogen ante la acción de la Justicia. Mas, Rovira, Pascal, Forcadell, etc., dicen ahora que la declaración de independencia fue una acción política sin consecuencias jurídicas (¿A qué venían, entonces, las llamadas leyes de desconexión?). Como si de repente se cayeran del guindo todos a la vez.

A todos les tiemblan las piernas a las puertas de la cárcel. Hasta ahí llega su patriotismo y su aportación a la causa común. Ni un milímetro más. Con alguna excepción. Por ejemplo, la de la ex diputada de la CUP, Mireia Boia, convertida en referente para saber hasta qué punto hace el ridículo su compañera, Gabriel, y hasta qué punto esta demuestra que su entrega a la causa es de usar y tirar.

Recuérdese que, amén de decir que la república catalana iba en serio, que no era simbólica (como ahora dicen otros dirigentes separatistas), sino muy real, Mireia Boya entró en el Tribunal Supremo sonriendo y con el puño en alto. Semejante provocación no tuvo ninguna consecuencia, lo cual demuestra que en España nadie va a la cárcel por decir, pensar, expresarse o saludar como le venga en gana. Eso no es delito. Sí lo es llevar una declaración de independencia al boletín oficial, firmar resoluciones ilegales, desobedecer una sentencia, incumplir una ley a sabiendas, perpetrar actos jurídicos ilegales., etc.

Nada de eso, al parecer, se apreció en esa ex diputada que no ocupó puestos relevantes en el supuesto conspirativo. Por eso el juez la dejó libre. Como probablemente hubiera ocurrido con Anna Gabriel, pues en libertad, aunque con fianza, quedaron también Marta Rovira (ERC) o anteriormente la presidenta de la Mesa del Parlament, Carmen Forcadell, cuya carga penal es mayor porque mayor fue su grado de participación en los hechos que se juzgan.