MADRID 19 Mar. (OTR/PRESS) -
La absurda reclamación de la presidenta de México y su antecesor (Sheinbaum y López Obrador, respectivamente) nos retrata de puertas adentro. Los voceros de la extrema izquierda entienden que Felipe VI se ha quedado corto en su referencia a los "abusos" durante la conquista de America. Y los de la extrema derecha, que ha ido demasiado lejos porque se ha humillado innecesariamente.
Ni lo uno ni lo otro.
El Rey ha llegado hasta donde podía llegar en su propósito de tener la fiesta en paz con el gobierno de México de cara a la celebración de la Cumbre Iberoamericana de noviembre. En la Moncloa lo han respaldado al cien por cien. Y los historiadores han calificado de "impecable" la referencia de Felipe VI a la necesidad de juzgar los hechos "en su justo contexto". Pedir perdón es otra cosa, y eso no ha ocurrido.
Hablar de los "abusos" que pudieron haberse cometido no es claudicar ante las absurdas pretensiones de quienes, más de cinco siglos después, quieren pasar una factura de agravios a los pueblos indígenas. Sí podría hablarse, sin embargo, de una balsámica intención de la Corona que, aunque alejada de la estirpe castellana de Isabel la Católica, representa la continuidad de la Monarquía hispana.
Esa balsámica intención no es otra que la de tratar de suavizar la anomalía que supone una artificial confrontación entre México y España, que son pueblos hermanos de historia compartida. Insisto: ni por asomo podemos entender las informales palabras del Rey como una rendición a un populismo absolutamente reñido con el sentido común y la historiografía. En principio, el gesto ha sido reconocido y valorado por la presidenta de México, "aunque no es lo que esperábamos".
Lógico. Pero el rey de España no está para hacerle el juego al populismo nacionalista de los dirigentes del partido "Morena" (Movimiento de Renovación Nacional). Por eso, en el mismo discurso de Felipe VI, que en realidad es el resultado de una informal conversación con el embajador de Mexico en Madrid, se remite claramente a la necesidad de valorar en su "justo contexto" la conquista de América para no incurrir en ese "presentismo" que generan quienes se empeñan en valorar los hechos del pasado con esquemas del presente. Un pecado cometido conscientemente cuando se hace selectivo y en función de unos intereses concretos.
Si con plantillas propias del primer cuarto de siglo del XXI nos rasgamos las vestiduras por los desmanes que pudieron haber cometido los conquistadores, también deberíamos denunciar los cometidos por los indígenas ¿O es que estamos dispuestos a creer que en los hechos que se juzgan, llevados a cabo por un 5% de españoles y un 95% de indígenas, nada hubieran tenido que ver los segundos?