MADRID 11 Sep. (OTR/PRESS) -
La diferencia entre lo urgente y lo que no lo es, en la vida cotidiana, no siempre es fácil de distinguir. Otra cosa bien distinta es cuando se trata de acontecimientos de extraordinaria magnitud y complejidad. Uno de los asuntos extraordinarios ha sido, sin duda, la entrada en Ceuta de miles de personas. Un acontecimiento por el que todos, cada uno en su medida y desde su posición, nos sentimos desbordados.
Precisamente cuando se trata de acontecimientos de semejante calibre, distinguir entre lo urgente y lo importante, resulta imprescindible para tomar decisiones.
Sin duda, lo urgente es solucionar, cuanto antes, la situación de las miles de personas que aún, después de cuarenta días, muchos, muchísimos de ellos continúan en las calles de Ceuta. En realidad lo que era un desafío o ataque a nuestra integridad territorial, según diagnóstico con acierto el Presidente del Gobierno, ha acabado en una crisis humanitaria que no migratoria.
A todas estas personas hay que filiarlas y acto seguido distinguir con claridad quienes pueden o no quedarse en España. Siendo esto lo urgente, lo importante es el diagnóstico correcto de la situación y es aquí en donde surge la polémica, acrecentada por la desclasificacion de documentos realizada el miércoles por la tarde.
Podemos, pueden, dar muchas vueltas a la noria. Descifrar con lupa los mensajes de todos los servicios de inteligencia españoles, pero la ficción no ha desaparecido. Esta ficción no es otra que negar por activa y pasiva por parte del Gobierno cualquier implicación de Marruecos como si fuera algo inédito que el país vecino, cuando ha querido, no ha hecho de las suyas para recordarnos que cuando considere oportuno puede generar un problema, y serio, a España.
Leídos los documentos desclasificados, con todas sus posibles carencias, ya a nadie, de izquierda o derecha, que ponga en cuestión que Marruecos no sabía nada y que, cuando menos, lo permitió. En un país teocrático, eso es imposible. Lo sabe el Gobierno, empeñado en pruebas que sabe que nunca va a tener, y lo sabe la inmensa mayoría de la opinión pública que a estas alturas si algo no se cree es el relato del Gobierno.
Es inaudito que continúe insistiendo en la inocencia de Marruecos porque no haya pruebas. Claro que las hay y el Gobierno lo sabe por ello insistir en que no se sabía nada, que no hubo una alarma concreta, lo único que provoca es una seria irritación con un Gobierno percibido por la mayoría como un Gobierno que, cuando menos, trata de estirar una cuerda que ya no da más de sí.
Con Marruecos debemos mantener las relaciones bilaterales pero en en algún momento habrá que hacerle saber que así no, que así ni se juega ni se trata a un país vecino como España que le trata como a un bebé. Eso debe acabar y, sobre todo, lo que debe a acabar es la ficción, el discurso absurdo de poner pegas de mal pagador, máxime cuando lo que se critica no es a Marruecos, causante por acción u omisión, de lo que se está viviendo en Ceuta y con la ciudad autónoma, toda España.
Comprendiendo que hay que mantener cierta prudencia, que de ninguna manera se deben romper relaciones con Marruecos, el problema hubiera sido menos problema si no se hubieran desdeñado las alertas ya conocidas y el Gobierno, desde el minuto uno, no se hubiera empeñado de manera más que sorprendente en salvar a Marruecos de todo responsabilidad.
Resulta increíble e irritante. Si se hubiera mantenido desde el principio la diferencia entre lo urgente y lo importante, quizás la percepción de la opinión pública de su Gobierno hoy sería distinta. También para esto ya es tarde.