Publicado 16/01/2021 08:00CET

Fernando Jáuregui.- Polémica absurda sobre un aplazamiento necesario

MADRID, 16 Ene. (OTR/PRESS) -

En España (y, por tanto, también en Cataluña) seguimos desviviéndonos por las polémicas estériles, que afectan más a la forma que al fondo, más a la superficie que a las profundidades, más a esa política testicular de 'se hace porque yo quiero' que a la reflexión. Se me hace difícil, por ejemplo, entender que el ministro de Justicia del Gobierno central, don Juan Carlos Campo, afirme que aplazar las elecciones catalanas supone correr el riesgo de "suspender la democracia". Nada menos. Una frase que, pronunciada por quien ejerce como Notario Mayor del Reino, pomposo título que pienso que significa mucho menos de lo que parece, ha derivado en una polémica legal perfectamente inútil, en la que cada parte esgrimía sus propios textos jurídicos de manera, como suele hacerse por estos pagos, interesada y a veces falseada.

Lamento decirlo así, pero me ha parecido muy necia esta polémica en torno a la fecha en la que deberían celebrarse las elecciones catalanas. Una fecha que, hasta hace apenas hace unas horas, parecía una cuestión de vida o muerte, de alta prioridad política. Con todo lo que está ocurriendo, especialmente con el feroz rebrote de las infecciones y fallecimientos por coronavirus, se diría, escuchando las flamígeras intervenciones de los que están a favor o en contra del aplazamiento, que celebrar estos comicios -que son apenas autonómicos, no lo olvidemos-- el 14 de febrero o aplazarlos, por seguridad, un mes, o a las cercanías de la Semana Santa o a un día cualquiera de mayo, o incluso a septiembre, era una materia de seguridad del Estado.

Como si los resultados, me parece que muy previsibles a pesar de algunas encuestas sensacionalistas de última hora, fuesen a cambiar por eso. Como si ganar tiempo no fuese, en estos momentos, para casi todo y para (casi) todos, algo beneficioso.

Un gran absurdo, en mi humilde opinión, cuando nada menos que doscientos expertos --¿también los cuestionaremos a todos?_han expresado públicamente que supone un riesgo añadido la celebración de unas elecciones precisamente ahora, con la que está cayendo en cuanto virus desatados y descontrolados por doquier. Y aquí, para mí, deberían haber acabado las disquisiciones jurídicas y leguleyas. Ciencia locuta, polémica finita. Al fin y al cabo, la situación sanitaria no estaba ni mucho menos peor cuando se aplazaron, por las mismas razones, las elecciones gallegas y vascas, sin que hubiese tantas voces alteradas. Porque , qué quiere que le diga, tiendo a creer a quienes saben más que yo, sobre todo cuando se está jugando con la salud de la población. Y más de una vez he tenido la impresión de que nuestros políticos, todos nuestros políticos, priman los intereses partidistas sobre el interés general del ciudadano.

Entiendo que lo de la fecha de las elecciones en Cataluña no deja de ser, en el océano de problemas verdaderamente graves que nos afectan, un asunto relativamente secundario. A mí, la verdad , me parecería mucho más importante saber para qué y qué se va a votar. Y qué puede derivarse de cada uno de los resultados previsibles. Cosas que, tras escuchar en algunos foros a varios de los candidatos, no me quedan aún en absoluto claras: cada opción se zafa de estos compromisos diciendo una cosa diferente y siempre te quedas con la sensación de que, tras el muro de las palabras, está el valladar de la nada. O el mar emponzoñado de los intereses partidistas inconfesados e inconfesables. Te quedas con la sensación de que ocurrirá siempre algo diferente a lo que los candidatos van ahora pregonando que harán o `jamás' harán. O sea, todo menos la verdad pura, dura y desnuda.

Lo lógico, que es siempre lo que oficialmente se considera lo más ilógico, hubiese sido reconocer que más valía, si los que estudian la pandemia lo recomiendan, aplazar -al fin, iba a ser cuestión de pocos meses_las que a cualquiera que viniese de fuera le parecerían que son las elecciones más complicadas de la historia, de Cataluña, de España y del mundo mundial. Tal vez incluso, en este tiempo de descuento, se pueda encontrar un camino de reflexión para no seguir, a ambos lados del Ebro, cometiendo errores en aras de defender o perjudicar a la unidad de la nación.

Y hasta quizá se pueda retomar, sin tener que soportar las locuras de Torra y Puigdemont, una mesa de diálogo que busque soluciones temporales, ya que no pueden ser definitivas. Tal vez haya que considerar seriamente esa declaración de Oriol Junqueras admitiendo que no se puede lograr la independencia de una región sin contar con más de la mitad del apoyo de la población. Puede que sea el momento de que los constitucionalistas lleguen a algún tipo de pacto entre ellos y los independentistas admitan que, hoy por hoy, la secesión es simplemente imposible. Y todo eso ha de hablarse en este período, antes de que las elecciones se conviertan en un plebiscito utópico, pero muy conflictivo, entre independencia sí-independencia no. Y conflictos hemos tenido ya demasiados.

Fjauregui@educa2020.es

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