Francisco Muro de Iscar.- La última lección de Rubalcaba

Publicado 13/05/2019 8:00:54CET

MADRID, 13 May. (OTR/PRESS) -

"Los españoles enterramos muy bien", dijo hace cinco años Alfredo Pérez Rubalcaba y se acaba de demostrar con él. Si pasaran por la máquina de la verdad todos los políticos que estos días le rindieron pleitesía y admiración, la mitad no pasaría la prueba, empezando por algunos de los grandes con una sobreactuación que roza la desvergüenza. La política actual es así. Por eso, Rubalcaba decidió volver a la Universidad, a su modesto puesto de profesor, y salir de esa primera línea donde no tienen cabida, o la tienen muy difícil, los hombres de Estado. Siempre he pensado que una manera de cambiar la política es no sólo fijar un tiempo máximo de permanencia en la primera fila, sino la obligación de integrarse en una actividad productiva privada, no pública, durante un tiempo mínimo de cinco años antes de regresar a la primera línea. Algunos de los que le insultaron y le odiaban estaban allí, junto a su féretro. Igual que sería bueno exigir a cualquier candidato a alcalde, presidente de una empresa pública, ministro o, por supuesto, presidente de Gobierno, acreditar un trabajo previo, unas condiciones de gestor al menos básicas y una demostrable profesionalidad. En lo que sea.

Rubalcaba ha sido uno de los últimos hombres de Estado, la mayor parte hechos en la Transición. Con sus luces, muchas, y sus sombras, alguna. Suya fue, por ejemplo, la ley que llevó la Constitución a las aulas y democratizó los centros educativos, la LOGSE. Él era secretario de Estado con Javier Solana de ministro, y su mano de negociador estuvo siempre abierta. Frente a todos los socialistas que ahora tratan de asfixiarla, Rubalcaba fue, posiblemente, el negociador más positivo con la enseñanza concertada. Mucho más que cualquier ministro del PP. Rubalcaba sabía que no tenía dinero para aumentar la enseñanza pública, que la concertada le podía costar la mitad que la pública y que iba a implantar la reforma con mucho mayor rigor que la pública. Fue un diálogo a veces difícil pero siempre franco. Alguna ministra de Educación Popular veía a la enseñanza concertada con mucho más recelo --"rojos, que sois unos rojos"-- y la trató mal. Dicho eso, de esa LOGSE vienen muchos de los males y los fracasos de nuestra educación actual, que cada reforma educativa socialista posterior ha ido empeorando.

Rubalcaba, admirado ahora por todos, también fue temido. Pero tenía principios y lealtades, lo que ahora es mucho más difícil. Era dialogante, moderado, honesto, espartano, inteligente y responsable. Chequeen ustedes lo actual y díganme quien reúne esas condiciones. No tengo dudas de que hubiera sido un mejor presidente socialista que Zapatero o Sánchez. Y que España no estaría hoy donde está con él en el poder o con él al frente de la oposición. Ante su féretro en el Congreso de los Diputados, la casa política común de todos los ciudadanos, de todos los demócratas, se han unido todos los políticos. No me vale el gesto, sea o no sincero. Los ciudadanos necesitamos más. Necesitamos que el ejemplo de Rubalcaba, un verdadero servidor público, dure al menos unos días más, unas semanas más, unos meses más. Que nuestros representantes le rindan el verdadero homenaje que se merece: hagan política de Estado, hablen con todos, no pacten con los enemigos de la Constitución, reformen con pactos, acuerden las discrepancias. Que pongan el Estado de Derecho, la Constitución y la democracia como referente. Su última lección. El último homenaje que se merece.

OTR Press

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