Isaías Lafuente.- El pésame del asesino

Publicado 25/10/2018 8:02:07CET

MADRID, 25 Oct. (OTR/PRESS) -

Debe de ser muy difícil digerir que tu padre haya sido torturado, asesinado y descuartizado. Debe de ser imposible asimilar que todo haya sucedido en un consulado de tu país y que los autores pertenezcan al aparato del estado. Y es imposible imaginar qué se puede sentir cuando en pleno duelo recibes la llamada del palacio real invitándote a acudir a un encuentro con el rey y el príncipe heredero, señalado como responsable del crimen, bien porque lo haya ordenado o porque lo haya consentido.

La imagen Salah Khasoggi, hijo del periodista asesinado en el consulado de Arabia Saudí en Estambul, dando la mano al príncipe heredero, Mohamed bin Salman, es impactante. El joven mira de frente al sospechoso de haber acabado con la vida de su padre y extiende el brazo preservando la distancia mientras dibuja en su rostro un rictus frío, helador, sin reflejar el mínimo gesto de empatía que aparecería naturalmente frente a quien te muestra sus sinceras condolencias.

Lo que sucede es que gesto del monarca y su heredero no es sincero, parece más una nueva humillación que un acto de contrición y consuelo. Varios fotógrafos y cámaras se ocupan de recoger el momento. Con esas imágenes, la monarquía saudí pretenderá demostrar ante el mundo su distancia con los asesinos, su cercanía a la víctima vicaria y su sensibilidad hacia su profundo dolor. Y puede que en Arabia Saudí cuele, porque unos así lo entenderán y porque los otros no se atreverán levantar su voz para señalar la hipocresía, viendo como han visto el destino que espera al disidente. Ahora falta saber qué hará el mundo con este régimen al que históricamente se le ha perdonado todo porque dispone del grifo que mueve el mundo y con su inmensa riqueza siempre ha sabido sembrar silencios cómplices.

OTR Press

Pedro Calvo Hernando

La "ocurrencia" del president

por Pedro Calvo Hernando

Carmen Tomás

Palos de ciego

por Carmen Tomás

Julia Navarro

No se lo puede permitir

por Julia Navarro