Por Gustavo Suárez Ojeda (OTR/PRESS)
No debemos olvidar la influencia del cine clásico Mexicano en el quehacer de Artur Balder. Hoy en día el cine de México está batiendo las fronteras y demostrando que es una fuerza mayor, virando hacia la capacidad de producción de Hollywood, donde han florecido hasta la talla internacional nombres como Cuarón o Iñárritu, pero las relaciones entre los talentos ibéricos en el exilio y la influencia formal, geográfica o cultural de México no ha sido una mera casualidad ni cosa de las circunstancias. México es y ha sido una presencia cultural importante en los Estados Unidos.
El trato del subconsciente de Luis Buñuel está presente en la obra de Artur Balder. Si el cine documental es en gran medida una busca de la realidad, en el camino hacia una realidad histórica no se puede descuidar, en una dimensión de formato como esta, el aspecto subconsciente.
Pero, ¿cómo abordar el subconsciente en un retrato de la historia? Artur Balder nos responde que mirando atentamente los matices de la memoria, más allá del contenido de la misma: fijándose en los entrevistados, cuidadosamente escogidos, espiándolo sus rostros con un zoom Angénieux, escrutando entre líneas lo que sus más intimas motivaciones transpiran detrás de unas memorias conscientemente seleccionadas.
Queda así patente el problema identitario que los hijos de muchos emigrantes españoles tienen, y eso aparece translúcido en las tomas que encuadran a Robert Sanfiz, hijo de un emigrante español y una profesora de literatura inglesa de origen irlandés. En busca del sí mismo, la segunda generación no termina de arraigarse ni en la memoria ni en el presente, y toda españolidad deviene una concepción idealista que tropieza con las miserias de las realidades.
Sanfiz parece trastabillar por un sueño en el que la cámara lo absorbe más allá del retrato unipersonal, para dejar en nuestra retina la impresión más fuerte de aquello que no dice, pero que el director nos revela. La soledad de su tío, su muerte en el umbral del edificio, y después el conflicto del hijo del emigrante, que anduvo unos años en España y después declara ‘but I’m glad that I came home’ (‘pero estoy contento de haber regresado a mi hogar’)
¿Cuál es ese hogar del hijo del emigrante español en la América multicultural? Una vez en tierra de nadie, parece decantarse por sus Estados Unidos ante la decepción de la política y la prensa española vivida en sus años de peregrinaje por la península ibérica, así lo dice.
La fuerza de este retrato, el saber poner la atención en ese punto, es donde el director demostró que sabía desde un principio lo que quería, y que esperó pacientemente para capturarlo y montarlo, sin importarle los conflictos ocasionados por dejar fuera de la película personajes que bien sabía no iban a aportar esa emocional fuerza cinética.
José María Carrascal, en las páginas de ABC, también reparaba en este hecho con ojo avizor después de visionar la película, añadiendo desde su particular perspectiva: ‘Parece que hay que venir a Estados Unidos para escuchar algo sensato sobre España’.
Esta es, en realidad, la verdadera influencia de un cineasta mayor, la de Buñuel, y no la habría sin periplo exterior, sin exilio español, forzoso o voluntario, la eterna prueba indiscutible de una España convulsa tanto en los tiempos de la emigración de Buñuel como en los actuales. No debemos olvidar que de las treinta y dos películas que integran la filmografía de Luis Buñuel como director, veintiuna fueron realizadas en México.
Esta cifra contrasta con la postura asumida por algunos estudiosos de su obra que definen al director de Un perro andaluz (1928) como un cineasta español o francés. Buñuel se nacionalizó mexicano a los pocos años de haber llegado a nuestro país y se quedó a vivir para siempre entre nosotros. Varias de sus obras maestras son orgullosamente mexicanas y forman parte del legado cultural que México ha ofrecido a la cinematografía mundial.
Muy unido con esto, otro gran acierto de ‘Little Spain’ es haber sido capaz de no ceder ante las presiones de aquellos que, advenedizos propietarios de restaurantes o profesores en busca de gloria o periodistas de medios nacionales españoles con escasos escrúpulos en busca de la exclusiva, movidos por el prurito personal, quisieron apropiarse de un protagonismo narrativo que en realidad no tenían ni por asomo.
Esta y otras visicitudes probaron ser, desde el comienzo, el escollo más grande para llevar a cabo la tarea propuesta, especialmente si tenemos en cuenta que un realizador novel -fue el primer filme de Artur Balder- ante un proyecto de esta envergadura siempre andará, al menos inicialmente, en desventaja frente a quienes así intentan doblegar su voluntad creadora, pues no ha de sorprendernos el rigor con el que algunos quieren atribuirse un protagonismo inexistente e injustificado.
Pero lo sorprendente de las elecciones que realiza el director parece apuntar a un hecho esclarecedor que sobresale en el paisaje de estos últimos años: el director no pierde su enfoque en ningún momento, y se da cuenta de que el protagonista no es una sociedad ya caída en el olvido y extinta como tal, sino la historia, pues es la memoria misma sin personalismos la que protagoniza el trabajo del director.
Estamos acostumbrados a la eterna hegemonía del protagonismo personal en el medio audiovisual, y de hecho es el ‘star system’ lo que ejerce la gran tiranía mediática de nuestro tiempo. Excepciones como esta, en la que un director novel tiene clara la intención desde un principio, son raras de ver. Los trabajos noveles normalmente están bajo el impacto de otras personalidades, admiradas inicialmente por el realizador, y por ello sorprende la madurez y rotundidad en la ejecución de Artur Balder, la severa convicción desde un principio de que este trabajo merecía toda la atención y un trato a contracorriente centrado en la memoria.
La película tuvo selección oficial en el Festival Internacional de Cine de Gijón en 2015, y pasó por varios festivales del área metropolitana de Nueva York, entre otros el de Jersey City. Pero sus reconocimientos más importantes llegaron de la mano de la Asociación de Cronistas de Nueva York, que valoró ‘Little Spain’ como Mejor Documental 2015, y después del círculo de críticos de México, que entregó la Dama de la Victoria en reconocimiento a la trayectoria como documentalista así como concretamente por el trabajo ‘Little Spain’.
Como colofón y premio ya sabemos que en el mundo del cine las imitaciones son siempre buenas, en el sentido de que vienen a corroborar la valía de trabajo anterior, especialmente si ha sido sobradamente reconocido, y en este caso no le faltan las imitaciones al trabajo del realizador, imitaciones que siempre terminan por caer en el olvido pues sin excepción nacen y perecen en la sombra de lo que es auténtico y como tal se ha revelado inicialmente.
En el cine las imitaciones siempre han sido bienvenidas, y rara vez han sido algo más que eso, réplicas de un éxito verídico, en todo caso un aval del éxito de aquella versión que por vez primera trató un tema o fue capaz de abordarlo de manera indiscutiblemente brillante. ‘Little Spain’, la película, fue el debut de un genio del séptimo arte, la opera prima de un talento innato.
Gustavo Suárez Ojeda, Presidente y Fundador de la Agrupación de Críticos y Periodistas de Teatro y Cine de México.