Publicado 23/05/2016 09:31

'Suicidio medioambiental en Polonia'

Bosque de Białowieża, en Polonia
WIKIPEDIA

   Por Artur Balder (OTR/PRESS)

   Es difícil permanecer imparcial ante la noticia, que cae como un hachazo en la base de uno de los pilares de la conservación de la biodiversidad de Europa: una inminente tala masiva del bosque primigenio de Bialowieza, que continuará al menos hasta 2020. El ministro de fomento de Polonia ya ha confirmado los planes de tala expuestos en una ley aprobada a contracorriente, y así el bosque más antiguo y mejor conservado de Europa, que ocupa un área de más de mil millas cuadradas y es único en su variedad, dejará de serlo en breve.

   Miroslaw Stepaniuk, el anterior director del Parque Nacional de Bialowieza, reconoció a The Guardian que había sido 'cesado fulminantemente' de su puesto por intentar dificultar los planes para aprobar la nueva ley, la cual pretende allanar el camino a talas cada vez más lucrativas en Polonia. La excusa está en ciertos escarabajos que al parecer arruinan la corteza de muchos de los árboles y amenazan con ser una plaga indomable.

   Sin embargo insectos y plagas ha habido desde hace miles de años, y el bosque ha sabido sobrevivir a su manera resistiendo con una salud vigorosa, siendo la tala indiscriminada la que dio al traste con la masa forestal de Europa, y no precisamente los escarabajos. Sin embargo, los intereses de las compañías madereras despuntan por doquier según la propia prensa polaca y no es necesario tener un ojo demasiado avizor para darse cuenta de que el asunto entrama pingües beneficios tanto para el gobierno como para los consorcios, porque el informe aprobado de tala demuestra que más de la mitad de los árboles condenados a muerte no están en este momento afectados por la epidemia.

   La gran masa forestal protegida por la UNESCO alberga en su interior un parque nacional de considerables dimensiones, pero lo importante es el extensión de la misma que se prodiga a ambos lados de la frontera entre Polonia y Bielorrusia. Lo importante de esta gran reserva es que no tiene parangón en la actual Europa, siendo el hogar de la mayor reserva de osos y de lobos, y de bisonte europeo.

   Es necesario mirar hacia atrás, también, para comprender la importancia de este bosque que hoy nos parece gigantesco pero que solo es uno de los últimos vestigios de aquel que hace unos dos mil años recubría casi toda Europa desde Bielorrusia hasta las orillas del Rin, y más allá en el oeste. Los romanos se refirieron al gran bosque de la Europa septentrional como Hercynia, mientras que en la mitología se hizo su lugar, como un ideario colectivo, y las sagas nórdicas se refieren a él como 'Myrkvior' (Bosque Tenebroso, en antiguo noruego), término que además tomó prestado J. R. R. Tolkien de William Morris en su versión anglosajona, 'Myrkwood', lugar en el que ambientó muchas de las aventuras que recientemente Peter Jackson ha sabido llevar a la gran pantalla, si bien con bosques neozelandeses que poca justicia le hacen al Bosque Viejo o a Fangorn en 'El Señor de los Anillos'.

   De mi experiencia personal solo puedo decir que es una de las maravillas naturales más extraordinarias que pueden conocerse, y gran parte de su encanto reside en la extensión de su territorio, que le permite a uno la sensación de 'perderse' en él. Siempre que he pensado en bosques durante la redacción de mi Saga de Teutoburgo me he servido de las imágenes que he atesorado de este ambiente natural sin par, en el que un caminante del siglo XXI puede sentirse transportado a las prístinas selvas germánicas que aquellos queruscos, tubantios y sicambrios, antiguas tribus autóctonas y aborígenes, habitaban esparcidos en pequeños

   asentamientos profundamente diseminados en medio de aquel inmenso

   bosque europeo.

   Arminio no habría sido el mismo sin estos bosques cargados de un misterio sobrenatural, en el que un eterno crepúsculo parece flotar entre los árboles, un santuario tenebroso apenas atravesado por las lanzadas de un sol incapaz de abrirse paso en la frondosidad de unos robles que alcanzan los ciento ochenta pies de altura.

   Pero todo esto carece de valor cuando hay cerca de trescientos millones de euros en beneficios una vez aprobado el plan de ley que autoriza la tala de '188.000 metros cúbicos de árboles' (¿no tiene eso una sonoridad terrorífica?) entre 2016 y 2021, y con ello la política, que en estas y otras cosas nunca tendrá rivales, echa por tierra ecología, historia y, de paso, poesía.

   Katarzyna Jagiello, una de los representantes de Greenpeace, acierta al declarar que 'lo que suceda ahora con este bosque definirá el futuro de la conservación natural en Europa'. Y habría que añadir que parece mentira que a estas alturas no haya consenso social y político sobre cosas que por igual afectan a todos, incluidas las generaciones venideras.

   Bialowieza alberga numerosos árboles que superan los cuatro siglos de edad, criaturas vivientes que merecen un respeto para el que no hay espacio en esas leyes que tan ingeniosamente nos inventamos. Esos robles de ciento cincuenta pies de altura, cuyos troncos son tan codiciados por sierras mecánicas de escasos escrúpulos, merecen un lugar en este mundo

   donde poder morir siguiendo un ciclo natural que afecta a la totalidad del bosque, sin estar amenazados por la urgencia económica de gobiernos y la codicia insaciable que por doquier destruye rápidamente un mundo que en realidad necesitamos tratar mucho mejor.

   Cuando uno se pierde en los caminos más aislados y se introduce en lo más profundo de esta floresta digna de visita, no resulta difícil encontrarse con un alce, o incluso vislumbrar el paso furtivo de unos bisontes. El bisonte, un animal que en el ideario colectivo siempre ha estado asociado a las grandes extensiones abiertas de Norteamérica, cuenta con una subespecie autóctona europea, prácticamente extinta en todas sus áreas de anterior ocupación. Pero en Bialowieza se encuentra el mayor refugio de bisonte europeo, de donde se extraen los ejemplares que intentan con poco éxito repoblar Suecia.

   Sin embargo, de todos los habitantes de Bialowieza no hay ninguno que pueda equipararse al lobo, y no son pocas las manadas que allí van y vienen a su antojo, en busca de lo suyo. Bialowieza ha sido un gran refugio que ha prosperado en las últimas décadas gracias a una de esas escasas protecciones que llegaron a tiempo, pero al parecer nunca es suficiente y es posible que se aproxime su hora de rendir cuentas ante la implacable codicia que al parecer nadie es capaz de detener en ninguna parte. La historia asegura, incluso, que el último ejemplar de uro (o toro salvaje) fue una hembra cazada no muy lejos en los bosques polacos de Jaktorów en 1627, lo que da buena cuenta del buen estado del bosque primigenio europeo en esa región.

   Durante miles de años los bosques europeos resistieron y convivieron con plagas de insectos, incendios naturales y otros males propios de ellos, y nunca tendieron a la extinción hasta que fueron talados de modo masivo, especialmente en los siglos XIX y XX. El planteamiento del gobierno polaco es hipócrita, y la excusa antepuesta para llevar a cabo lo injustificable no ha tardado en movilizar protestas masivas en Polonia y un eco (insuficiente) en el resto del mundo. Sin embargo, no faltan el testimonio de vecinos de este bosque, lugareños que aseguran que necesitan más leña para calentarse en invierno... Uno jamás aprecia lo que tiene, especialmente si lo tiene cerca, hasta que lo pierde.

Artur Balder es escritor y realizador

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