Participantes en una de las actividades de la XIV Fiesta del Chopo Cabecero, celebrada en 2024 en Pancrudo, municipio que será galardonado en la edición de este año. - CENTRO DE ESTUDIOS DEL JILOCA
La XVI Fiesta del Chopo Cabecero reunirá el 14 de noviembre distintas actividades ambientales, patrimoniales y propuestas artísticas
LA HOZ DE LA VIEJA (TERUEL), 2 (EUROPA PRESS)
Los chopos cabeceros son mucho más que árboles centenarios que dibujan el paisaje de las riberas turolenses. Representan una forma de aprovechamiento sostenible del territorio, una herencia de generaciones de agricultores y ganaderos y un elemento de identidad para numerosos pueblos de la cordillera Ibérica. Con el propósito de reivindicar este patrimonio y llamar la atención sobre su conservación, La Hoz de la Vieja, en la comarca de las Cuencas Mineras, acogerá el próximo 14 de noviembre la XVI Fiesta del Chopo Cabecero, bajo el lema 'Pueblos que cuidan su patrimonio'.
"Es una apuesta por los paisajes, por reivindicar el valor ambiental, el valor ecológico especialmente, de unos árboles viejos", ha explicado a Europa Press Chabier de Jaime, miembro del Centro de Estudios del Jiloca, una de las entidades organizadoras. La jornada pretende acercar a los visitantes la singularidad de estas arboledas y reconocer el esfuerzo de los municipios que siguen trabajando para mantenerlas.
La celebración nació en 2009 con la voluntad de dar a conocer la riqueza ambiental, histórica y cultural de los chopos trasmochos, especialmente abundantes en la provincia de Teruel. Desde entonces, su carácter itinerante ha permitido recorrer diferentes localidades y mostrar sus paisajes, al tiempo que ha contribuido a que los propios vecinos reconozcan el valor de un patrimonio que había pasado inadvertido.
"En cada pueblo empiezan a verse estos árboles de otra forma. Son los chopos de cada pueblo y pasa siempre lo mismo: la gente no se da cuenta hasta que le damos el valor que merece", ha relatado De Jaime. A su juicio, la fiesta también contribuye a "mejorar la autoestima" de unas localidades pequeñas que encuentran en estos árboles un elemento que las diferencia en un contexto de creciente globalización.
UN APROVECHAMIENTO TRADICIONAL QUE HOY AFRONTA DIFICULTADES
Para comprender la importancia de los chopos es necesario remontarse a la gestión tradicional del territorio. Se trata de ejemplares de chopo negro o álamo negro que fueron sometidos durante siglos a podas periódicas, conocidas como escamondas, para obtener madera sin renunciar al aprovechamiento agrícola y ganadero de las tierras de alrededor.
La técnica consistía en cortar las ramas a una determinada altura del tronco, de manera que el árbol desarrollaba nuevos brotes sobre una cabeza característica. Estos fustes se cortaban aproximadamente cada 12 o 15 años y proporcionaban vigas destinadas a la construcción de viviendas, parideras y graneros. También se aprovechaban las hojas como alimento para el ganado y la madera como combustible vegetal.
La deforestación histórica había reducido la disponibilidad de madera de calidad, por lo que los habitantes de estas comarcas encontraron en las riberas una alternativa que, además de abastecer sus necesidades, permitía obtener ingresos complementarios mediante la venta de las vigas.
Este sistema hacía compatible la producción forestal con los cultivos y los pastos. Al retirar periódicamente las ramas, entraba más luz en los terrenos y se favorecía el crecimiento de la hierba, mientras que los árboles continuaban desarrollándose y generando nuevos aprovechamientos. "Era un recurso renovable absolutamente. El propietario de los árboles a los 12 años volvía a poner en el mercado esas vigas y se las quitaban de las manos", ha recordado De Jaime.
Sin embargo, la transformación de la sociedad rural durante la segunda mitad del siglo XX, el abandono de numerosas explotaciones y la introducción de nuevos materiales de construcción provocaron el declive de esta práctica. Muchos ejemplares fueron talados y otros dejaron de recibir los cuidados necesarios. Esta última circunstancia también supone un problema para su supervivencia.
"Los árboles trasmochos pueden hacerse muy longevos si el sistema de aprovechamiento se mantiene", ha advertido. Por ello, considera necesario recuperar las labores de escamonda y encontrar fórmulas que permitan garantizar su conservación.
CADA CHOPO, UN ECOSISTEMA Y UN MONUMENTO
A las razones históricas y culturales se suma su importancia ecológica. Estos árboles constituyen hábitats para numerosas especies, desde insectos hasta líquenes, musgos, murciélagos y aves. De Jaime ha incidido en que "realmente es un ecosistema cada uno de estos árboles", cuya estructura ofrece alimento, refugio y espacios de reproducción para una gran variedad de seres vivos.
Además, su singularidad va más allá del ámbito aragonés. Aunque los árboles trasmochos son habituales en diferentes paisajes europeos, el manejo del chopo negro de esta manera es excepcional. "En congresos europeos de este tipo de árboles, la sorpresa nos llegó cuando vimos que no hay chopos trasmochos en Europa. Hay hayas, fresnos, sauces, pero chopos prácticamente no", ha remarcado.
La provincia de Teruel concentra algunas de las mayores masas de estos ejemplares en el continente. Estudios realizados junto al Instituto Pirenaico de Ecología, mediante la interpretación de los anillos de crecimiento, han permitido identificar árboles de entre 200 y 220 años. "Tener cientos de árboles centenarios en una ribera no es tan sencillo. Pero es que aquí tenemos cientos", ha subrayado.
El experto los describe como "oasis lineales" que siguen los cursos de ríos, arroyos, acequias y barrancos en territorios generalmente deforestados. A su entender, deben valorarse como auténticos monumentos naturales, resultado de la interacción entre la naturaleza y el trabajo de generaciones de habitantes. El saber hacer campesino asociado a esta tradición fue reconocido por el Gobierno de Aragón como Bien de Interés Cultural Inmaterial en 2016.
PANCRUDO, RECONOCIDO POR SU LABOR DE CONSERVACIÓN
La edición de este año pondrá especialmente el foco en los municipios que mantienen vivo este patrimonio. Por ello, el premio 'Amigo del Chopo Cabecero 2026' recaerá en Pancrudo, una localidad cercana que ha desarrollado una trayectoria de conservación y divulgación de estos árboles mediante semanas culturales, conferencias y actividades específicas.
La programación comenzará en la plaza Mayor de La Hoz de la Vieja con un desayuno solidario y una bienvenida a los participantes. Posteriormente, se realizará una excursión por la ribera del río Cantalera, entre pequeños huertos y chopos cabeceros, hasta alcanzar el paraje de La Chopera, donde el motoserrista Víctor Pérez realizará una demostración de escamonda sobre varios ejemplares.
Tras regresar al núcleo urbano, los asistentes podrán elegir entre diferentes recorridos para conocer el patrimonio local. Entre las propuestas figuran el Museo del Pan y la iglesia gótica de Nuestra Señora de las Nieves, además de una visita a las pinturas rupestres descubiertas recientemente.
La jornada continuará en el pabellón, donde se inaugurará la exposición con las fotografías seleccionadas del XI Concurso de Fotografía sobre el Chopo Cabecero y por la tarde se entregará el galardón a Pancrudo.
De Jaime ha resaltado que la dimensión de la convocatoria, que en algunas ocasiones ha reunido a unas 150 personas y en otras 600 asistentes, no es el principal indicador de su éxito, "sino pasarlo bien, que la gente del pueblo disfrute y los visitantes comulguen con la gente del pueblo", ha reiterado.
Para el miembro del Centro de Estudios del Jiloca, el reto sigue siendo que la sociedad aragonesa conozca mejor la riqueza que tiene a su alrededor. "Somos a veces demasiado desconocedores de lo que tenemos", ha reflexionado. Una realidad que esta cita pretende cambiar, reivindicando que conservar los chopos cabeceros significa también proteger la memoria, el paisaje y la identidad de los pueblos que los han cuidado durante generaciones.