"¡Yo no voy a renunciar! Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo",
fueron las últimas palabras de Allende a los chilenos
SANTIAGO, 10 Sep. (de la corresponsal de EUROPA PRESS Claudia Riquelme) -
Premonitoria, la portada del diario comunista El Siglo amaneció el
11 de septiembre de 1973 con un titular que estremeció a miles de
transeúntes que, antes de las siete de la mañana, se dirigían a sus
puestos de trabajo por el centro de la capital chilena, a pocas
manzanas de La Moneda, la sede de Gobierno. "¡Todos a sus puestos de
combate!" era el llamamiento del matutino fiel a Salvador Allende, el
primer marxista elegido democráticamente en el mundo.
La portada no era un simple juego de palabras. Los rumores sobre
un alzamiento de las Fuerzas Armadas eran cada vez más fuertes.
Crisis económica, violencia en las calles, desabastecimiento y
paralización casi total de las actividades productivas, entre otros
males, se habían hecho eco en los granos de maíz que muchos chilenos
de derecha lanzaban al paso de militares para recordarles que los
consideraban "gallinas" por no intervenir ante el Gobierno de Allende
y la coalición que lo llevó al poder: la Unidad Popular.
Los numerosos relatos de las últimas 24 horas de Allende, y que
por estos días, cuando se cumplen 30 años de esa fatídica fecha, dan
cuenta de que tampoco desconocía lo que podía suceder. La noche del
10 de septiembre abandonó tarde La Moneda. Se quedó trabajando en lo
que anunciaría el 12 de septiembre: un plebiscito para que los
chilenos decidieran cómo salir de la crisis. Ya en su casa, cenó con
su esposa y sus tres hijas y algunos asesores, entre ellos el español
Joan Garcés, a quien anunció, de madrugada, que se iría a dormir,
"porque mañana nos espera un día duro". Sería el último.
PRIMERAS HORAS
Allende durmió muy poco. Cerca de las cinco fue despertado por una
llamada de teléfono que le informó del alzamiento de la Armada en
Valparaíso. Los barcos de la Marina que habían zarpado el día
anterior para participar en la Operación Unitas, habían regresado y
los oficiales navales ocupaban las calles del puerto, la Intendencia
y la Compañía de Teléfonos, mientras el comandante en Jefe de la
Armada había sido detenido en su domicilio de Santiago. Allende
ordena bloquear la carretera que comunica con Santiago.
Pero los cuatro gestores del golpe ya estaban en sus puestos de
combate: el jefe de la policía militarizada (Carabineros), César
Mendoza; el jefe de la Aviación, el general Gustavo Leigh; el
almirante de la Marina, José Toribio Merino, y quien lideraba la
operación por estar al mando de la institución armada más antigua de
Chile, el Ejército, el general Augusto Pinochet.
A las 7.30 horas, Allende llega a La Moneda, que ya se encuentra
rodeada por tropas rebeldes. Vestido informalmente, como no era su
costumbre, recibe a ministros, asesores y funcionarios. Media hora
más tarde, sus intentos por comunicarse con los jefes militares que
considera leales al Gobierno, incluido el propio Pinochet, a quien
supone retenido a la fuerza por los golpistas, le confirman la
gravedad de la situación del país y decide dirigirse a los chilenos a
través de una transmisión de Radio Nacional.
Con voz serena, pero firme, el presidente informa al país del
levantamiento. Quince minutos después, las radios de la oposición
transmiten la primera proclama de las Fuerzas Armadas. Efectivos
militares destruyen los equipos de Radio Nacional, por donde hablaba
Allende, y bombardean otras emisoras leales al Gobierno.
Ya a las nueve de la mañana, el mandatario se convence de que no
es sólo la Marina la implicada en la traición, sino todas las ramas
de las Fuerzas Armadas. A esa hora comienzan los primeros
intercambios de disparos entre los francotiradores militares
apostados en los edificios cercanos, y los pocos guardias civiles que
defienden La Moneda.
"¡YO NO VOY A RENUNCIAR!"
La última vez que los chilenos escucharon la voz de Allende fue a
las 09:20 horas de esa fatídica mañana del 11 de septiembre de 1973.
A través de Radio Magallanes, la única oficialista que no había sido
bombardeada, se dirige a los chilenos en un discurso estremecedor.
Quienes lo acompañaban en ese momento, como el periodista Carlos
Jorquera, cuentan que no uso documentos, sino que improvisó, haciendo
gala de la oratoria que lo mantuvo como político destacado durante 40
años de la historia de Chile.
"Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no
voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi
vida la lealtad del pueblo. Estas son mis últimas palabras y tengo la
certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de
que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía,
la cobardía y la traición (...) Tienen la fuerza, podrán
avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el
crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los
pueblos", afirmó anticipando lo que pasaría horas más tarde.
Mientras Allende se dirigía al país, los aviones Hawker Hunter de
la Fuerza Aérea de Chile iniciaron vuelo a Santiago desde el sur del
país. Su misión: lanzar al menos 20 cohetes 'rockets' sobre el
centenario Palacio de Gobierno. A las 10 de la mañana, cuando los
primeros tanques comienzan a atacar La Moneda, Allende rechaza el
ofrecimiento de los golpistas para abandonar el país junto a su
familia y asesores, rumbo al exilio.
La guardia presidencial de Carabineros abandona el Palacio y una
hora después, logra convencer a sus hijas Beatriz (embarazada de
siete meses) e Isabel, a su secretaria personal, Miria Contreras, y a
otras mujeres que lo acompañaban, para que abandonen La Moneda. Se
despide de sus hijas pidiéndoles que cuenten al mundo lo que ha
ocurrido en Chile.
BOMBARDEO
A las 11:42 horas, cuando una leve llovizna caía sobre Santiago,
los tres Hawker Hunter comienzan a bombardear La Moneda. Allende, ya
con casco, resiste desde el segundo piso del Palacio, con la
metralleta AKA que le había regalado Fidel Castro un año antes.
Las 24 bombas que son lanzadas sobre el viejo edificio hacen que éste
comience a arder por el ala norte, mientras en tierra, las tropas
lanzan bombas lacrimógenas al interior.
El periodista Augusto Olivares, uno de los mejores amigos de
Allende, se suicida en una de las dependencias del Palacio. Minutos
más tarde, los aviones proceden a bombardear la casa presidencial de
Tomas Moro, ubicada en una zona acomodada de Santiago.
Enfrentamientos en universidades, industrias, edificios públicos y
barrios populares arrojan decenas de muertos y cientos de detenidos.
Las embajadas comienzan a llenarse de asilados.
La Moneda ha caído. Triunfantes y violentos, los militares entran
en el añoso y ahora destruido edificio, mientras una larga fila de
detenidos comienza a abandonar el lugar. En el segundo piso, después
de un intenso cruce de disparos, se produce un silencio mortal, sólo
interrumpido por una única y seca detonación. Tal como señala el
relato del doctor Arturo Girón, médico personal de Allende, el
presidente se quita la vida con la metralleta que le regaló Castro,
en el Salón Independencia de La Moneda.
Ya casi a las 16:00, el cuerpo de Allende es sacado por los
militares hacia el Hospital del Ejército, donde se realiza su
autopsia. Horas más tarde, es sepultado bajo férrea vigilancia
militar y con su viuda como única familiar, en un cementerio cercano
a Valparaíso.
Siempre a través de radio y televisión, los golpistas, que ya han
tomado el control del país con una mínima resistencia, lanzan un
nuevo bando de la Junta Militar que conmina a 92 personeros del
Gobierno y de la Unidad Popular a entregarse en una hora en el
Ministerio de Defensa. Muchos obedecieron, ante la promesa de los
militares de restaurar el orden democrático. Todos desaparecieron,
como miles de otros chilenos que se perdieron en la nebulosa que
empañó los siguientes 17 años de la historia de este país.
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10-Sep-2003 14:54:48
(EUROPA PRESS)
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