Imagine Dragons: grandilocuencia irrelevante

Imagine Dragons
Foto: IMAGINE DRAGONS
Europa Press Cultura
Actualizado: jueves, 26 febrero 2015 14:28

MADRID, 25 Feb. (EUROPA PRESS - David Gallardo) -

   Todo en Imagine Dragons parece necesariamente obligado a ser épico y grandilocuente, marcial y trascendente, como si de la banda sonora de la salvación del mundo se tratase. Pero si este planeta tal y como lo conocemos tiene salvación no será gracias a Dan Reynolds y los suyos, aunque desde su cuartel general de Las Vegas ellos lo vean claro.

   Porque acceder al trono usando todos los artificios de trilero es la intención última de un grupo tan ambicioso como errático, que se apoya en unas melodías fofas que no serían gran cosa sin esos catedralicios y mastodónticos arreglos que visten las canciones con un aspecto de ficticia relevancia.

   Tratando de seguir la estela de bandas clásicas como U2 y Simple Minds, a cuyo legado le aportan ingredientes de coetáneos como Coldplay, Arcade Fire, Mumford & Sons y The Killers pasados por el filtro de la electrónica más contundente y los ritmos tribales, Imagine Dragons no dejan de ser un 'transformer' sin personalidad propia que da palos de ciego.

   Su segundo largo Smoke + Mirrors llega con la imposible misión de al menos acercarse al galático éxito de su debut Night Visions (2012), que alcanzó la estratosfera gracias al single Radioactive, que despachó él solito nueve millones de copias en todo el mundo. Y claro, no cumple.

   El disco arranca con Shots y parece que va a pasar algo, pero todo sigue igual. Con Gold no es que la cosa mejore, precisamente, mientras que resulta heróico escucha compelta la canción que da título al disco, Smoke + Mirrors.

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   Mención aparte merece I'm so sorry, que suena a unos Black Keys de parvulario y cuyo riff final en plan Led Zeppelin solo provoca sonrojo (y algunas lágrimas de impotencia). I Bet My Life, quizás mejoraría si fuera cantada realmente por Chris Martin y no por un imitador que trota sobre una percusión seguramente ya perpetrada en el pasado por Carlinhos Brown en cualquier ensayo de calentamiento.

   No mejora el álbum con Polaroid, aunque sí tiene pegada el acercamiento a la electrónica con guitarras atmosféricas de Friction. Y así discurre esta segunda acometida de los de Las Vegas, desde el trote de Summer hasta el descarte africanista de Coldplay que bien podría ser Hopeless, los teclados ochenteros de The Fall y la épica de estadio sin alma de Thief.

   Ellos imaginaron dragones, pero al mirar en el espejo cuesta vislumbrar algo detrás del humo. Les irá bien, en cualquier caso.

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