Actualizado 27/06/2007 21:03 CET

La cárcel de Logroño

En la cárcel de Logroño hay de todo, salvo ricos. Penal pequeño y viejo, el inconveniente se compensa con la inexistencia del hacinamiento que aflige a otros centros penitenciarios, pero, sobre todo, con la calidad profesional, que en este oficio equivale a calidad humana, del alcaide y de los funcionarios, que se esfuerzan por no añadir más penas a la mayor de todas, la de la pérdida de la libertad. Es más; se esfuerzan por rebajarla ideando mil actividades para hacer más livianas las horas de cautiverio y abriendo la prisión a las de quienes las traen de afuera.

Vengo de allí (escribo ésta columna en el tren de regreso) de hablar con los presos de literatura, de periodismo, de política y de historia, esto es, de todo lo que han querido que habláramos, y permanece en mí la sensación de haber actuado ante un público particularmente selecto, un auditorio que, a diferencia del que suele ser habitual en charlas y conferencias, desprendía interés, entusiasmo, agudeza, curiosidad y fundamento. No es raro: cuantos había en la capilla de la cárcel (mejor acústica que en el salón de actos) pertenecen a Libellus, el grupo de amantes de la lectura que con el funcionario Ángel a la cabeza han conseguido, de una parte, reunir más de diez mil volúmenes en la biblioteca, y, de otra, que los escritores vayamos a verles, a contarles cosas, y, más interesante aún, a escucharles a ellos, a los que nadie escucha.

Gracias a un acuerdo de colaboración entre el Ministerio de Cultura e Instituciones Penitenciarias, el plan de fomento de la lectura en las cárceles genera sucesos asombrosos como el de Libellus. En la cárcel de Logroño, donde hay de todo salvo ricos, donde hay hombres y mujeres que tropezaron un día, que dañaron tal vez al prójimo y con seguridad a sí mismos, hay mucha devoción por la libertad y, en consecuencia, por la literatura. También mucho interés por la realidad, que les ha sido tan adversa. Pero cuando salí de la cárcel tras haber compartido con ellos algunas horas, y crucé los rastrillos y las cancelas, ellos se quedaron allí. Presos. Que la suerte les sonría, siquiera un poco alguna vez, a todos ellos.

Rafael Torres.