¿"Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo"?. El carnaval del eufemismo es una fiesta de disfraces, un elegante baile de máscaras. Hay millones de negros que sin mudar de piel se han convertido en "afroamericanos". También crisis económicas de final impredecible, que ya han sido rebautizadas con expresiones tan esotéricas como "fase bajista del ciclo" o "desaceleración transitoria de mayor intensidad".
Ya desde antiguo, en vez de parir, las mujeres preferían dar a luz... Pero ahora, el baile de máscaras ha alcanzado al trascendente momento de la muerte, convertida ya en un simple "tránsito", que tantas veces sobreviene después de una larga y dolorosa, pero innombrable enfermedad. Hasta las funerarias han entrado en la vanguardia del tabú. Su razón social ya no es "La Dolorosa". Es mejor y más optimista morirse con "El Porvenir" o "El Descanso".
Eso si fallece de muerte natural, porque si es de muerte matada, por ejemplo en una "contienda bélica", --las guerras ya casi no existen en el vocabulario eufemístico--, las víctimas no pasan de genéricos e invisibles "daños colaterales". También en el País Vasco, toda una potencia mundial del pincho y el eufemismo, los crímenes de ETA, no siempre tienen que ver con el tiro en la nuca o el coche-bomba. Son las inevitables "consecuencias del conflicto", según la expresión acuñada por ese mundo de cómplices y asesinos, que en la tregua de Aznar fueron el MLNV y en la de Zapatero, la tolerada izquierda abertzale. Y es que si la economía vasca contabilizase su competitiva producción de eufemismos, con productos tan exclusivos y consolidados en el mercado como "el derecho a decidir", el "impuesto revolucionario" o "el conflicto con el Estado", su PIB habría superado hace ya mucho tiempo al de Suiza.
La cultura occidental tiene en gran consideración a esos chefs de la deconstrucción culinaria, jíbaros de la alta cocina, capaces de reducir y concentrar todo un cocido madrileño con aromas de marisco en una minúscula tapa. Pero el verdadero talento, la auténtica magia creativa, está en los cocineros del lenguaje, anónimos y desconocidos asesores, pero con la chispa y el ingenio para convertir, por ejemplo, un polémico trasvase en una inocua "conducción" de agua. El carnaval del lenguaje viene de lejos. Hasta la Santa Inquisición inventó el término "relajado" para referirse a los condenados a morir en la hoguera. Y Felipe II justificó el desastre de la Invencible diciendo que no había mandado a sus naves a luchar contra los elementos. Tempestad hubo, pero también pésima planificación, a cargo de un Medina Sidonia, cuya experiencia marítima se limitaba al Guadalquivir, donde ya era conocido por sus mareos en las barcas de recreo.
Por eso lo que cuenta es el lenguaje, la capacidad para apropiarse de los vocablos y decidir su significado. Los periódicos y las tertulias están llenos de especialistas que deciden quién es moderado y progresista y quién duro y conservador. Estos días han apurado tanto, que hasta Manuel Fraga viste un traje nuevo de moderación. Los hechos son sólo una parte de la realidad. El resto lo pone el lenguaje, la infatigable creatividad de esos cocineros de conceptos y palabras, capaces de convertir un atentado terrorista en un "accidente" y una crisis económica en una "desaceleración" Ahí, en ese campo de batalla se libran todos los decisivos combates del poder político. En ese baile de disfraces, el mejor, el más listo, el que gana, es el que con mayor naturalidad lleva la máscara. El que suena convincente y creíble, cuando habla de amor, aunque quiera decir sexo.