La emigración que, en palabras del Papa Benedicto XVI, constituye uno de los signos de nuestro tiempo (cfr. Mensaje de Benedicto XVI) no es, en principio, un problema, sino un fenómeno humano complejo tan antiguo como la misma humanidad.
Cosa distinta es que las migraciones, exilios y deportaciones tienen, en general, su origen en situaciones problemáticas e injustas, como son la carencia de recursos para el sostenimiento propio y de la familia, la violencia, las guerras, etc. Ahí sí que hay un problema.
En otras ocasiones, los problemas surgen en el camino o a la llegada al país de destino, cuando los emigrantes caen en manos de mafiosos, explotadores, empresarios sin escrúpulos, etc. o se encuentran en situaciones fuera de la ley, sin recursos, rechazados, amenazados o perseguidos.
El fenómeno de las migraciones, en general, más en concreto, la presencia de inmigrantes en nuestro país, en particular, tan numerosa y diversa, nos interpela a todos y está demandando de todos una respuesta.
Cuando digo todos, incluyo a cada uno en particular, -como ciudadanos o como miembros de la Iglesia o de otra religión o creencia-, a las autoridades, a la Iglesia, con sus servicios y organizaciones...
Por otra parte, este fenómeno ha de afrontarse ya en origen. Es incalculable a este respecto el magnífico servicio que prestan en los países de origen las Misiones y otras obras de la Iglesia, como Manos Unidas, Cáritas, etc. Algo parecido puede decirse las ONG's y de las ayudas al desarrollo.
También en la fase de traslado ha de prestarse a los emigrantes la necesaria ayuda, garantizándoles la seguridad, la legalidad y evitando el riesgo de que caigan en manos de mafiosos y explotadores.
Ya en el país de llegada, se impone la ayuda de la cordial acogida, de la prestación de los primeros auxilios, de alojamiento digno, del trabajo seguro y sin riesgo, del salario justo, de la atención social y sanitaria.
Por parte de la Iglesia han de ser acogidos los inmigrantes con amor de hermanos, porque así nos lo manda el Señor, porque así hizo El, porque se identifica con ellos.
Un segundo paso es la integración paciente, armónica y de doble dirección en nuestra sociedad y en las comunidades de la Iglesia, respetando siempre las creencias y convicciones de cada uno. Sin confusión y sin discriminación.
El resultado será, más pronto o más tarde, una nueva y renovada sociedad, una y diversa y una Iglesia renovada y rejuvenecida, expresión en cada lugar de la Iglesia universal, una y diversa por la comunión de los distintos en raza, color, procedencia, clase social, cultura...
Un principio fundamental que ha de regir nuestra relación con los inmigrantes, si queremos alcanzar el ideal de la pacífica convivencia en la sociedad y de la comunión de los diversos en la Iglesia, es que, por encima de los propios intereses -personales, de grupo, nacionales, etc.- primen el bien de los propios inmigrantes y el bien común.
Monseñor Sánchez González nació en Fuenteguinaldo (Salamanca) el 30 de octubre de 1934 y en abril de 1958 fue ordenado sacerdote. Es licenciado en Teología y Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Salamanca. Desde 1961 a 1980 fue capellán y luego delegado para los capellanes españoles de los emigrados a Alemania.
Desde 1995 es miembro del Pontificio Consejo para las Migraciones por decisión del Papa Juan Pablo II y presidente de la Comisión de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española desde el 8 de marzo de 2005. Además, es presidente de la Comisión Pastoral de las Migraciones del Consejo de Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) desde noviembre de 2006.