"Libia: Sin novedad en el frente". Por Eduard Vinyamata, profesor de la UOC

Eduard Vinyamata, profesor de la UOC
UOC
Europa Press Sociedad
Actualizado: lunes, 28 marzo 2011 12:21

Lo que sucede en Libia es un ejemplo más de Terrorismo de Estado. Un gobierno dictatorial y corrupto que decide aplastar a sangre y fuego las reivindicaciones populares de libertad y democracia.

El desgobierno del señor Gadafi ya fue considerado por muchos países como un gobierno que hacía uso de actos terroristas y financiaba grupos armados insurgentes con la finalidad de influir en la política internacional. Percatado finalmente de la inutilidad de la violencia armada, orientó su actividad hacía un tipo de violencia basado en la corrupción.

En este ámbito sí encontró gobiernos de otros países, en especial occidentales, bien predispuestos. Financió campañas electorales en Francia, organizaba orgías con prostitutas menores de edad para políticos italianos, regaló caballos de pura raza a españoles y se dejaba fotografiar con otros gobernantes de países como Venezuela, Estados Unidos, Inglaterra y otros que decían ser sus amigos.

Las razones de tales amistades muchas veces no llegan a conocerse, son "Secretos de Estado", secretos que en muchas ocasiones ocultan actos terroristas, crimen e ilegalidades. Pero la Justicia no está preparada para juzgar a altos cargos, como puede comprobarse.

La solución a la masacre de libios por su Gobierno genera actos de mayor violencia y destrucción por parte de los países símbolos de civilidad. Sus antiguos gobernantes amigos, con la excusa de proteger la población Libia, organizan una guerra "legal" con sus propios votos en el seno de Naciones Unidas.

Una guerra que se conoce ya cuándo, cómo y dónde empieza pero no se sabe (los ciudadanos, claro) el por qué ni cuándo acabará. Dicen que la razón real es poder continuar asegurándose suministros de petróleo, antes que solucionar la demanda de energía con soluciones locales y seguras como son la generación no contaminante mediante el sol, el viento o el agua.

El Mediterráneo se transforma en zona peligrosa. En la actual situación resultará fácil cometer actos terroristas en las plácidas y bien concurridas playas de la Europa mediterránea, tal vez incluso, junto a centrales nucleares bien asentadas en terrenos donde no se dan, por lo normal, ni terremotos ni maremotos. La inseguridad es creciente.

Otra consecuencia de la guerra de Libia y de los procesos desorganizados de revuelta en los países árabes mediterráneos, donde poca ayuda han tenido por parte de la comunidad internacional democrática, podrían ser oleadas de emigración desesperada hacia Europa. De hecho ya han empezado. Tenemos muchas decenas de millones de personas esperando a nuestras puertas. Y están decididos.

La guerra aparece, de nuevo, como la madre de todas las soluciones a los graves errores políticos. Todavía no se percatan que la mejor defensa es la prevención y la resolución de los conflictos por medios pacíficos, la sustitución del uso de la fuerza por el de la inteligencia y el conocimiento científico de los conflictos, de la conflictología. Todavía, los que han firmado declaraciones solemnes de promoción de los Derechos Humanos o a favor de la Paz y la Justicia Social no saben cómo llevarlo a cabo y, al final, acaban llamando a filas y dedicando los presupuestos públicos a matar y destruir. O, a colaborar con quien lo hace.

Y a pesar de crisis económicas, los que han llegado a las esferas del poder se limitan a aplicar lo mismo de siempre y, por tanto, siempre tenemos los mismos resultados. O represión o engaño. Y al final, la guerra.

En Libia, sin novedad en el frente. Ya hemos conseguido una nueva guerra. Sobre cómo hacer una paz justa, sin violencia de ningún tipo, de eso los que deciden no tienen ni idea. Pero alguien tendrá que explicárselo, por nuestra propia seguridad, por nuestro propio bienestar. Quizás en Europa y en otros países, nos convendría que la ciudadanía haga como al otro lado del Mediterráneo, pierda el miedo, se despierte de la molicie y recuerde que los gobiernos están para servir, no para servirse. Eso sería democracia, la mejor manera de vivir seguros y de asegurarse el bienestar. ¿Habrá que esperar a que las cosas vayan peor?.

Eduard Vinyamata es profesor de la UOC.

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