"Reformar La Profesión Docente Para Transformar El Mundo". Por El Movimiento 4.7. - ENTRECULTURAS
La profesión docente atraviesa en España un momento decisivo. En medio de críticas al máster de secundaria, debates sobre la formación inicial y dudas sobre la eficacia de la formación permanente, emerge una pregunta más profunda: ¿para qué educamos? La respuesta no puede limitarse a mejorar resultados académicos. En un mundo marcado por crisis sistémicas, conflictos y desigualdades, la educación debe orientarse hacia la transformación ecosocial, situando en el centro los valores de la Educación para el Desarrollo Sostenible y la Ciudadanía Global (EDSCG) que promueve el Movimiento 4.7.
Este enfoque plantea que la educación no solo debe transmitir conocimientos, sino formar personas críticas, comprometidas, compasivas y capaces de actuar ante los desafíos globales. Supone entender el aula como un espacio de construcción colectiva de ciudadanía, donde se aprenden no solo contenidos, sino también formas de convivir, participar y cuidar el planeta. Sin embargo, esta aspiración choca con un modelo de formación docente que, muchas veces, sigue anclado en lógicas fragmentadas, excesivamente teóricas o desconectadas de la realidad social.
El caso del máster de profesorado de Secundaria es paradigmático. Las críticas recurrentes -desde su superficialidad hasta su escasa capacidad para preparar para la complejidad del aula- reflejan un problema estructural: no estamos formando docentes para el mundo actual. Si la enseñanza debe promover el pensamiento crítico y la justicia ecosocial, quienes enseñan necesitan una formación que integre estos valores de manera transversal y práctica. La clave está en las prácticas supervisadas. A ello se suma una cuestión esencial: la docencia no puede reducirse a un trámite burocrático para acceder a un empleo, sino que debe entenderse como un compromiso vocacional con el aprendizaje del alumnado y la mejora de la sociedad.
La formación inicial del profesorado, especialmente en educación primaria, tampoco escapa a este desafío. Aunque se han producido avances, sigue pendiente una transformación profunda que incorpore las didácticas específicas desde una perspectiva crítica. No se trata solo de enseñar contenidos, sino de hacerlo conectándolos con los grandes retos actuales: el cambio climático, la equidad de género, los derechos humanos o la diversidad cultural. Esta conexión permite vincular el aprendizaje con la realidad y generar impacto.
En este sentido, la EDSCG no es una asignatura más, sino un enfoque que impregna todo el currículo y la práctica docente, desde el primer curso de los Grados. Requiere metodologías participativas, aprendizaje conectado con problemas reales y una mirada interdisciplinar. Pero, sobre todo, exige docentes competentes pedagógica y emocionalmente, capaces de fomentar la curiosidad, el diálogo y acompañar procesos de aprendizaje significativos.
Aquí interviene la formación permanente del profesorado, uno de los puntos débiles del sistema. A pesar de su importancia, sigue siendo percibida como una obligación burocrática. Para que contribuya realmente a una educación transformadora, debe ser de calidad, estar conectada con la práctica cotidiana, fomentar comunidades de aprendizaje y ofrecer espacios de reflexión crítica.
Además, la formación permanente debería incorporar explícitamente los principios de la ciudadanía global: interdependencia, ecodependencia, justicia ecosocial y participación democrática. No basta con ofrecer cursos técnicos si no se abordan también las preguntas básicas: qué enseñamos y para qué.
Sin embargo, no podemos exigir este giro sin abordar las condiciones estructurales de la profesión docente. La sobrecarga laboral, la inestabilidad y la falta de reconocimiento dificultan la innovación. Si queremos docentes comprometidos con la transformación social, debemos ofrecerles tiempo, recursos y un marco profesional adecuado.
Por ello, consideramos prioritario recuperar progresivamente la inversión en educación pública y avanzar hacia una financiación suficiente y estable, garantizar que el suelo público se destine a centros de titularidad pública; evolucionar hacia la gratuidad efectiva de la educación obligatoria e incorporar la EDSCG en el currículo y la formación del profesorado.
Asimismo, es necesario repensar la organización de los tiempos y espacios escolares. Los centros requieren mayor flexibilidad para incorporar proyectos interdisciplinarios, espacios de descanso y actividades que favorezcan la creatividad y la socialización.
Necesitamos un enfoque integral que vaya más allá de la mejora técnica, incorporando una visión ética y ecosocial de la educación, que cuide al alumnado, lo estimule y lo prepare para el mundo que queda fuera de las aulas.
En este contexto, el Movimiento 4.7, una articulación de organizaciones de la sociedad civil, redes educativas y docentes -entre ellas entidades como la Coordinadora de ONGD de Navarra, el centro formativo Egibide o la ONG Entreculturas-, ofrece un marco valioso, al situar la EDSCG como objetivo central. La reforma de la profesión docente no puede limitarse a ajustes parciales. Necesita una redefinición profunda que alinee la formación inicial, el acceso a la profesión y la formación permanente con los valores de la EDSCG.
Porque, en última instancia, la pregunta no es solo qué docentes queremos, sino qué sociedad aspiramos a construir. Y en esa respuesta, la educación ocupa un lugar fundamental. Es tiempo de valentía, esfuerzo, compromiso y creatividad.
Por Marian Pascual Recalde, técnica de educación en la Coordinadora de ONGD de Navarra, y Eduardo Ochoa de Aspuru Gutiérrez, coordinador del proyecto educativo de medioambiente del centro formativo Egibide (Vitoria-Gasteiz), forman parte del Movimiento 4.7.