En las últimas semanas, tu feed probablemente se ha llenado de montajes con dos fotos: una de 2016 y otra de ahora, acompañadas de la frase "2026 es el nuevo 2016". En la primera imagen suele haber hombros al aire y unos vaquero; en la segunda, un vaquero recto o ancho, una camisa o camiseta sencilla, una chaqueta oversize y algún detalle que podría ser de segunda mano o heredado. Ese juego no va solo de nostalgia: funciona porque condensa en un vistazo cómo ha cambiado la moda en diez años.
El año del carrito infinito
2016, el año en el que Rihanna aún sacaba música, pero también el de compra y armario pensado para el feed. Se busca inspiración en Tumblr, en los primeros influencers y en las series que se ven en maratón, y se ejecuta con una estética muy reconocible: tops off-the-shoulder que dejan los hombros al aire, slip dress lenceros sobre camiseta blanca, bombers satinadas en tonos brillo, vaqueros skinny que se ajustan como una segunda piel y chokers negros pegados al cuello.
El terciopelo aparece en vestidos, botines y chaquetas, los logos noventeros se recuperan en sudaderas y camisetas y las flower crowns (tiaras de flores) ponen la nota naif en las fotos de festival.
El telón de fondo lo ponen 'Work' de Rihanna, y 'One Dance' de Drake, sonando en bucle, mientras que 'Stranger Things' se colaba en nuestras casas, y 'Juego de Tronos' aún nos dejaba con la boca abierta.
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Leggings como orden del día
La silueta se desplaza hacia el gimnasio, pero no deja de pensar en la cámara. Los leggings negros de tiro alto, las sudaderas oversize y los sujetadores deportivos que se intuyen bajo camisetas amplias salen del vestuario deportivo y se convierten en la base del uniforme diario de 2017. Encima se construye una capa instagrameable con vestidos camiseros ceñidos con cinturón, camisas anudadas a la cintura, mangas abullonadas y colores pastel que dulcifican el conjunto.
El resultado es una estética "voy cómoda, pero lo he pensado" que encaja con un año dominado por 'Shape of You', de Ed Sheeran, o 'Despacito', de Luis Fonsi, en todas partes y por estrenos como 'Call Me by Your Name', que nos dejaría una de las historias románticas más recordadas de la última década además de una buena banda sonora.
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Logos en voz alta, suelas gigantes
El miedo a decir "marca" se disipa en 2018. Las sudaderas y camisetas empiezan a lucir logos sobredimensionados, los bolsos se cubren de monogramas repetidos y la identidad de quien firma la prenda se convierte en parte del diseño mismo. A nivel de silueta, el gran cambio llega a los pies: las "dad sneakers", zapatillas voluminosas con suelas muy gruesas y combinaciones de color noventeras, se convierten en pieza deseada y, a la vez, en meme.
Se combinan con riñoneras cruzadas, abrigos de leopardo, vestidos de serpiente, monos largos fluidos y trajes coordinados de blazer y pantalón, en un armario que mezcla lujo y calle con total naturalidad.
A día de hoy, es gracioso ver como nuestros 'yos' de 2018, con esos logos enormes, se unían al #KikiChallenge, que consistía en bailar la canción 'In My Feelings', del rapero Drake, mientras uno se bajaba del coche. Además, la fiebre de OT seguía en las casas de todos los adolescentes de nuestro país, que se morían por confirmar los shippeos de los 'otitos'.
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Neón, satén y vídeos en vertical
Los neones —rosa fosforescente, verde lima, amarillo eléctrico— colonizan tops, vestidos y bolsos; el satén se ve en las faldas midi y los vestidos slip. Aunque es 2019, los mom jeans de cintura alta y corte relajado se imponen como alternativa cómoda al skinny, mientras scrunchies y diademas acolchadas coronan peinados que remiten a los 90. A los pies se alternan botas tipo Dr. Martens, plataformas exageradas y crocs llevadas con ironía, todo en línea con una estética que no le tiene miedo al exceso.
Al mismo tiempo, TikTok empieza a marcar el tempo de las tendencias, aunque muchos se resistían a una nueva red social, todos acabaron grabando un baile o una transición de antes/después. Lil Nas X con su 'Old Town Road' mezcla géneros y Billie Eilish con 'Bad Guy' refuerza una estética oscura que muchas adoptan. También es el año de 'Euphoria', que trae el glitter y el eyeliner gráfico del set al baño de casa.
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El salón como pasarela
Con la llegada de la pandemia en 2020, la moda se repliega al salón. Los vaqueros y los vestidos para salir se quedan colgados; el nuevo armario se construye con chándales coordinados en grises y beiges, pantalones de punto, pijamas bonitos que se convierten en ropa de día, camisetas lisas y cardigans que abrigan videollamadas. Las zapatillas cómodas y las pantuflas sustituyen a los tacones, los calcetines gruesos dejan de esconderse y la parte de arriba del look se elige pensando en el encuadre de la webcam.
Entre recetas virales, directos en pijama, cumpleaños celebrados por videollamadas y coreografías en el pasillo, suena el nuevo disco de Bad Bunny, 'YHLQMDLG' o 'Blinding Lights', mientras 'Gambito de dama' se convierte en el tema de conversación compartido en chats. La ropa deja de ser el vehículo de la vida social exterior y pasa a ser herramienta de confort y rutina. La moda demuestra que también tiene que saber quedarse en casa.
Cottagecore para respirar un poco
Cuando en 2021 se puede volver a pisar la calle con algo más de normalidad, el armario responde con un giro casi de cuento. Vestidos midi de flores pequeñas, cuellos bebé, mangas globo, lazos, botones de madera y paletas en crema, verdes salvia, azules lavados y rosas suaves se imponen en una estética que sueña con casitas en el campo aunque la realidad sea un tercero interior. Bajo ese envoltorio romántico, siguen mandando el pantalón ancho —de denim o de traje—, los chalecos de punto y los cardigans ligeros, que mantienen el confort aprendido en el confinamiento.
En ese año se estrenaron series como 'El juego del calamar', que después de lo vivido en la pandemia, la trama nos podía sonar como algo probable. En la banda sonora de nuestros días se coló Olivia Rodrigo, una joven que supo hacer canción los sentimientos de miles de jóvenes con canciones como 'Traitor' o 'Drivers License'.
El déjà vu dosmilero
En 2022, la nostalgia marca el ritmo. Vuelven los vaqueros de tiro bajísimo, las minifaldas que se confunden con cinturones anchos, tops mínimos, pantalones de campana brillantes y los bolsos baguette que se llevan pegados al hombro. Las mariposas vuelven en clips, camisetas y colgantes; las cadenas rodean cinturas y caen de bolsos; la paleta mezcla pastel —rosa chicle, azul cielo, verde menta— con metalizados, vinilos y lentejuelas.
Harry Styles estuvo muy acertado en aquel año cuando lanzó 'As It Was' (Como era antes), porque en 2022 volvió la moda de los dosmil, y las redes sociales se llenaron de fotos hechas con las cámaras de antaño e incluso se recuperaban de Tuenti.
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Pantalones anchos, Barbenheimer y rojo
El 2023 consolida algo que venía gestándose: la idea de que la ropa debe adaptarse al cuerpo y no al revés. Los vaqueros wide-leg, los cargo con bolsillos grandes y las faldas vaqueras midi y maxi se convierten en base del armario; las piernas dejan de ir encajadas en tubos de tela. Blazers de raya diplomática, camisas amplias y tops ajustados completan la parte superior del look, mientras biker boots robustas y bailarinas clásicas se alternan según el día. El rojo se instala como color-acento en abrigos, bolsos y labios.
Además, el fenómeno cultural viral de 'Barbenheimer' surgió del estreno simultáneo de dos películas, Barbie (una comedia fantástica rosa) y Oppenheimer (un drama biográfico oscuro sobre la bomba atómica), fusionando sus nombres y creando una oleada de memes y una estrategia de marketing inesperada que impulsó las taquillas de ambas. En la moda, sin duda, ganó 'Barbie' y el 'Barbiecore': trajes fucsias, brillos, plataformas, guiños literales a la muñeca y looks pensados para ir al estreno como si fuera una pasarela.
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Trajes flojos, etiquetas borrosas
En 2024 el traje termina de soltarse. Las americanas se agrandan, los pantalones caen rectos o anchos, las camisas y polos se diseñan pensando menos en "sección de hombre" o "de mujer" y más en quién quiera usarlos; zapatillas blancas, mocasines planos y sandalias cómodas sustituyen a muchos tacones. La paleta se suaviza con amarillos mantequilla, beiges, grises cálidos, azules suaves y verdes grisáceos; los accesorios se reducen a bolsos compactos, cinturones finos y joyas minimalistas que aportan textura sin robar escena.
A la vez que muchas marcas lanzan líneas 'genderless', se consolidan programas de recompra, reventa y reparación. La idea de ropa que vive varias vidas se normaliza en newsletters, campañas y tiendas físicas. La moda de diario se vuelve más funcional, menos ruidosa, pero incorpora en su código base la posibilidad de circular.
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Volver a 2016, pero con tijeras
En 2025 vivimos una "premonición" de la vuelta del 2016 pero de forma más sutil. En el armario reaparecen los chokers, pero convertidos en gargantillas delicadas de metal o piedras; el merchandising de Oasis; los maxis pañuelos en cabezas, cuellos y caderas; y el animal print pega sus últimos coletazos.
Pero no todo es 2016, los lunares son el estampado por preferencia; los charms en bolsos se vuelven gigantes con la llegada de los Labubus; tenemos chaquetas con cuellos de embudo; y el amarillo mantequilla es el color del momento.
Al mismo tiempo, gana peso el orgullo de lo heredado y lo adquirido de segunda mano: abrigos de madre, camisas de padre, vestidos de abuela se combinan con compras nuevas. La moda empieza a medirse también en memoria.
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"El 2026 es el nuevo 2016"
En 2026 ese eslogan que inunda redes —"el 2026 es el nuevo 2016"— deja de ser solo un chiste y se convierte en una descripción bastante precisa de lo que está pasando en los armarios. Instagram y TikTok se han llenado de fotos y vídeos que rescatan looks de hace una década. La sorpresa es que muchas de esas prendas, que creíamos enterradas, vuelven a aparecer en las propuestas de 2026.
Hay una lista clara de síes y noes. Entre lo que se recupera con entusiasmo están las chaquetas bomber —que en 2016 eran casi un uniforme—; los vestidos lenceros y las prendas de encaje, que siguen funcionando tanto en clave de fiesta como en looks de día superpuestos sobre pantalones wide-leg o con camisetas debajo; las sneakers con todo, que consolidan el decreto de que la comodidad no está reñida con el estilo; y los chokers, que dejan atrás el terciopelo barato para transformarse en gargantillas con un punto chunky.
En el otro lado de la balanza están los descartes contundentes: los pitillos no vuelven, pese a los intentos de pasarela; tampoco las medias de rejilla y los calcetines de rejilla; las plataformas XXL; o los sombreros de ala ancha.