La guerra desde la trinchera libanesa

Una madre y su bebé en Tiro (Líbano)
Foto: EUROPA PRESS
    
Actualizado: domingo, 15 marzo 2015 9:46

TIRO (LÍBANO), 15 Mar. (De la enviada especial de Europa Press, Rocío Martínez Posada) -

   Hace cuatro años que Siria se desangra en una guerra que cada día añade más horror a una población civil agotada. El 66 por ciento de los sirios necesita ayuda humanitaria urgente que llega en pequeñas dosis por la falta de fondos y las restricciones de acceso a las zonas en conflicto, lo que ha provocado una diáspora de 3,8 millones de personas que malviven en los países vecinos mientras aguardan una solución milagrosa.

   Maysaá huyó de Aleppo hace dos años junto a su marido y sus siete hijos, de entre 4 y 15 años. Desde entonces está en Tiro, en el sur de Líbano. "Las condiciones son muy malas. Hay que pagar mucho por todo", se queja. Maysaá y su familia viven en una chabola de un asentamiento informal por la que pagan 390 dólares al mes, una suma estratosférica, teniendo en cuenta que su marido trabaja ocasionalmente como obrero y ella apenas está aprendiendo a coser en uno de los talleres organizados por Acción Contra el Hambre (ACH) para ayudarla a encontrar un empleo.

   Como Maysaá, son muchos los sirios que pasado el primer año de guerra civil tomaron la dura decisión de abandonar sus hogares e instalarse en Líbano. El alcalde de Tiro, Hasán Dbouk, recuerda que "al principio de la crisis no se recibieron muchos refugiados sirios", pero  poco a poco fueron llegando, algunos casi sin darse cuenta porque eran temporeros atraídos por las cosechas del campo libanés.

   En total, 1,2 millones de refugiados sirios viven en Líbano junto a los 4,2 millones de población local, según datos oficiales. Esta cifra sitúa al país frente al mayor reto humanitario de la última década: uno de cada cinco habitantes es un refugiado, lo que convierte a Líbano en el país con mayor número de refugiados per cápita del mundo.

Joven mirando a cámara en Tiro.JPG

   Sin embargo, se da la paradoja de que el Gobierno libanés no ha suscrito la Convención de Ginebra de 1951 por razones geopolíticas, de modo que los sirios sobreviven en un limbo legal que les impide gozar de los beneficios del estatus de refugiado, principalmente campamentos oficiales y una ayuda más generosa de la comunidad internacional.

   Así las cosas, se apiñan en asentamientos ilegales a las afueras de las ciudades. "Dentro todo es muy caro, por eso prefieren alejarse, es más barato", explica el alcalde de Tiro. Estos campos informales se levantan sobre terrenos privados, lo que supone una dificultad añadida porque las ONG se ven abocadas a negociar milímetro a milímetro cada pequeña mejora de las condiciones de vida.

SIN HORIZONTE

   "Estamos sentados sin hacer nada porque nadie nos da la oportunidad de trabajar", se lamenta Adel, un sirio-palestino que huyó del castigado Yarmuk, el cinturón sur de Damasco, junto a sus cinco hijos y su mujer. "Tenemos muchos problemas, pero el principal problema es que no hay trabajo", remacha Salama, un anciano de Deraa sentado a apenas unos centímetros de Adel en un parque de Tiro.

   Los refugiados sirios salen todos los días a las calles en busca de una oportunidad que les permita poner en práctica las habilidades adquiridas tras años de trabajo en Siria como obreros, pintores, conductores o guardias de seguridad. "A veces encuentran trabajo y les pagan muy poco o ni siquiera les pagan, pero lo hacen igual por no estar sin hacer nada", cuenta una cooperante de ACH.

   Más allá de las estrecheces económicas, la falta de trabajo plantea problemas vitales. Husein, de 36 años, llegó hace siete meses a Líbano con sus dos hijos, de 11 y 14 años y una incapacidad que les impide moverse "por completo". "Estoy muy triste", confiesa. La razón es que no puede pagar el tratamiento médico que necesitan ni llevarlos al colegio, frustrando de este modo cualquier expectativa. "No debería ser así, porque ellos son iguales a los demás niños", reivindica.

Taller de cocina en Tiro.JPG

   Adel también está "muy preocupado" por el futuro de sus hijos. "Tengo miedo de que el no hacer nada (no ir al colegio ni trabajar) haga que se junten con mala gente y que acaben haciendo cosas como robar para conseguir lo que necesitan", dice angustiado mientras acaricia la mejilla de uno de sus hijos, de unos 4 años, que ajeno a la charla corre para perseguir a un gato.

   Los temores de Adel y Husein cobran vida en Ghazi, un sirio de 18 años procedente de Idleb. Si la situación mejora, quiere volver a las clases para seguir con sus estudios y llegar a la universidad. Está intentando trabajar en lo que sea, aunque sabe que por su juventud probablemente nadie le pague. Pero estar ocupado es mejor que nada.

TENSIONES LATENTES

   "La presencia de los sirios aquí, especialmente  con esta situación de crisis, está poniendo mucho estrés en las autoridades y en la comunidad locales", señala el regidor local. Solo en Tiro hay unos 6.000 refugiados sirios que se suman a unos 70.000 palestinos y 200.000 libaneses, una presión insoportable para cualquier ciudad.

   Líbano teme que los sirios sigan el ejemplo de los palestinos y, una vez acabada la guerra, renuncien a volver a Siria. "No y mil veces no", responde tajante Dbouk preguntado sobre esta posibilidad. "No quiero que se repita la historia. Esto desafiaría muchas cosas a muchos niveles", alerta.

   Los libaneses, obligados a hacer malabares para conjugar su infinita diversidad, también perciben a los sirios como una amenaza. "No somos bienvenidos, nos sentimos como extraños, nos tratan mal", denuncian los refugiados. Esto se traduce en insultos, en el menor de los casos, y en agresiones de todo tipo, cuando la tensión llega al máximo.

Un padre y sus hijos en Tiro.JPG

   Ahmad, un joven de 24 años que abandonó Homs hace dos, relata que un hombre le golpeó solamente porque estaba sentado a la entrada de su chabola, mientras muestra la herida a medio cicatrizar que le ha dejado este mal recuerdo. Ftaym, de 22 años y originaria de Raqqa -- bastión del Estado Islámico-- relata que un vecino libanés suele lanzar piedras y petardos contra su casa. Vive atemorizada porque desde que su marido la abandonó, hace un año tras enterarse de que estaba embarazada, está sola con una bebé diminuta que no crece como las demás niñas de su edad.

   Lo extremo de la situación hace que la rivalidad se extienda a otros ámbitos. "Aquí hay una competición abierta", asegura el alcalde de Tiro. "Es una competición entre (refugiados) sirios y palestinos y libaneses, y es una competición injusta porque los sirios aceptan salarios por los que palestinos y libaneses no están dispuestos a trabajar", apunta y razona que la comunidad palestina tiene un arraigo de décadas que la posiciona por encima de los recién llegados.

   Los sirios, por su parte, denuncian que son mucho más vulnerables que los palestinos, incluidos los que, como ellos, han huido de la batalla. "Los sirios no tenemos la ayuda que tienen los palestinos, estamos mucho más necesitados", sostiene Rashid, un agricultor de 53 años procedente de Homs. Rashid recuerda que los refugiados palestinos tienen el fuerte respaldo de la UNRWA, mientras que los sirios caminan en solitario.

MOVERSE PARA NO PARAR

   El avispero en el que se cruzan sirios, palestinos y libaneses --sin mencionar la disparidad religiosa y política-- ha llevado al límite la capacidad de las ONG, obligadas a diseñar fórmulas creativas que superen la urgencia de la asistencia humanitaria y garanticen cierto grado de prosperidad en el medio y largo plazo.

Una niña mirando a cámara en Tiro.JPG

   En Tiro, los refugiados (hombres) hacen pequeños trabajos para la comunidad, como recogida de basuras y mantenimiento de jardines, gracias a un acuerdo entre ACH y el Ayuntamiento que les permite estar ocupados diez días al mes durante tres meses por unos 200 dólares. "Me gusta la idea del 'Cash for Work' porque no deja a la gente sentada en sus casas sin hacer nada. Es bueno sentir que contribuyes en tu familia y en tu comunidad", dice el alcalde.

    “Nos sentimos útiles, es mejor que estar parado”, dice un grupo de refugiados sirios que acabó hace un par de semanas con el 'Cash for Work'. “Ojalá vuelvan a llamarnos para trabajar otra vez, no solo por el dinero”, aseguran, aunque son plenamente conscientes de que, a partir de ahora, deben avanzar sin bastones.

    Aquí, la principal barrera es para las mujeres. “La crisis siria ha acabado con las estructuras tradicionales, con el rol de la mujer en la familia, ahora tienen que trabajar fuera de casa”, explica otro cooperante de ACH. Pero los municipios libaneses no quieren incorporarlas al 'Cash for Work', de modo que urge instruirlas en tareas aceptadas socialmente y que les garanticen un sueldo.

   Zainab, de 22 años, llegó a Tiro hace dos dejando atrás la gran batalla de Aleppo para encontrarse con una nueva vida que incluye un marido y cinco hijos. Tres de ellos son sordomudos y la operación que necesitan cuesta 24.000 dólares, pero ella no desfallece. “Estoy aprendiendo a coser y me gustaría trabajar cosiendo, incluso cuando acabe la guerra y vuelva a Siria, porque podré ayudar a mi familia”, cuenta.

    A estas mujeres, los cursos de aprendizaje les sirven también para alejarse, aunque solo sea por un instante, de una tristeza perenne. Desde el taller de cocina, Halah, de 60 años, murmura la historia de cómo perdió a su hijo. Después de seis meses vagando por Siria, hace tres años salió de Aleppo con su hijo y su hija. Al llegar a Líbano, su hijo decidió regresar a por su mujer y sus hijos y nunca más volvió. “Estar aquí me ayuda a no estar sola, a no pensar, pero el dolor no desaparece”, llora con el alma. Halah sueña con volver a Siria “cuando sea seguro”, si es que eso será posible algún día.

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