El presidente brasileño tiene ante sí grandes retos como la estabilidad fiscal y la lucha contra la inseguridad en las calles
Lula se erige en el líder de la izquierda latinoamericana en medio de la expansión de gobiernos conservadores en la región
MADRID, 26 Oct. (EUROPA PRESS) -
El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, ha conseguido este domingo revalidar su mandato, el cuarto ya, frente a su rival, el senador de ultraderecha, Flávio Bolsonaro, en unas elecciones que son ya históricas al tratarse de las únicas hasta el momento en las que el candidato vencedor pierde en la primera vuelta.
Lula ha superado con creces los pronósticos de las encuestas más optimistas, que ubicaban la contienda en un empate técnico en el mejor de los casos para él. El líder brasileño se ha impuesto con el 51,79% de los votos, mejorando incluso el resultado de las elecciones de 2022, en las que el expresidente Jair Bolsonaro, al igual que ha hecho su hijo también en esta ocasión, no reconoció los resultados.
El triunfo de la izquierda se produce en un contexto de fuerte polarización política y social, sobre la que tendrá que volver a transitar un Lula da Silva que en la noche de su victoria ha tendido la mano hacia quienes no votaron por él. "Les quiero decir que una vez hemos ganado las elecciones, ya no tenemos adversarios. Tengo que gobernar para 215 millones", ha expresado el flamante vencedor.

Esta profunda polarización supone todo un desafío en la gobernabilidad de la futura administración que al igual que en la pasada legislatura tendrá que lidiar con un Congreso donde las fuerzas conservadoras son mayoría y en el que una vez más el lobbista bloque del 'centrão' será el verdadero árbitro de la contienda.
Como viene siendo habitual, la región nordeste de Brasil --donde mayor alcance han tenido los programas sociales de los gobiernos de Lula-- no le ha dado la espalda y ha sido de nuevo un bastión inexpugnable, con más del 60% de los apoyos en varios estados, neutralizando buena parte de la ventaja inicial de Bolsonaro.
A esta incontestable ventaja en el nordeste se le suma la movilización lograda en las periferias y zonas industriales de los mayores centros urbanos del sureste, como São Paulo o Río de Janeiro, así como a su remontada en Minas Gerais, estado bisagra en el que desde la vuelta de la democracia quien gana vence las elecciones.
La abstención de este domingo, que no llega al 20%, ha sido la más baja en una segunda vuelta desde 2006. Esta mayor movilización ha sido clave para Lula, puesto que se ha producido precisamente en aquellas zonas del nordeste, como Bahía o su Pernambuco natal, que en la primera vuelta optaron por quedarse en casa.
La remontada ha sido posible además gracias una reestructuración de la campaña electoral y a su mayor presencia en las calles, al mensaje de defensa de la democracia y las instituciones para agarrar al electorado menos ideologizado, y las medidas económicas de las últimas semanas, como la condonación de deudas para los autónomos, el ajuste de los precios del combustible, o la reducción de la jornada labora, sin desdeñar su buen desempeño en los debates televisados.
GRANDES RETOS
Aún con todo, durante el anterior mandato, y a pesar de no gozar de mayorías absolutas, Lula dio muestras de su capacidad para negociar con estos grupos sacando adelante importantes iniciativas, como una histórica reforma tributaria, el aumento del salario mínimo, un nuevo marco fiscal, más impuestos a los ricos, la reducción de la jornada laboral y la consolidación de programas de ayuda, como la emblemática Bolsa Familia, con la que ha sacado de la pobreza a millones de brasileños.
No obstante, por delante tiene aún retos tan importantes como algunos de estos logros, sobre todo el de unos nuevos presupuestos que concilien el gasto social con la estricta disciplina fiscal exigida por los mercados. Actualmente, Brasil gasta más de lo que ingresa, por lo que está por ver cómo Lula cubrirá esta diferencia.
Lula ha revalidado mandato con la promesa de seguir reforzando la red de apoyo social, incluyendo más subidas de salarios e invirtiendo en sanidad, o educación; y es en este escenario donde deberá de nuevo desplegar su cintura política para convencer a un Congreso que exigirá que cumpla con el superávit fiscal, pero negándole ciertas medidas para recaudar, como el aumento de impuestos a los ricos.
La más que previsible negativa de la bancada ruralista a los proyectos centrados en la transición ecológica y la protección de la Amazonía; o bien la regulación de las plataformas digitales --donde el bolsonarismo se mueve a sus anchas--, son algunos de estos retos que el nuevo gobierno tiene por delante.
Sin embargo, la cuestión de la seguridad pública volverá de nuevo a ser una de las mayores pruebas del próximo gobierno. Lula ha centrado parte de su campaña en abordar esta cuestión, sabedor de los grandes réditos que la derecha suele obtener del problema de la inseguridad en las calles.
Su propuesta estrella pasa por una reforma constitucional para dotar al gobierno central de mayor peso y capacidad de articular una respuesta coordinada mediante un sistema único de seguridad pública, una suerte de Ministerio del Interior, puesto que actualmente compete en gran medida a los estados esta cuestión.
Del mismo modo, la nueva estrategia contempla una mayor persecución de las finanzas ilícitas del crimen organizado, una modernización y refuerzo de los diferentes cuerpos policiales, pero también la construcción de nuevas cárceles.
Por todo ello, el triunfo de la derecha en las legislativas de estas elecciones generales y la estrecha victoria de Lula reducen el margen de maniobra de la futura administración, además de consolidar a los conservadores como un bloque articulado, con una amplia capacidad de movilización ciudadana y fiscalización institucional.
FIGURA DE LA IZQUIERDA LATINOAMERICANA
Si algo se puede sacar en claro de estas elecciones es que Lula ha reforzado su mística como líder de la izquierda en América Latina, en un momento en el que todos los países de la región, con la salvedad de las pequeñas Uruguay y Guatemala, además de México, han derivado a posiciones conservadoras, ultraderechistas y libertarias tras los triunfos de Abelardo de la Espriella, en Colombia, o de Keiko Fujimori, en Perú, entre otros.
Con su reelección se consolida como único estandarte de aquella 'marea rosa' que encumbró a otros líderes progresistas de la región, ahora algunos fallecidos o bien caídos en desgracia. A diferencia de otros liderazgos más confrontativos, Lula ha hecho gala de un pragmatismo que le ha permitido moverse entre los movimientos que reivindican mejoras sociales y los grandes poderes económicos.
Lula se erige así en la región como un contrapeso a la derecha que representa el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que en su política de seguridad ya dejó claro su interés de retomar con más interés esa mirada hacia los países que se extienden bajo la frontera sur como el 'patio de atrás' que levantó antaño.
Sin embargo, en la noche de su triunfo, Lula ha subrayado que este es "una demostración de que este país no va a ser el patio de atrás de nadie", reforzando tanto esa postura de Brasil como actor global capaz de aunar la defensa de su soberanía con sus relaciones con otros gigantes como Estados Unidos y Europa, como ese multilateralismo por el que viene abogando en los últimos años.