Publicado 07/06/2020 10:45:36 +02:00CET

El norte de Mozambique, nuevo teatro de operaciones de Estado Islámico

Casquillos en el suelo
Casquillos en el suelo - 2003 GETTY IMAGES / CHRIS HONDROS - Archivo

   Su filial ISCA ha intensificado sus acciones en Cabo Delgado desde finales de marzo, tomando brevemente varias localidades

   MADRID, 7 Jun. (EUROPA PRESS) -

   Desde que reivindicó su primer ataque en junio de 2019 en Cabo Delgado, la provincia del extremo norte de Mozambique y una de las más pobres del país, Estado Islámico ha venido intensificando su actividad, con acciones cada vez más atrevidas y contundentes. Su último desafío, la toma de la localidad de Macomia el pasado 28 de junio durante tres días.

   El grupo terrorista opera en Mozambique bajo las siglas de Estado Islámico en África Central (ISCA), una filial que también ha reivindicado ataques en el este de República Democrática del Congo (RDC). En realidad, ha tomado el testigo a una insurgencia islamista que arrancó en octubre de 2017 y que, según la ONU, ha dejado más de 300 incidentes violentos desde entonces, 71 de ellos solo entre enero y marzo de este año.

   Precisamente, ha sido a partir de ese mes cuando la actividad del grupo se ha recrudecido. El 23 de marzo llegó el primer golpe impactante, la toma de Mocimboa da Praía, una gesta en la que participaron incluso milicianos llegados por mar y durante la que los asaltantes izaron la bandera negra del grupo. Después vendrían Muidumbe y Quissanga, otras dos localidades relevantes.

   Según la ONU, entre marzo y mayo ha habido unos 50.000 desplazados en torno a Mocimboa da Praia y Quissanga. Solo el ataque contra la primera localidad --donde precisamente tuvo lugar la primera acción yihadistas en octubre de 2017-- dejó unos 24.000 desplazados, mientras que el último ocurrido la semana pasada en Macomia se saldó con otros 13.800 desplazados que han llegado hasta Pemba, la capital provincial. En total, hay unos 211.000 desplazados por la violencia.

   Entre 90 y 120 milicianos vestidos con uniformes de las fuerzas de seguridad mozambiqueñas atacaron Macomia desde tres direcciones a primera hora del 28 de mayo, haciéndose con el control de la localidad tras un breve choque con las fuerzas apostadas en la misma, según la reconstrucción de los hechos realizada por el proyecto ACLED, que hace seguimiento a la violencia y los conflictos en el mundo.

   Durante su estancia en Macomia, además de izar nuevamente su bandera, destruyeron numerosas viviendas así como dependencias gubernamentales, establecimientos de telefonía e incluso una mezquita. Mientras esto ocurría, las fuerzas gubernamentales se reagruparon, recibieron refuerzos de otras localidades cercanas e incluso el apoyo de contratistas de la firma sudafricana Dyck Advisory Group (DAG), que emplearon helicópteros armados.

   Esta intervención permitió desalojar a los milicianos el 31 de mayo, con un saldo de 78 combatientes muertos, entre ellos dos de los presuntos cabecillas del grupo de nacionalidad tanzana, según la versión ofrecida por el Gobierno mozambiqueño, que sin embargo no ha informado de víctimas civiles.

   Sin embargo, según la información recabada por ACLED, al regresar a Macomia los residentes que habían huido se encontraron con 17 cadáveres, mientras que durante las acciones armadas seis niños resultaron heridos por los disparos realizados por los helicópteros de la contratista sudafricana. Además, el medio local 'Carta de Mozambique' ha informado esta semana de que también habría aún varios desaparecidos.

LOS ANTECEDENTES DE LA SITUACIÓN ACTUAL

   Pero, ¿cómo se ha llegado a esta situación? Los expertos que vienen haciendo seguimiento de la situación en Cabo Delgado en los últimos años coinciden en señalar la pobreza en esta región, que paradójicamente alberga importantes yacimientos de gas natural --Exxon Mobil y Total prevén proyectos valorado en unos 60.000 millones de dólares--, y el abandono del Estado como dos de las principales causas.

   No obstante, la aparición de insurgencia islamista armada parece ser el resultado de la llegada a la región, mayoritariamente musulmana en un país de población predominantemente cristiano, de una vertiente del islam más radical a la opción sufí que practicaba la población.

   Los responsables fueron seguidores del jeque Aboud Rogo Mohammed, un clérigo radical keniano ya fallecido objeto de sanciones por parte de la ONU por su apoyo al grupo terrorista somalí Al Shabaab, quienes fundaron la secta Ahlu Sunnah Wa-Jamo (ASWJ). Rogo promovía la creación de un estado islámico en África Oriental, un mensaje que siguieron difundiendo sus discípulos.

   El grupo se hizo con el control de tres mezquitas en Mocimboa de Praia, desde donde propagó su mensaje, si bien fueron clausuradas por las autoridades, e inicialmente estaba compuesto principalmente por jóvenes de esta ciudad y sus alrededores. Con el paso del tiempo, sus ideas mucho más conservadoras fueron propagándose hasta que, en octubre de 2017 se produjo el primer ataque.

'AL SHABAAB' PASA A SER ISCA

   Dado lo difuso de la organización, sin líderes claros y conocidos, la población local comenzó a llamarles Al Shabaab (los jóvenes), si bien la organización no tiene ningún vínculo con el grupo terrorista del mismo nombre que actúa en Somalia y está ligado a Al Qaeda. Y siguieron actuando, cobrando cada vez más relevancia, hasta que en abril de 2019 Estado Islámico creó ISCA y en junio reivindicó el primer ataque en su nombre en Cabo Delgado.

   Sin embargo, sigue sin estar del todo claro el control que Estado Islámico central ejerce en Mozambique, si bien los expertos resaltan que estos parecen haber adoptado el modus operandi que tan famoso hizo al grupo terrorista en Siria e Irak, con decapitaciones incluidas y la breve toma de algunas localidades.

   El modo en que ha evolucionado el grupo terrorista en el país y la respuesta que hasta ahora ha ofrecido el Gobierno mozambiqueño ha hecho que muchos expertos, e incluso un alto cargo diplomático estadounidense, lo hayan comparado con Boko Haram.

   Fundado por Mohamed Yusuf, su muerte a manos de la Policía llevó al frente del grupo a Abubakar Shekau, que optó por la lucha armada a las que las fuerzas nigerianas respondieron a sangre y fuego, cometiendo numerosos abusos que sirvieron de caldo de cultivo perfecto para que el grupo reclutara a nuevos combatientes.

   Hasta el momento, la respuesta del Gobierno ha sido muy criticada, con abusos y detenciones arbitrarias por parte de las fuerzas de seguridad denunciados por grupos de defensa de los Derechos Humanos. Además, el Ejecutivo de Filipe Nyusi ha recurrido, sin éxito, primero a mercenarios rusos de Wagner Group --empresa propiedad de un miembro cercano del entorno de Vladimir Putin-- y ahora a mercenarios sudafricanos, si bien en las últimas semanas se ha venido especulando con una intervención por parte de fuerzas sudafricanas.

RIESGO DE PROPAGACIÓN A OTROS PAÍSES

   El riesgo ahora, como subraya Jacob Zenn en un artículo para Center for Global Policy (CGP), es que al igual que hizo en su momento Boko Haram --y desde 2016 su escisión Estado Islámico en África Occidental (ISWA)-- que extendió sus acciones a los vecinos Camerún, Níger y Chad, ISCA también se propague a otros países. Según este experto en yihadismo, ya estaría presente en cerca de Uganda, en el caso de la sección congoleña, y de Tanzania, en el caso mozambiqueño.

   "Es probable que algún día les ataquen. Si la expansión en África Oriental aumenta, Al Shabaab podría reaccionar y ampliar o activar sus propias redes leales a Al Qaeda en la región", alerta, lo cual complicaría aún más la escena para el Gobierno mozambiqueño.

   Por ello, como apunta en un reciente artículo The Soufan Group, "dada la experiencia de una insurgencia similar en Nigeria, una estrategia de contrainsurgencia requerirá una combinación de esfuerzos, que no pueden ser solo militares sino que deben atender también las crecientes necesidades humanitarias y "atender el contexto local", para lo cual hará falta "apoyo internacional".

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