Palabras que duelen

Madre con su hija
ENTRECULTURAS
 
Europa Press Internacional
Actualizado: sábado, 25 noviembre 2017 9:26

MADRID, 25 Nov. (Por Raquel Martín, Directora de Comunicación y Relaciones Institucionales de Entreculturas) -

Recientemente en una reunión pronuncié la palabra ablación y una persona querida me hizo notar cuántas veces sustituimos con ella la expresión mutilación genital femenina. Me quedé pensando.

Cada 25 de noviembre conmemoramos el Día Internacional de la Eliminación de la
Violencia contra la Mujer y la realidad nos devuelve una bofetada de dolor en forma de cifras. Solamente en nuestro país, en los últimos 15 años han muerto a manos de sus parejas o ex parejas más de 800 mujeres. Se estima que en India alrededor de 1.000 mujeres son atacadas con ácido cada año. Más de 200 millones de mujeres y niñas que viven actualmente han sufrido mutilación genital femenina. En México la violencia estructural contra las mujeres se considera una situación de alerta nacional: 7 mujeres mueren asesinadas cada día. El 80% de las víctimas de trata de personas son mujeres y niñas.

Estas semanas estamos viendo manifestaciones en todo el mundo que recorren calles denunciando la violencia sistemática contra las mujeres por el mero hecho de serlo. Un momento para pensar, también, cuántas veces evitamos pronunciar palabras como crimen, mutilación genital femenina, asesinato, amputación, sangre, fístula obstétrica, violación, ataque, empalamiento, esclavitud, desgarro, agresión, tortura...

En numerosas ocasiones será nuestra propia autocensura y el pudor ante la barbarie, lo que nos llevará a suavizar los hechos. En otras, responderá a otro tipo de violencia: la desvalorización del sufrimiento ajeno, la rebaja de la atrocidad hacia las mujeres.

Esta misma semana, Liliana Pazos, directora de la escuela de Fe y Alegría Olopa, en Chiquimula, Guatemala, nos contaba en Entreculturas lo importante que es para las niñas sentir la protección del colegio fuera del aula. Se trata de evitar que sean violadas camino a la escuela. Una realidad cotidiana.

El pasado septiembre nos visitaba Hombeline Bahati, coordinadora de las actividades de medios de vida del Servicio Jesuita a Refugiados en Masisi, Congo, y nos recordaba cómo las situaciones de conflicto, posconflicto y desplazamiento pueden agravar la violencia contra las mujeres, como es el caso de República Democrática del Congo, el peor país para ser mujer. Ellas han visto sus cuerpos convertidos en campos de batalla a través de la utilización de la violación como arma de guerra. El país donde se producen el 70% de las violaciones del mundo. Se calcula que 40 mujeres son violadas cada día.

El fenómeno no es nuevo. Ante un conflicto en el que se lucha por tener poder y control, surge la violencia sexual como la herramienta más eficaz para dominar y
someter a una población destruyendo su tejido económico y social. Según datos
ofrecidos por Naciones Unidas y que evidencian esta realidad, durante el genocidio de Ruanda entre 100.000 y 250.000 mujeres fueron violadas, durante la guerra civil de Sierra Leona más de 60.000, en Liberia 40.000 y en la ex Yugoslavia unas 60.000. Se calcula que desde que comenzó el conflicto armado en la República Democrática del Congo en 1996, más de 250.000 mujeres y niñas han sido víctimas y supervivientes de violencia sexual.

NOS MATAN

Para describir esta violencia las mujeres han recorrido un largo camino de
sensibilización social y de reivindicación de las palabras: de la violencia doméstica a la violencia machista, de los crímenes pasionales al feminicidio, de perder la vida a morir asesinadas.

No nos morimos, nos matan. Es una expresión frecuente en las manifestaciones del 25N. Expresiones que desenmascaran ideas en torno a la tradición cultural y que ponen en valor como las culturas están hechas por personas que podemos cambiar la realidad.

La educación nos ofrece un poder radical para generar ese tipo de cambios, para
acordar líneas rojas ante la vulneración de valores y derechos fundamentales. Las
escuelas de todo el mundo, la educación entendida más allá de las aulas, la educación a través de los medios de comunicación, nuestros discursos desde las organizaciones sociales, la utilización del lenguaje inclusivo y consciente, puede promover la búsqueda de soluciones desde la capacidad de nombrar con exactitud los hechos.

Aunque las palabras necesitan venir acompañadas de programas de prevención y de respuesta, de recursos, de redes de apoyo, de instrumentos de ayuda y mecanismos de protección, también ayudan en sí mismas a visibilizar las causas, las consecuencias y el origen de la violencia.

Según Naciones Unidas, la violencia de género es la principal causa de muerte entre las mujeres de entre 15 y 44 años en todo el mundo, por delante de la suma de las muertes provocadas por el cáncer, la malaria, los accidentes de tráfico y las guerras.

Contar con palabras adecuadas los detalles de la realidad que representan estos datos, es una muestra de afecto incondicional, de amor y compromiso con la vida de millones de niñas y mujeres que mueren cada año, un paso fundamental para
erradicar una pandemia de violencia que amenaza a más de la mitad de la población
mundial. Y sí, hay palabras para describirlo, palabras que más que doler, deberían
atormentarnos.

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