MADRID 19 Ene. (EUROPA PRESS) -
Si la Gran Vía no existiera, probablemente habría que inventarla, aunque cien años después de su construcción el coste de un proyecto de esta magnitud sería de unos 1.100 millones de euros, a lo que habría que añadir el coste de construir nuevos edificios, según ha calculado la Sociedad de Tasación.
Aunque estas cifras pueden parecer de vértigo, la realidad es que la inversión para esta hipotética obra supondría tan sólo algo más de un tercio del dinero que el Ayuntamiento de Madrid ha invertido en el soterramiento de la M-30 (3.180 millones de euros), a los que habría que sumar además los más de 410 millones de urbanización de los espacios liberados en el entorno del río Manzanares.
El documento 'La Gran Vía de Madrid. Valor actual de expropiación', redactado por Javier Sanz López y al que ha tenido acceso Europa Press, recoge los cálculos del proyecto de apertura de la Gran Vía si tuviera que realizarse hoy en día, incluyendo los gastos por expropiaciones, demoliciones y urbanización.
Así, la valoración conjunta del suelo y de las edificaciones preexistentes arroja un coste total de la actuación que asciende a 619,1 millones de euros --por encima de los 103.000 millones de pesetas que costó la obra hace un siglo--, una cantidad de la que 592,6 millones corresponderían en exclusiva a las expropiaciones.
Sumándole a esto el coste de las demoliciones y la urbanización, el coste del proyecto se elevaría hasta los 1.100 millones de euros, un importe próximo a los 183.000 millones de pesetas, sin incluir no obstante la edificación de las nuevas construcciones que deberían levantarse en la calle.
El documento señala, por otra parte, que si la Gran Vía fuera un proyecto actual también debería desarrollarse en tres fases, sumando aproximadamente 22 años de obras, con expropiaciones escalonadas e inversiones y adquisiciones de edificios en diferentes periodos por la dinámica del mercado inmobiliario y siguiendo la ejecución de las obras de urbanización.
GRAN VÍA EN 1910
Aunque el proyecto se había fraguado ya bajo el reinado de Isabel II, no fue hasta el 4 de abril de 1910 cuando el rey Alfonso XIII dio el primer golpe de piqueta para inaugurar las obras de la nueva avenida que, en pleno corazón de Madrid, estaba llamada a unir la calle Alcalá con la plaza de España, convirtiéndose así en el principal eje este-oeste de la capital.
En esos momentos, Madrid tenía poco más de 540.000 habitantes, y la ciudad intentaba adaptarse a un comienzo de siglo marcado por las nuevas tecnologías, la electrificación urbana y la aparición de los primeros problemas de movilidad, a la par que los primeros casos de especulación del suelo.
Así, el primer proyecto fue redactado por el arquitecto Carlos Velasco Peinado en 1886, aunque fue descartado por los grandes costes que suponía. Posteriormente, los arquitectos municipales José López Salaverry y Francisco Andrés Octavio recogieron el testigo, y el plan fue aprobado en 1898.
Las obras se ejecutaron no sin polémica, ya que en su desarrollo "sufrió un sinfín de incidencias" y además tuvo que superar denuncias y críticas de los vecinos, muchos de los cuales fueron expropiados y realojados en viviendas alternativas, muchas de ellas en la periferia.
No en balde, era necesario reconvertir 358 fincas --de las que 315 albergaban viviendas y 43 eran solares sin construir-- que ocupaban un total de 141.510 metros cuadrados. Además, tras la apertura de la calle desaparecieron quince calles y se reformó el trazado de otras 35.
La mayoría de las construcciones eran casas de vecinos de tres, cuatro y cinco plantas, ubicadas en calles estrechas y organizadas en torno a patios con ventilación al interior. La mayoría de esas edificaciones contaban con un sótano para los trasteros y los almacenes de las tiendas de la planta baja.
La operación, que costó 103.000 millones de pesetas, fue financiada "con la venta de los solares resultantes" y, "para que fuera viable, se dotó a los distintos tramos de una edificabilidad superior a la superficie construida inicialmente".
OBRAS EN TRES TRAMOS
Así, el primer tramo de calle --entre Alcalá y la Red de San Luis-- comenzó a construirse en 1910 y supuso el derribo de siete manzanas. Una vez terminada esta fase en 1917 comenzaron los trabajos del segundo tramo, que se prolongaron hasta 1921.
En este tiempo se demolieron 254 edificios, se reformó la plaza del Callao para ampliarla, se modificaron una veintena de calles, se crearon doce nuevas manzanas y se levantaron edificios "de gran altura y de carácter monumental".
En 1925 comenzaron los trabajos entre Callao y la plaza de España, obras que no finalizarán hasta cuatro años más tarde aunque el proyecto no se entregó hasta 1932, si bien "algunos edificios no se concluyeron hasta después de la Guerra Civil".
En esta fase fue necesario eliminar diez calles y reformar nueve vías y tres plazas. Curiosamente, el Palacio de la Prensa fue uno de los inmuebles amnistiados ya que, aunque fue construido "anticipadamente y sin someterse a la alineación prevista", la situación se resolvió con el "desplazamiento hacia el sur del trazado del tercer tramo".