Manuel Azaña y su decepción con Cataluña: cómo cambiaron sus palabras de 1930 a 1937

Azaña sobre Cataluña
EUROPA PRESS
Actualizado 04/11/2015 12:10:02 CET

MADRID, 3 Nov. (EDIZIONES) -

El papel de Manuel Azaña durante la II República Española fue tan trascendental que su biógrafo Franc Sedwick llegó a decir que Azaña "fue" la República. Durante este régimen, vigente en España desde 1931 hasta 1939 (los últimos años en guerra), también tuvo un papel protagonista lo que Ortega y Gasset llamó "el problema catalán", es decir, el encaje territorial de Cataluña ante el empuje del nacionalismo y su vertiente independentista, tan de actualidad, de nuevo, en nuestros días.

La relación de Azaña con Cataluña, como la relación de la República con Cataluña, fue cambiante y conflictiva. El líder republicano pasó de ser uno de los principales impulsores de la autonomía catalana a una visión pesimista y decepcionada del problema catalán.

El 27 de marzo de 1930, un año antes de proclamarse la República, se produce un significativo encuentro entre políticos madrileños y catalanes durante una visita de los primeros a Barcelona. En la sobremesa de esta comida Azaña, a la sazón presidente del Ateneo de Madrid, expone sus ideas políticas para buscar apoyos.

Azaña asegura que su admiración por Cataluña viene de lejos "por su civismo fervoroso y su cohesión nacional" y elogia la voluntad firme de los catalanes de alcanzar "la plenitud de la vida colectiva", reconociendo que en su última estancia en la región había apreciado la profundidad del sentimiento nacionalista, que incluso "apreciaba ya sintiéndolo como propio" al haber interiorizado su "emoción".

"UNA UNIÓN LIBRE ENTRE IGUALES"

En este discurso, Azaña identifica la libertad de Cataluña con la libertad de España y expresa que los lazos espirituales, históricos y económicos no tendrían que provocar una ruptura. El republicano se manifiesta partidario de conseguir "una unión libre entre iguales" con el mismo rango dentro del mundo hispánico común.

Además, deja abierta la puerta de salida de España: "Si en algún momento dominara en Cataluña otra voluntad y resolviera remar sola en su navío, sería justo permitirlo y nuestro deber consistiría en dejaros en paz, y si esto sucediera os desearíamos buena suerte hasta que cicatrizara la herida", prometió Azaña ante los políticos catalanes.

En el decisivo Pacto de San Sebastián firmado el 18 de agosto de 1930 entre republicanos, socialistas y nacionalistas catalanes se acuerda, junto a la estrategia para poner fin a la Monarquía e instaurar la República, reconocer la autonomía catalana cuando este régimen se implantase.

EL ESTATUTO DE NURIA

Dicho y hecho. Solo un año y medio después de las palabras de Azaña se empieza a debatir el proyecto del Estatuto catalán en el Congreso de los Diputados, desde octubre de 1931 hasta agosto de 1932. Azaña, desde su cargo de presidente del Gobierno, fue uno de los grandes inspiradores y defensores del Estatuto de Nuria, el primero en dotar de autonomía a Cataluña, permitiéndole tener un gobierno y un parlamento propios, así como ejercer determinadas competencias.

Este optimismo de Azaña con respecto a la autonomía de Cataluña se convirtió en decepción en poco tiempo. Primero, cuando Companys proclamó "el Estado catalán dentro de la República federal española" desde el balcón de la Generalitat, el 6 de octubre de 1934, aprovechando un momento de inestabilidad política por la Revolución de Asturias.

Dos años más tarde, le decepcionaría también el comportamiento del gobierno autonómico ante el alzamiento de Franco, más preocupado a su juicio por proteger sus intereses políticos que por hacer causa común con la República para ganar la guerra.

ENCUENTRO CON PI I SUNYER

Ilustrativas de esta decepción y desencanto son las palabras de Azaña durante una conversación con su amigo Carles Pi i Sunyer. Este político de ERC había sido presidente de este partido entre 1933 y 1935, alcalde de Barcelona desde febrero de 1934 y nuevamente desde febrero de 1936 (tras pasar por la cárcel por la insurrección de octubre del 34), ministro de Trabajo de la República en 1933 y, desde 1937, era el consejero de Cultura de la Generalitat.

El encuentro, que tuvo lugar en Valencia, lo relata el propio Azaña en su diario el 19 de septiembre de 1937 y el texto lo recoge Eduardo García de Enterría en su libro compilatorio: 'Manuel Azaña. Sobre la autonomía de Cataluña', citado a su vez por el artículo 'Cataluña, la decepción de Azaña', firmado por el Grupo Ramón Llull en el Diario de Mallorca.

En ese contexto de guerra civil ya avanzada, Pi i Sunyer presenta sus quejas a Azaña, acusando al Gobierno de la República de una acción sostenida y sistemática de rebajamiento del gobierno autónomo, y preguntándose si se quiere llegar a suprimir la Generalitat. Según Pi i Sunyer, la pérdida de territorio de la República ante Franco, manteniendo el de Cataluña íntegro, debería haber supuesto un aumento del poder político catalán.

Azaña le responde: "Estas cuestiones no se miden por metros. Lo que el Estado representa no se estira ni se encoge según los movimientos de las tropas en el suelo". Pi i Sunyer le manifiesta el temor de que las cesiones al Gobierno central conduzcan a un final a su juicio desastroso para Cataluña: la supresión de la autonomía. Entonces Azaña replica con la actuación política de Companys, a quien reprocha sus transgresiones e invasiones de funciones con este inventario:

"Asaltaron la frontera, las aduanas, el Banco de España, Montjuic, los cuarteles, el parque, la Telefónica, la Campsa, el puerto, las minas de potasa, crearon la consejería de Defensa, se pusieron a dirigir su guerra que fue un modo de impedirla, quisieron conquistar Aragón, decretaron la insensata expedición a Baleares para construir la gran Cataluña de Prat de la Riba..."

"EN FRANCA REBELIÓN E INSUBORDINACIÓN"

El todavía presidente republicano prosigue criticando el programa de Companys, que califica como el programa ampliado de la revolución del 6 de octubre de 1934. Acusa a la Generalitat de haber vivido "en franca rebelión e insubordinación, y si no ha tomado las armas para hacer la guerra al Estado será o porque no las tiene o por falta de decisión o por ambas cosas, pero no por falta de ganas".

Azaña también afea a Pi i Sunyer las intenciones de Cataluña de actuar como nación "neutral" en la guerra civil (en el libro 'Aturar la guerra', de Gori Mir, se relatan las gestiones secretas de Companys ante el Gobierno británico para parar la guerra en Cataluña).

El presidente se lamenta recordando su apoyo al Estatuto de autonomía: "Por lo visto es más fácil hacer un Estatuto que arrancar el recelo, la desconfianza y el sentimiento deprimente de un pueblo incomprendido". Y sentencia que si al pueblo español se le colocara otra vez en el trance de "optar entre una federación de repúblicas y un régimen centralista, la inmensa mayoría optaría por el segundo".

Precisamente el suelo catalán fue el último suelo español que pisaría Azaña, quien al amanecer del 5 de febrero de 1939 cruzó a pie la frontera de Francia por uno de los pasos de Le Perthus, acompañado por el presidente del Gobierno, Juan Negrín, el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, un reducido séquito y algunos familiares, en total unas 20 personas.