MADRID 13 Feb. (OTR/PRESS) -
No hay consenso básico en la fecha que da inicio real al siglo XXI. Desde luego no ocurrió con el calendario, aquella noche del 31 de diciembre de 1999, cuando todos los expertos auguraban el caos de los ordenadores incapaces de entender la alteración de los dígitos. Quizá ocurrió antes, el día que cayó el muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989. O quizá la mañana en que las Torres Gemelas se desplomaron sobre Manhattan. Puede que el inicio del siglo ocurriera con la inauguración de los Juegos de Pekín, donde la eclosión de China se hizo evidente. O quizá el día que Leman Brothers se declaró en quiebra, en 2008.
No importa la fecha: el siglo XXI ha empezado cuando los ciudadanos del mundo han entendido que con información suficiente y capacidad de conexión con los demás, se puede vencer al miedo.
El miedo es el baluarte donde se defienden todas las dictaduras, todas las injusticias, todos los excesos. Los dictadores tienen en el miedo su mejor arma; como los sistemas injustos y como los excesos del capitalismo: el miedo paraliza e impide reaccionar a quien lo padece. Miedo al sufrimiento, a la tortura, al desempleo, a no poder atender con dignidad a la familia.
Las tecnologías son el instrumento imprescindible para vencer el miedo. Conectarse con los demás, insuflar ánimos, darse apoyo, convenir citas, ejecutar convocatorias, unirse a quien no se conoce personalmente para ejercer la insurrección pacífica es el arma del futuro, que es posible porque ya no depende de la voluntad de los grupos de comunicación para extender las ideas de progreso. Los grupos de comunicación han perdido el monopolio de la información.
Lo ocurrido en Egipto es la manifestación real de una posibilidad imparable que va a superar las viejas estructuras sociopolíticas del siglo XXI. Las nuevas tecnologías, la tecnologías a secas, porque ya no son tan nuevas, van a desnudar a los bancos, a los mercados, a los políticos profesionales del oportunismo. A quienes se enriquecen obscenamente sobre el esfuerzo de los demás. Sólo hay que activar los mecanismos que existen y son capaces de controlar el miedo y unir a las gentes comunes, a las gentes decentes que están saturadas de la arrogancia de los poderosos. En el fondo es el mismo fenómeno de la ilustración, de la Revolución Francesa. Con tecnología y sin guillotinas. Pero la continuidad de la transformación del mundo es imparable. Es una información que debiera ser importante para los sátrapas, los ejecutivos de la banca que se adjudican bonus obscenos y para los políticos incapaces que sólo quieren conservar su poltrona.