Consumidores

Europa Press Sociedad
Actualizado: miércoles, 10 septiembre 2008 21:48

En los comercios de la España rural de los años 50 era frecuente que el kilo sólo pesase 950 gramos. -"Hazme buen peso"- era una frase recurrente de aquellos tiempos en los que apenas se vendían alimentos envasados y las básculas de las tiendas tenían merecida fama de estar trucadas. También los panaderos sabían cómo menguar el peso de la torta de pan, mientras los ganaderos extraían del grifo o la fuente, la leche que la vaca no daba, adelantándose en varios decenios a la moda de los productos desnatados y bajos en calorías. Hasta los vinateros pasaban por ser grandes taumaturgos, capaces incluso de hacer vino sin uvas.

El negocio de la "merma" tenía entonces un carácter primario, familiar, casi artesanal. Su éxito dependía de la pericia del comerciante y de la vista del cliente, que en más de una ocasión ponía freno a la excesiva codicia del tendero elevando la voz y advirtiéndole: -¡Que te he dicho que me hagas buen peso!

Pero ha sido en los últimos años, cuando el ascentral y lucrativo negocio ha dado el salto de la modernización, adquiriendo una dimensión industrial y de producción en serie, hasta convertirse en una descansada vía de ingresos para algunas respetadas empresas de servicios que operan en España.

Como aquellos pastores siempre pendientes del asalto del lobo, la vida cotidiana del consumidor se ha convertido en un sobresalto continuo, en una lucha titánica y casi siempre estéril contra la singular concepción de la economía de mercado que practican algunos bancos, eléctricas, empresas de telefonía, petroleras y otras compañías de servicios.

Es una lucha en solitario, porque la causa del consumidor, a pesar de su número y relevancia económica, no tiene el sello y el pedegrí progresista del que disfrutan por ejemplo los activistas del aborto, la eutanasia o la apertura de las fosas de la Guerra Civil.

Es tal la indefensión, que ya casi no es noticia que las petroleras se nieguen a repercutir inmediatamente en los combustibles la bajada de los precios del petróleo. Cuentan, por otra parte, con la indiferencia de esa esotérica y complaciente corte encargada de velar por la Competencia y el sospechoso silencio de todas las administraciones. También las eléctricas tienen padrinos poderosos. Nadie sabe todavía cuánto le costará al usuario la eliminación de la tarifa nocturna. Su déficit tarifario ha sido también una prioridad. Nadie, sin embargo, se ha preocupado de calcular el déficit adquisitivo de los españoles tras las sucesivas subidas del IPC, las hipotecas o los precios de los servicios básicos.

Además, enfrentarse al lobo tiene sus riesgos. Más de uno ha dado con sus huesos y su reputación en el Registro de Morosos, por negarse a pagar una factura, por ejemplo de una compañía telefónica, de la que previamente y tras un acalorado monólogo con un contestador automático, se había dado de baja. No está en ninguna agenda la causa del consumidor. No forma parte del discurso habitual de la derecha, pero tampoco de la izquierda..

Emboscado en discursos de eficacia y libre competencia, el viejo y denostado capitalismo depredador se ha quedado sin adversarios. Hasta sus más acérrimos enemigos y rivales de antaño miran ahora para otro lado. Aquellas irredentas y combativas tribus de sindicatos y colectivos progresistas, que protagonizaron la historia del siglo XX, han perdido el vigor y la furia de los padres fundadores y se conforman con una plácida y domesticada existencia.

Ahí siguen, formando parte del paisaje, pero convertidos ya en reliquias históricas, en instituciones amansadas y subvencionadas, con sus ejércitos de liberados, apenas visibles y reconocibles, salvo por una ocasional y decadente retórica proletaria o su activismo contra Bush. Se han olvidado, que los trabajadores, son además y sobre todo consumidores.

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