Actualizado 11/03/2004 18:40

Crónica Atentados (11).- Indignación, dolor y caos en las inmediaciones de los lugares de las explosiones

- Testigos presenciales narran imágenes "dantescas" en los vagones afectados

MADRID, 11 Mar. (OTR/PRESS) -

En las inmediaciones de los lugares que se convirtieron hoy en blanco de los terroristas, se respiraba una gran indignación y dolor en medio del caos provocado por las explosiones. Testigos presenciales, efectivos de bomberos y sanitarios califican de dantescas las escenas en los vagones afectados por las acciones terroristas.

A los pocos minutos de las explosiones en la Estación de Atocha, numerosos heridos deambulaban desorientados por las proximidades de la estación, en una zona donde a esa hora reinaba el caos. Muchas de estas personas, que habían podido abandonar la estación por su propio pie tras ser evacuados por efectivos policiales, sufrían daños debido a la onda expansiva y la lluvia de cascotes y cristales, presentando hemorragias locales en oídos y nariz, además de cortes y quemaduras.

Una parte de ellos fueron atendidos por las unidades de los servicios de emergencia, aunque, a primera hora de la mañana no había suficiente personal sanitario para asistir a todas las víctimas que estaban en la calle, por lo que en torno a una veintena de ellas fueron asistidas por otros viandantes, que les ayudaron a sentarse o tumbarse sobre el pavimento y trataron de tranquilizar a los que sufrían crisis de ansiedad.

Todos los testigos presenciales recordaban, conmocionados, la potencia de las explosiones, que provocaron una masacre entre los viajeros, dibujando un escenario dantesco, con cadáveres y restos humanos esparcidos por los vagones afectados y los andenes.

"Estábamos acostados y a las ocho menos veinte sentimos perfectamente dos explosiones", relata Ana, una joven estudiante de Periodismo residente en el número 30 de la Calle Téllez, inmueble cuyas ventanas dan al lado de las vías donde quedó el tren. "Tembló todo el edificio", señala, de su lado, una amiga suya estudiante de Optica.

En el primer vagón, justo después de la máquina, se apreciaba una explosión. La segunda composición del tren, formada por tres vagones, estaba prácticamente destrozada, especialmente los coches quinto y sexto, con dos enormes boquetes que casi partían el convoy en varios trozos. En uno de esos puntos, el armazón del tren se levantaba hacia arriba y tocaba la catenaria como si se tratase del metal de una lata de conservas en medio de un amasijo de hierros.

FUERTE ONDA EXPANSIVA

Una mujer que viajaba en uno de los vagones afectados, que sangraba abundantemente por uno de sus oídos y que apenas era capaz de oir nada, contó que la fuerza de la onda expansiva la hizo despegar de su asiento hasta el punto de que acabó golpeándose literalmente contra el techo del vagón para luego caer.

Entre los numerosos heridos que podían caminar y deambulaban por la zona había también una pareja que viajaba en uno de los vagones siniestrados. Con sus ropas rasgadas y salpicadas de sangre, y diferentes erosiones y quemaduras faciales, explicaron que, de pronto, todo fue humo negro, cascotes y dolor. El hombre, con la mitad de su cabellera abrasada, contó cómo tuvieron que salir a través de una ventana, pisando varios cuerpos que yacían inertes sobre el piso.

Otro de los testigos que viajaban en el tren, Aníbal Altamirano, explicó que tras la primera explosión, pasadas las 7,30 horas, el resto de los viajeros del tren comenzaron a ayudar a los heridos, pero cuando se produjo la segunda todos salieron corriendo como pudieron.

Uno de los policías que accedió al tren relató conmocionado, que no había visto nunca nada igual. Concretamente, contó que había restos y miembros humanos esparcidos por vagones, raíles y andenes, y que había varias personas a las que la explosión había levantado la tapa del cráneo.

ESTADO DE SHOCK

Mientras tanto, los servicios sanitarios, todavía escasos a esa hora, no daban abasto para atender a los heridos, que seguían saliendo del interior de la estación de cercanías de Renfe con la ropa hecha jirones y en estado de 'shock'.

De los primeros en llegar fueron los sanitarios que trabajan en el Centro Médico Maestranza, situado a muy pocos metros. "He visto mucha gente muerta", relataba una enfermera trabajadora en este centro junto a las vías del tren. "Nos hemos desplazado todos aquí y hemos empezado a evacuar a los heridos", señalaba. "Había heridos de todo tipo y dentro hemos atendido a unos setenta", indicaba esta sanitaria.

Fuera del edificio, en el solar de cerca de cincuenta metros que separaba el edificio de las vías, una docena de UVI móviles atendía a otros heridos, elevando el número de personas atendidas, según la concejal de Medio Ambiente y Servicio a la Ciudad de Madrid, Paz González, a cerca de 150 y los fallecidos, según datos de las diez de la mañana, a más de treinta.

Las ambulancias de urgencias partían con tres heridos cada una, mientras coches patrulla y furgonetas policiales se convertían también en ambulancias improvisadas. Ante la falta de vehículos, efectivos policiales pararon y desalojaron a varios taxis para el traslado de heridos a los hospitales.

"HIJOS DE PUTA"

Paralelamente, fueron apareciendo por la zona familiares de víctimas de las explosiones, que pedían información infructuosamente, así como que les dejaran superar el cordón. Ante la imposibilidad de acceder al interior y de saber nada sobre sus familiares, algunos rompían a llorar. Un hombre joven al que había llamado la Policía a su trabajo para comunicarle que su mujer era una de las heridas, sentado en el bordillo y llorando, recibía el consuelo de las personas allí congregadas mientras esperaba información. Finalmente un agente le acompañó más allá del cordón.

Tres empleadas de un supermercado cercano al lugar de la deflagración hicieron pública su rabia por el suceso: "no es normal que hayan hecho un atentado con gente que va a trabajar", terció una de las tres mujeres que lamentó que "no les haya explotado a ellos". "Es una impotencia, ves que no puedes hacer nada, son unos hijos de puta", sentenció otra.

En la estación de El Pozo del Tío Raimundo la escena que se encontró el personal sanitario era inenarrable. Según Beatriz Martín, de Emergencias Madrid, las visiones "eran horrorosas", y los cuerpos estaban tan destrozados que en muchos casos era imposible saber si se trataba de hombres o mujeres.

SONABAN LOS MOVILES.

Martín narró también la espeluznante escena que vivieron todos cuando, una vez alineados los 67 cadáveres sobre el andén, y entre un "horroroso olor a carne quemada", los efectivos sanitarios y policiales se dieron cuenta de que los teléfonos móviles que llevaban muchos de los cadáveres estaban sonando, posiblemente al recibir la llamada de familiares y amigos que sabían que podían estar en el tren.

Por otro lado, otro de los profesionales que trabajaron en el atentado de El Pozo, el jefe de Bomberos Juan Redondo, explicó que cuando llegaron había cuerpos por todas partes, hasta el punto de que encontraron uno de los cadáveres en el techo de la estación.

En Santa Eugenia, un testigo de la explosión aseguró que el tren iba repleto de trabajadores, estudiantes y niñso que acudían al colegio. Manuel Molla, que viajaba en el vagón posterior al afectado por la bomba, explicó que en un primer momento pensaron que "se había producido un cortocircuito". "Sin embargo, las personas que estaban más próximas al vagón que estalló comenzó a decir que era un atentado por lo que provocó una situación de pánico absoluto".

Después del atentado numerosos vecinos de la localidad se agolparon en la estación y gritaron consignas contra ETA y reclamaron pena de muerte contra los terroristas. Notablemente indignados, los vecinos gritaban "Muerte a ETA", "que los cojan y los maten" y reclamaron a los políticos una solución.

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