Agustín Jiménez.- La cuarentena de la Luna.

Actualizado 22/07/2009 14:00:42 CET
Actualizado 22/07/2009 14:00:42 CET

Agustín Jiménez.- La cuarentena de la Luna.

MADRID, 22 Jul. (OTR/PRESS) -

El icono de esta semana es una roca muy grande perdida en la inmensidad del espacio con la que, por vecina y nocturniega, mantenemos de siempre una obsesión. Es muy posible que las imágenes borrosas que aduce la Nasa para demostrar que hace cuarenta años, cronometrados por un reloj omega, hollamos el suelo de la luna sean de verdad. Una cofradía de negacionistas lunares lo contesta, sin embargo, porque, entre otras cosas, la banderita del vídeo está temblando y en la luna no hay viento para eso.

Los negacionistas de cualquiera laya son una reacción física contra los afirmacionistas de cosas bobas y mentirosas, que abundan muchísimo más y no están prohibidos. Pero, al menos en este caso, parece que los negacionistas están equivocados. Los va a rebatir con razones un proyecto científico que está recolectando imágenes de la basura abandonada por la humanidad en sus excursiones a las estrellas. La presencia de basura en un sitio es la prueba definitiva de que por ahí han pasado seres inteligentes dotados de alma inmortal.

Que se sepa, en la luna se dejaron tres jeep, una serie de andamios, kilos de electrodomésticos espaciales, seis banderas de Estados Unidos, una Biblia, una foto de alguien, un disco con discursos y otros trastos que componen un total de 170 toneladas de detritus.

¿Por qué tanta polución y tantas arengas de Jesús Hermida, que debe su carrera a aquella retransmisión? Afirman los sabios que, gracias a la carrera estelar, disfrutamos ahora como locos de los pañales de bebé, las tarteras de comida industrial, el velcro, el microondas y el baile de Michael Jackson, bienes insustituibles que nos regaló la luna. Además, ¿qué mejor sustituto de una ascensión al cielo -suponiendo que el cielo esté arriba y no abajo- que una subidita a la luna, lejana pero accesible?

Aldrin y Armstrong -están saliendo libros sobre eso- pugnaron de malos modos por el puesto de primer andarín lunar, igual que, en el Tour de hoy, Armstrong se pelea con Contador. Y eso que ignoraban que Hermida estaba hablando de ellos.

La batahola circundante no disminuye el carácter de cosa antigua, la impresión desvaída de las imágenes de entonces, tan ajenas como las películas del cine mudo. Era el mismo tiempo que ahora pero tan medieval que ni siquiera usábamos Internet. La gente, pese a todo, era parecida. Los americanos ya hacían declaraciones en nombre de toda la humanidad. Bush no se había dado a conocer pero reinaban alhajas como Richard Nixon y Henry Kissinger y, por poner un ejemplo, en España -donde esa noche buscábamos casas de pudientes que dispusieran de un televisor en blanco y negro- estaba en la flor de la edad Manuel Fraga Iribarne. O sea, que aquello no podía ser moderno. Una prestigiosa revista científica, aunque esta semana se arrepiente, comparaba la situación al intermedio de un espectáculo de trapecio.

OTR Press

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