Publicado 12/03/2026 08:01

Antonio Casado.- Raúl

MADRID 12 Mar. (OTR/PRESS) -

Están los medios sobrecargados de homenajes al talento periodístico y literario de Raúl del Pozo, que nació en Mariana (Cuenca) una semana antes de que Unamuno muriese en Salamanca. Ahora, rodeado de amigos y admiradores, acaba de morir en una clínica de Madrid tras dos meses de hospitalización. Miles de personas le han despedido en la Casa de la Villa y es destacable que el duelo se haya convertido en celebración y homenaje al personaje que odiaba los funerales y los hospitales.

Mejor así, porque llevaremos siempre en la memoria el recuerdo de quien nos alegró la vida con su forma de escribir y, sobre todo, su forma de vivir. Así que descanse en paz el compañero y, antes que nada, el amigo con el que quemé tanta vida y tanta travesura de memoria desigual.

Talento torrencial, brillante en sus descargas verbales -y escritas, por supuesto-, explosivo, vanidoso, irascible, generoso, inseguro, muy sensible a los halagos, de reacciones tardías cuando el agravio no le dejaba conciliar el sueño, apostador, de risa abierta, incapaz de disimular estados de contrariedad, jugador empedernido, negado para los idiomas... Y vital, muy vital. En línea con el pensamiento de Publio Terencio, nada de lo humano le era ajeno, fuese o no fuese virtuoso.

Y ya en lo profesional, tampoco le fue ajena ninguna de las suertes del oficio. Columnista, reportero, entrevistador, corresponsal en el extranjero (Buenos Aires, Moscú, Londres, que yo recuerde ahora), amén de sus novelas, un género que se le resistía porque siempre fue un velocista. Le faltaba paciencia para entregarse a una historia larga y largamente trabajada ("El reclamo", "Un ataúd de terciopelo", "Noche de tahúres", "No es elegante matar a una mujer descalza", etc).

Mi amigo, Raúl. En algunas épocas, mi hermano, porque da mucho de sí una amistad que se prolongó a lo largo de casi sesenta años. En lo bueno y en lo malo. Desde los días fundacionales en el viejo diario Pueblo, donde lo encontré cuando arrancamos, hasta las últimas cenas con Lita Trujillo, Nestor Szerman, Beatriz y Carmen Rigalt, cuando su cuerpo le empezó a pasar las facturas pendientes de tanta vida y tantos excesos.

Muy leído, muy vivido, con una edición antigua de pensamientos de los estoicos siempre al alcance de la mano, jamás se le paso por la cabeza la idea de la jubilación. Hasta apenas unas semanas antes de morir frecuentó una ventana de los viernes en el programa de Alsina al conjuro de un "Viva el vino", con el que terminaba sus comentarios telefónicos, amén de la columna en la última de El Mundo, heredada de Umbral.

Con Raul compartí encuentros políticos de distancia corta con el expresidente del Gobierno Rodríguez Zapatero y después con dos sanchistas incondicionales, Margarita Robles y Susana Zumelzo, que encajaban deportivamente nuestro cuestionamiento del personaje, que ya estaba con un pie en la Moncloa. E inolvidables también son nuestras cenas con Rubalcaba y Pilar Goya, que hacían pandilla con Raul, Natalia, Carmen y yo mismo. Sin dejar de celebrar cada año la Navidad con el correspondiente ritual del intercambio de regalos.

Adiós, querido. Ya nos veremos.

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