Publicado 23/01/2026 08:01

Charo Zarzalejos.- Luto y duelo

MADRID 23 Ene. (OTR/PRESS) -

En los últimos tiempos España encadena sucesivos lutos, minutos de silencio, declaraciones compungidas. Las desgracias parecen llamarse unas a otras. No hay tregua para el dolor, para el asombro, para la tristeza y son estos tres elementos los que se quedan anclados en nuestra memoria, en nuestro corazón y todas ellas conforman el duelo, que es algo más duradero que los lutos oficiales.

Los que acumulamos algunos años vemos como nuestras vidas se llenan poco a poco de ausencias que nos parecían y nos siguen pareciendo increíbles. Recuerdo mi infancia y juventud y como mis hermanos y yo jamas pensamos que nuestros padres pudieran desaparecer. Ni nos lo planteábamos. Iban a estar siempre ahí. Pasan los años y bastó un leve suspiro para que el calor que sentíamos a su lado se convirtiera en un frío marmoleo y fue entonces cuando nos empezamos a ser mayores de verdad.

Fue entonces cuando descubrimos lo que nunca nos habíamos imaginado, lo que nunca nos habíamos planteado, que no es otra cosa que la distancia entre la vida y la muerte puede ser cuestión de un leve suspiro, de un instante.

La sucesión de desgracias sufridas en España en los últimos tiempos nos lleva a muchos a tener que aceptar la fugacidad de la vida. Sabemos que estamos de paso pero también creíamos que podíamos controlar nuestra vida y no, no es verdad. Podemos controlar lo que queremos estudiar, lo que nos podemos gastar, y el peso que podemos coger sin que se nos resienta el cuerpo, pero poco más. La vida, al igual que la muerte, puede ser un instante. Ese instante en el que anulas un viaje y eso te salva la vida o, por el contrario, tienes la fatalidad de cambiar de asiento y justo ahí llega el desastre.

Los duelos son difíciles de gestionar. Cada cual vive de manera íntima el suyo propio pero no conozco a nadie que el duelo no le agite la memoria de los tiempos felices, esos en los que el concepto tiempo no existía, y en los que ni atisbábamos cuál iba a ser nuestro futuro. Instalada en esta memoria me retumba en la cabeza la cantidad de veces que me han aconsejado vivir al día, que es mejor no hacer planes, ni plantearse expectativas.

Reconozco que no asumo esa teoría, cuya conclusión no es otra que es mejor renunciar a los sueños, que es un riesgo enorme tener expectativas porque a lo mejor no se cumplen. ¿Cómo no soñar con que tus hijos van a ser felices? ¿Cómo no ilusionarse con un nuevo nieto? ¿Por qué no tener la expectativa de ver el mar en verano?. No tenemos el control de nuestra vida pero si el control de cómo afrontarla.

No hago caso al consejo de vivir al día, pero ni por un segundo se me olvida que a mi también me llegará ese último suspiro, ese instante definitivo, pero mientras llega mi maleta está llena de sueños y de expectativas, al igual que esas maletas destrozadas en las vías de un tren que se han quedado sin dueño. Esas maletas no iban vacias.

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