Fermín Bocos.- No habrá cien días de gracia.

Actualizado 12/11/2011 13:00:48 CET

MADRID, 12 Nov. (OTR/PRESS) -

El Gobierno que salga de las urnas no tendrá cien días de gracia. Desde que la economía mundial se globalizó, los mercados no dan tregua. En las agendas de los acreedores (fondos de inversiones y productos financieros diseñados para surfear de manera implacable sobre las deudas de países y bancos), no hay días en blanco. El nuevo Gobierno que se formará la tercera semana de diciembre navegará entre Scila y Caribdis; tendrá que gestionar una situación dramática: cinco millones de parados, un pronóstico de nulo crecimiento de la economía española (algunos analistas hablan abiertamente de recesión) y vencimientos de deuda pública y privada por importe de 300.000 millones de euros previstos para el año que viene. Con tantos parámetros adversos, sería un milagro que España alcanzara el objetivo de reducción de déficit impuesto por Bruselas. Como mucho, si el nuevo Ejecutivo contara con un respaldo parlamentario mayoritario, podría iniciar la prometida tarea de tala y ajuste de las administraciones públicas, un compromiso que con dispar enfoque llevan en la mochila tanto Rajoy como Rubalcaba. Hablo de tala, porque dada la hinchazón de plantillas de las diferentes administraciones -el 13,5 por ciento de la población activa, más de tres millones y medio de funcionarios-, la simple poda, no resolvería nada.

Tala que se presenta más que dudosa, cuando menos a corto plazo, porque si uno mira el calendario observa que tras las elecciones generales vendrán las autonómicas andaluzas y eso significa un compás de incertidumbre. ¿Por qué? Pues porque a los argumentos de índole práctica -ningún partido anuncia recortes en vísperas de pedir el voto a los ciudadanos- se contrapone la urgencia de tomar medidas de ajuste, ahorro y nuevas políticas fiscales. El escenario resultante es diabólico. Quien llegue a La Moncloa (será el candidato popular, según el decir de las encuestas) y ocupe el sillón presidencial, no hollará terciopelo, se aproximará más a las hechuras de un potro de tortura porque todo hace pensar que al próximo Gobierno (es decir a España) los mercados no le concederán la tregua que alegremente pedía Rubalcaba en el debate con Rajoy.