Publicado 10/01/2023 08:00

Fernando Jáuregui.- La batalla política en España se extiende a Brasil

MADRID, 10 Ene. (OTR/PRESS) -

Ya se ha dicho muchas veces que las dos Españas no han perdido, a lo largo de siglos, ocasión de zarandearse a la menor oportunidad que encuentren para ello. Los muy lamentables sucesos en Brasil, donde los 'bolsonaristas', en un claro intento de golpe de Estado, trataron este fin de semana de asaltar en Brasilia las sedes del Ejecutivo, del Legislativo y del Judicial, han sido el último ejemplo de lo que digo. A portavoces del PP casi les ha faltado tiempo para decir que, con las reformas penales de Sánchez, lo ocurrido en Brasil serían casi desórdenes públicos. Y, claro, la respuesta llegó pronto desde el campo socialista: el PP prefiere atacar a Sánchez que condenar la 'movida' contra Lula da Silva. Demasías de sal gorda, alentadas por la crispación política tangible en nuestro país, más, por cierto, en los cenáculos de Madrid y Barcelona que en muchos otros puntos de la nación.

Que la portavoz parlamentaria 'popular', Cuca Gamarra, lanzase un 'tuit' --ah, las demasías de las redes sociales...-- aprovechando lo de Brasilia para atacar la reforma penal de Sánchez, sugiriendo que con la rebaja de las penas a la ya desaparecida sedición y a la malversación se facilita que cosas así ocurran en España, responde sin duda al ambiente de confrontación loca que se da en la política española. Que el 'número tres' del PSOE, Santos Cerdán, replique sugiriendo casi que el PP es proclive a utilizar el caos brasileño con el único fin de atacar a Sánchez, es igualmente desmesurado, simplista e injusto, sobre todo porque Núñez Feijoo se apresuró a lanzar su apoyo al Gobierno legítimo y constitucional de Lula.

Carecería de mayor importancia este cruce de espadas -las 'pasadas', afortunadamente solo verbales, son cosa ya habitual en nuestra política- si no fuese porque se va ambientando en un clima en el que se desconfía crecientemente de los mecanismos y la marcha de la democracia. El deterioro en el prestigio del Tribunal Constitucional, que ahora decide, en un clima de maniobras oscuras y desconfianzas claras, su presidencia, es un buen ejemplo de esta oxidación del entusiasmo por hacer una democracia mejor.

Que un partido, por muy situado que esté en un extremo del arco, pueda repetir constantemente que el Gobierno de Sánchez es "ilegítimo" y ande convocando manifestaciones para soliviantar a la calle contra este Ejecutivo --'socialcomunista', le llaman-- es un dato más a apuntar en el cuaderno de alarmas. Que comentaristas considerados serios aludan, en periódicos muy serios, a una hipótesis a mi juicio imposible, como que existe un riesgo de 'elecciones impugnadas' en España cuando los comicios se celebren, quizá a mediados de diciembre, es otro punto a anotar en ese cuaderno.

Creo que la mesura, la moderación, es buen abono para las democracias. Y de eso, aquí, poco. No se puede andar tildando al partido rival de atentar contra la Constitución sin que la opinión pública se alarme y se altere. No se puede manipular el deambular de las togas sin que los ciudadanos dejen de entender qué diablos está pasando entre bambalinas, en los privados de ciertos restaurantes y en los despachos nobles de alguna empresa.

Pensar que, como con Trump o Bolsonaro, hordas asalvajadas, descontentas y desconfiadas con los resultados electorales, puedan asaltar las instituciones también aquí es, simplemente, una sandez, pero lo es alentada por algunos portavoces políticos a los que ocasionalmente se les calienta la boca. No: España es, con todo, una democracia digna de tal nombre, aunque sea claramente mejorable. Y las elecciones que salpicarán este año 2023, recuente quien recuente los votos, no necesitarán, desde luego, de observador internacional alguno para supervisarlas. Faltaría más.

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