Publicado 30/09/2022 08:00

Fernando Jáuregui.- Otro 1 de octubre... ¿loco?

MADRID, 30 Sep. (OTR/PRESS) -

Las vísperas de la conmemoración, es un decir, del quinto aniversario de aquel 1 de octubre de 2017 en el que la Generalitat catalana lanzó la proclama de independencia más efímera de la Historia distan mucho de albergar una sensación de paz y apaciguamiento político en Cataluña.

Se intente o no paliar, se quiera o no prolongar una crisis inevitable, lo cierto es que el Govern creado hace dieciséis meses está roto y cualquier cosa puede ocurrir en la loca política impulsada por los gobernantes independentistas. El 'procés' ha muerto y nadie sabe lo que vendrá a sustituirlo. ¿Menos 'procés', un procés por separado y por partida doble, con diferentes intensidades?

Ahora, más que recrearse en un pasado que ha terminado de forma caótica, con la destitución en público y en los peores términos del vicepresidente de la Generalitat y los intentos de mantener 'in extremis' la coalición de Esquerra con Junts, sería bueno intentar bucear en el futuro y en las consecuencias que lo que vaya a ocurrir o dejar de ocurrir en Cataluña tendrá sobre la política nacional. Porque algunos, señaladamente el 'prófugo' Puigdemont y su "delegada" en Cataluña, la ex presidenta del Parlament Laura Borràs, van a intentar agitar las aguas lo más posible, en un 'cuanto peor, mejor' que trata de recordarnos que el principal y peor problema para España sigue siendo un parte de su territorio, Cataluña.

Madrid, inmerso en sus propios problemas, entre los cuales no es el menor la desavenencia constante entre la parte PSOE del Gobierno central y la de Unidas Podemos, apenas se entera, me consta, de lo que está ocurriendo en una parte clave del territorio nacional. Lo que era una buena iniciativa, la formación de una Mesa de diálogo y quizá hasta de negociación, entre el Ejecutivo de Pedro Sánchez y el de Aragonés, ha quedado en agua de borrajas ante el rechazo de Junts a entrar en la 'vía pactista' de Esquerra. Y Moncloa sabe que una negociación bilateral entre el Gobierno central y ERC no supone negociar con el independentismo, sino con la parte ahora más 'homologable' del mismo, mientras el otro sector se radicalizada cada día más, caminando hacia quién sabe dónde.

Porque es imposible saber cómo acabará todo esto, entre otras cosas porque los que deberían estar planificando el futuro parecen dedicarse más bien a desordenarlo. Y porque muchos de los verdaderos protagonistas de la política catalana están fuera del Govern -ni Junqueras, ni su 'enemigo fraternal' Puigdemont, ni el conseller de economía Jaume Giró, ni Laura Borrás, ni la presidenta de la ANC, ni los agitadores de la CUP forman parte de él--. Quizá la no asistencia a la descafeinada Diada del president Aragonés, una figura dialogante pero quizá débil y demasiado atacada por sus enemigos, precipitó un derrumbe anunciado.

Lo que me parece, con todo, indudable es que hoy, cinco años después de aquel 1-O que tantas desgracias causó, las cosas están mejor desde el punto de vista de la convivencia entre Cataluña y el resto de España: nadie piensa en una posible declaración unilateral de independencia, ni en poner urnas clandestinas en los colegios, ni en iniciar una gira por el mundo para proclamar la 'República Independiente de Catalunya'. Ni, por el otro lado y excepto voces muy extremistas de 'halcones' que en nada benefician a una 'conllevanza' orteguiana, habla hoy casi nadie de aplicaciones del artículo 155 de la Constituión o de medidas de represión de libertad alguna. No hay algaradas callejeras ni voces altisonantes más allá de las de la excesiva señora Borrás, ni maniobras de ruptura del Estado excepto las que continuamente intenta en el Parlamento europeo y ante los tribunales internacionales un Puigdemont cada vez con menos peso específico en la realidad catalana.

Pienso, desde la lejanía de esta realidad -inaprehensible, ya digo, hasta para el propio president de la Generalitat, que ni se enteró de que le preparaban una moción de confianza--, que la brusca y agria ruptura entre los dos sectores que representan una sensibilidad, el independentismo puro y duro, debe ser aprovechado desde las estructuras del Estado para instaurar un clima de diálogo dejando en evidencia a quien no quiere dialogar y trata de repetir los esquemas, tan dañinos para todos, de 2017. Ni Puigdemont, ni Borrás, ni el ya ex vicepresidente Puigneró, ni quienes se muestran alejados de cualquier realismo, pueden ya merecer la confianza de la ciudadanía catalana. Es evidente que hay que romper con ellos para poder construir algo, lo que sea.

Estos cinco años han mostrado, a mi parecer, que desde el Estado se han manejado mejor las cosas que desde las estructuras independentistas, aunque también haya que reconocer que las formaciones constitucionalistas no parecen haber aprendido gran cosa de lo ocurrido. Es preciso, entre otros muchos acuerdos necesarios entre los grandes partidos nacionales, un pacto de territorialidad, difícil cuando cada autonomía se dedica a hacer electoralismo con los impuestos y en Madrid todos hablan con todos sobre todo, excepto el presidente del Gobierno y el líder de la oposición, que no se reunen.

Así, la Historia de 2017 puede volver a repetirse a no muy largo plazo, pero esta vez, de acuerdo con los dictados de Marx, será una farsa total.

OTR Press

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