MADRID 21 Nov. (OTR/PRESS) -
Tal día como hoy hace cincuenta años, había una cola larguísima en el Palacio de Oriente para ver a Franco embalsamado en su ataúd. Aprovechando mi condición -ya- de periodista, pude evitar la larga espera y lo ví: era la primera vez que veía en persona al hombre al que, desde una formación en la clandestinidad, yo creía que combatía, aunque había muerto tranquilamente -es un decir-- en la cama. De uniforme, custodiado por unos falangistas de aspecto feroz, quienes pasábamos ante los restos debíamos inclinar levemente la cabeza, en señal de respeto. Cualquiera no lo hacía... Yo también lo hice, y la televisión comenzó a transmitir en directo en ese momento, con la facundia oratoria altisonante que entonces se estilaba, lo que me originó grandes burlas de mis entonces 'camaradas'.
Recuerdo que Juan Luis Cebrián, entonces subdirector de mi periódico, escribió un curioso artículo señalando que los que iban a decir el último adiós al dictador eran gentes bien alimentadas, bien vestidas, seguras de que ahora llegaba la democracia. Puede que sí. Pero la democracia no iba a llegar tan pronto, aunque ahora se conmemoren las fechas de muy otro modo: dos días después de la muerte de Franco, en la proclamación del Rey Juan Carlos I, un grupo de actores -Juan Diego, María Luisa San José, Aurora Bautista- era fugazmente detenido en Carabanchel conmigo y algún otro periodista por encontrarnos en las inmediaciones de una manifestación a favor de la libertad de los presos políticos, que eran, con otros dirigentes comunistas, Marcelino Camacho y me parece que incluso Ramón Tamames.
Sí, no podías manifestarte, ni escribir lo que tú querías en los periódicos, ni en la única radio oficial había libertad para decir casi nada que sonase diferente, ni las mujeres podían viajar solas, ni te podías casar con el sexo que quisieras y atención con que te tachasen de homosexual. Había que andarse con cuidado, que es algo que, por lo visto, no les hemos explicado a ese casi treinta por ciento de jóvenes que, dicen las encuestas de estas horas, piensa que con Franco vivíamos mejor y que un régimen autoritario es más conveniente que lo que tenemos.
De acuerdo, es duro que el rostro de quien fue llamado Caudillo compita hoy en nuestras portadas con el de Santos Cerdán saliendo de la cárcel. Comprendo que nuestros 'zetas' estén desconcertados: han sido cincuenta años en los que ha ocurrido de todo, mucho más, si se me permite, que en la mayoría de los países de nuestro llamado entorno. Pero yo era periodista ya en 1975, y sé que no me dejaban contar la realidad que yo vivía, y que solamente se podía escribir sobre un mundo edulcorado, sin la menor crítica.
Hoy tendremos lo que usted quiera -y tenemos muchas cosas que no nos gustan, faltaría más: la diferencia es que ahora podemos decirlo-, pero estamos mejor. Económica, moral y culturalmente. Tenemos una esperanza de vida, 84 años, superior a la de Franco, que falleció con 83. Que no les cuenten cuentos a nuestros hijos y nietos: alguien a quien hace medio siglo vimos en el ataúd no puede reproducir ni su ideario ni sus métodos ahora.
Y este viernes, en el que se celebran unos actos conmemorativos cuyo significado histórico no acabo de entender, espero que sea la última vez que yo al menos escribo sobre Franco, que bien enterrado está en su bastante solitario mausoleo de Mingorrubio. Quizá ahora podamos empezar a pensar, de veras, en el futuro que albergará a estos jóvenes nuestros, algunos tan franquistas sin saber qué fue todo aquello.