MADRID 31 Oct. (OTR/PRESS) -
Ciertamente, todo el conjunto del llamado 'caso Koldo', en el que gentes como Ábalos e incluso, aunque no tan directamente, Santos Cerdán, se ven salpicados hasta empaparse, es una vergüenza. Ya muchas veces he dicho y escrito que no es el único 'affaire' vergonzoso que ensombrece la moral política de nuestro país: véanse las sesiones semanales de la comisión de control al Gobierno en el Congreso, la mentira constante en el devenir de la acción política, el descaro con el que se vulneran las líneas rojas de la moral, la buena educación y la decencia, el desprecio por la Constitución o la 'okupación' de puestos institucionales, por ejemplo. Pero debo decir que nunca, en mi ya larga vida de comentarista parlamentario, había asistido a nada semejante a la sesión de la 'comisión Koldo' ante la que compareció este jueves el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Senado.
Casi -ojo, que digo 'casi'- ninguno de los portavoces, comenzando, claro, por el propio presidente del Gobierno, se libró de incurrir en la vergüenza. Acudir a una comisión de la Cámara Alta de nuestro Parlamento para calificarla de "circo" o de "comisión de frustración", casa mal con pedir a continuación respeto para los senadores socialistas cuando son despectivamente aludidos por la oposición. Reírse con displicencia ante algunas preguntas (a las que no se responde) tampoco es buen ejemplo. Sánchez pasó, sí, un mal rato, y se le notaba, pero trató de no perder los nervios. Aunque sí perdió la compostura, por ejemplo, cuando se refirió, sin venir a cuento, a "Feijoo, el amigo del narco".
Pero también he de destacar el pésimo papel de algunos interpelantes de la oposición, comenzando por el portavoz popular, el fiscalista Alejo Miranda, empeñado en imponer a voces su discurso, -sin duda faltón y a veces grosero- a los intentos de responder (o lo que fuese) del presidente. Superó en agresividad innecesaria a la portavoz de la Unión del Pueblo Navarro, que abrió la tormentosa sesión, y al de Vox, que se comportó con el estilo de la casa. Y al que tampoco supo, ni quiso, poner un cierto freno el presidente de la comisión, el 'popular' Eloy Suárez, al que se veía claramente desesperado ante el desarrollo de los hechos cuando todos hablaban a la vez y al que varias veces aludió Sánchez por su falta de imparcialidad, por lo demás patente.
Todas, todas las vergüenzas salieron al aire: las prostitutas favorecidas por el 'abalismo' (o el 'koldismo'), los negocios del suegro de Sánchez, las actividades de la mujer del presidente y de su hermano, el cobro en metálico por no sabemos bien qué... Sánchez pareció no indignarse por nada de lo que se le increpaba, pero tampoco acudió dispuesto a dar demasiados datos que complementen a los que cada día vienen ofreciendo los periódicos en relación con la trama 'koldista'.
Sánchez se aferró a la declaración de su inocencia y, en general, a la probidad de la financiación de su partido, el PSOE, mientras esquivaba respuestas concretas a casos nunca bien aclarados, como el de la venezolana Delcy Rodríguez y un largo etcétera. Cierto que le intentaron preguntar sobre cuestiones ajenas a la investigación objeto de la comisión, como el 'caso Mazón' (otra vergüenza, por cierto) o el ya famoso y todavía no aparecido libro del anterior jefe del Estado, Juan Carlos de Borbón, que Sánchez dijo no conocer aún; el presidente de la comisión, Eloy Suárez, trató de atajar todos los temas extemporáneos o impertinentes, pero ciertamente se mostró mucho más benévolo con 'los suyos' que con los demás, fuesen interpelantes o interpelado.
El presidente Sánchez aprovechó para liquidar viejas cuentas pendientes (manteniendo, eso sí, el tono aparentemente moderado): con el instructor de la causa de su mujer, el juez Peinado; con "los pseudodigitales y las tertulias" que mucho se ocupan de los casos que a él tanto le molestan e irritan; con Isabel Díaz Ayuso, a la que citó en numerosas ocasiones en relación con el caso del hermano de la presidenta madrileña y la compra de mascarillas durante la pandemia*
Lo dicho, una vergüenza de cinco horas de duración y que versó sobre otras muchas vergüenzas que, desde hace mucho tiempo, gravitan sobre la dignidad de la nación. Fue ese 'circo' una tortura moral para los centenares de miles de personas que buscan honradez y sentido común en la vida pública y seguían en directo la retransmisión de una sesión parlamentaria en al que quedó, a mi juicio, perfectamente reflejado el estado ético y estético de esta citada vida pública. Una lástima, la verdad, porque el nuestro, tengo que repetírmelo cada día, es un gran país. Una vergüenza, ya digo.