Siete días trepidantes.- Algo más, ay, sobre las dos Españas.

Publicado 07/06/2015 12:00:18CET

MADRID, 7 Jun. (OTR/PRESS) -

En la maraña de comidas, cenas, tortillas a la francesa y ensaladas que ha dominado la semana política que concluye, lo más destacable, en lo que se sabe -que no es todo, ni mucho menos--, es la que parece ruptura enconada entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez. No hubo concordia en el almuerzo semisecreto de La Moncloa. Ahora, Rajoy y sus portavoces avisan acerca del peligro de que la 'extrema izquierda' entendiendo como tal un posible, y probable, pacto entre el PSOE y Podemos, se haga con el país. Bueno, eso que en presidencia se llama 'radicales' ya parece haber logrado, con el título de Compromís y la persona de Joan Ribó, la alcaldía de Valencia. Y no será la única: la semana que entra conocerá el cierre de acuerdos en Madrid, La Coruña, Gijón, Barcelona, Cádiz y otro número importante de ayuntamientos en los que la 'extrema izquierda' (Rajoy 'dixit', no este mensajero) gobernará o tendrá un papel primordial.

La ciudadanía parece un poco perpleja por el hecho de que nada menos que el presidente del Gobierno, ante nada menos que el primer ministro de Marruecos, largase un torpedo tal contra su conmilitón Sánchez, a quien por lo visto interesa presentar como aliado, si es que no 'tonto útil', de esa izquierda 'radical' empeñada en hundir los valores patrios. Pensando, como pienso, que el secretario general del PSOE y seguro candidato a la presidencia de la nación se equivoca cuando promete, 'a priori', no pactar ni con el PP ni con Bildu, creo también que ese discurso algo rancio de Rajoy ante el supongo que estupefacto Abdelilá Benkirán conviene poco a la estabilidad política.

No se puede incidir en separar nuevamente las dos Españas en la de derecha y la izquierda, cosa que también está haciendo Sánchez, con la ayuda inestimable, claro, de Pablo Iglesias -que ha acabado de merendarse a Izquierda Unida-- y ante la presumible desesperación de Albert Rivera, el yerno político a quien todos desean, que hace equilibrios casi imposibles por mantenerse centrado y centrista. Y buen rédito que sacará de ello, a poco bien que le salga la cosa, porque me parece que esa dialéctica de 'carcas' versus 'rojos' ya no la compran más que algunos comentaristas extremados, y la ciudadanía está ya un poco harta de tanta sal gorda política.

Pero este, y no otro, es el panorama en esta semana de pre-pactos, de pre-constitución de ayuntamientos, de pre-acuerdo para la investidura de Susana Díaz en Andalucía (o no...). España ha salido del 24-M más dividida de lo que entró en la cita con las urnas. Y con los viejos modos impenetrables de hacer política en pleno vigor. Bueno, Sánchez, al menos, comparece en los medios, aunque se callase que iba a sentarse con Rajoy ante los manteles monclovitas. El presidente, en cambio, sigue aferrado a las viejas, malas, costumbres de incomunicación, porque lo las dos preguntas del viernes ante el marroquí Benkirán no me dirán ustedes que puede calificarse de rueda de prensa, precisamente. Me parece que tampoco responsables monclovitas, que se reunieron en la mañana del martes con algunos periodistas, les dijeron ni 'mú' sobre el almuerzo de-la-ruptura-quizá-definitiva con Sánchez.

Así que las promesas de transparencia que tanto proliferaron durante la campaña quedan, por ahora, en el terreno de los incumplimientos. Pero unos mantienen contactos con los chicos de la prensa, aunque sea más o menos puntual y locuazmente, para contar algunas migajas de lo que se cuece en los reservados y restaurantes 'neutrales' (¿?), y otros, en el PP, andan como en una greña interna soterrada, en medio de chismes y rumores acerca de a quién le tocará salir y a quién entrar en una presunta remodelación ministerial y de los organismos dirigentes del partido. Y todos, en los aledaños de Moncloa, en los ministerios, en la sede de Génova, advierten cuando acudes a preguntarles: solo uno sabe qué, cuándo, cómo se efectuarán los cambios anunciados con fórceps, y a quiénes afectarán. Así que todos pendientes de la gran esfinge, el hombre que esta semana empezará a perder la batalla de buena parte del poder territorial, que ya ha comenzado a ver cuartearse el partido que sigue siendo el más importante de España, pero que de ninguna manera puede decirse que haya perdido aún la guerra por el sillón que preside el Consejo de Ministros. Que, a mi juicio, la perderá, si sigue empeñado en ello.

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