Siete días trepidantes.- Cuando todos se empeñan en pegarse un tiro en el pie.

Publicado 13/04/2014 12:00:14CET

MADRID, 13 Abr. (OTR/PRESS) -

El que iba a ser gran debate parlamentario sobre Cataluña quedó en lo mínimo previsible: un 'no' a cualquier autorización para que Mas convoque el referéndum que prometió realizar el 9 de noviembre y, a continuación, el consabido rifirrafe sobre reforma constitucional sí-reforma constitucional no. Como si aún hubiese tiempo para esos juegos florales. Como si Mas, que ya anda diciendo que tal vez la consulta que prometió a los gobernantes de medio mundo quizá tenga que ser reemplazada por unas 'elecciones plebiscitarias' (que perderá a manos de Esquerra), no estuviese, en el fondo, pidiendo ayuda para no verse obligado a pegarse un tiro en el pie. El caso es que, con el inmovilismo que atenaza a eso que se llama clase política al completo, ese tiro en el pie, o a saber dónde, acabarán pegándoselo, acabaremos pegándonoslo, todos.

Me parece confusa la posición del Gobierno: sólo habrá reforma constitucional si hay consenso en torno a ella. Pues ¿quién tiene que pedir ese consenso, cuando Rubalcaba, el gran defensor de esta reforma, lo ha ofrecido varias veces en tonos diversos? Yo creo, la verdad que Rajoy ha avanzado algo en sus posiciones de cuando tomó posesión del Gobierno y afirmaba que esta Constitución aguantaría, sin tocar una coma, al menos una década. Ahora sabe que no es así, pero diversas razones, desde la pereza a la prudencia excesiva, parecen aconsejarle no mover un solo pie y, así, se arriesga a recibir un tiro en ese pie, que, ya digo, es de todos.

Sí, se habla de importantes movimientos políticos, pero nadie da un paso en esa yo pienso que buena dirección, que sería la de acelerar varios procesos. Ni siquiera la dinámica presidenta andaluza, que, tras apuntarse un tanto de firmeza frente a sus socios de Izquierda Unida en el caso de los 'okupas', ha dado una timorata marcha atrás, se libra de esta crítica genérica a la clase política: también Susana Díaz, que supongo que sigue siendo la esperanza blanca de la izquierda, prefirió, 'in extremis', mantener las cosas como estaban, en lugar de tirarse a la piscina de las elecciones anticipadas, que ganaría. Más vale poltrona en mano que gloria en las urnas volando. Dígaselo, si no, también al PP, que prefiere mantener al frente del partido en Cataluña a alguien perfectamente mejorable en lugar de ensayar un movimiento integrador con una formación similar, pero más atractiva, la de Albert Rivera, que le roba miles de votos cada mes y que se va convirtiendo en la opción más creíble frente a las pretensiones de la Generalitat.

El caso es que cada día se antoja más necesario ese gran viraje, con los ajustes anejos que correspondan: un gran pacto de reforma constitucional entre los dos grandes partidos (y que se sume quien quiera) para ofrecer algo tangible a los ciudadanos y, claro está, también al ciudadano Artur Mas, que al fin y al cabo podría ser 'recuperable' para la sensatez, y no dejarle en las manos de alguien con quien, como el responsable de Esquerra Republicana de Catalunya, todo diálogo constitucional, con reforma o sin ella, sería inútil. Y ahora es, además, el momento: en noviembre del año próximo, cuando se cumplen, por cierto, cuarenta años de la subida de Juan Carlos I al trono, Rajoy tendrá que disolver las cámaras para convocar elecciones y podría, por tanto, aprovechar para celebrar también el referéndum de reforma de algunos artículos y hasta de un Título de la ley fundamental.

Aún hay tiempo para eso, para el consenso y para el diseño de ese futuro, que reforzaría al Estado frente a las pretensiones disgregadoras; al fin y al cabo, hay que recordarlo una vez más, Adolfo Suárez solo necesitó once meses para, en condiciones mucho más difíciles, cimentar su inmensa reforma. A Rajoy, Rubalcaba y los demás les quedan dieciocho meses. Año y medio que no puede consumirse en diálogos de besugos ni en disquisiciones sobre si son galgos o podencos.

OTR Press

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